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No olvidemos a Silvia

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¿Por qué esperó veinte años para escribir la crónica de la muerte de su hermana, la periodista Silvia Duzán? Ella nos mira y responde con la misma convicción, honestidad y valentía con la que ha escrito “Mi viaje al infierno”, publicado por Editorial Norma.

Las palabras tardan mucho en madurar en el alma de las víctimas hasta convertirse, más allá del recuerdo, en un color, en una música, en un susurro, en una imagen, en un consuelo liberador y transmutador de lo irremediable y la búsqueda de justicia. Sí: para ella, las palabras también forman parte del conflicto que ha desangrado de manera estúpida a  Colombia. Las 211 páginas de su libro son algo más que una catarsis y una sabia y serena manera de evocar y encarar el pasado y al presente.

Ese silencio de la analista y columnista de opinión María Jimena Duzán (Bogotá, 1960), es el tiempo “que me tomó deshacerme del miedo y del dolor que me inmovilizaron por tantos años. Preferí cerrar las compuertas por miedo a saber la verdad y a no ser capaz de enfrentarla”.

Su hermana Silvia fue a Cimitarra a culminar un documental cuyo título tentativo era Los caminos de la coca, para el Canal 4 de Londres, pero allí la esperaban los sicarios. Había ido allí en los últimos ocho meses  a filmar y registrar desplazamientos de campesinos, el rostro de las familias huyendo despavoridas de la guerra, grabó “los bombardeos de las Fuerzas Armadas sobre la zona, considerados enclave de las Farc”. Dice María Jimena Duzán que al ver las imágenes captadas por su hermana, “sentí que Silvia había filmado el camino hacia su muerte y que nos había dejado aquellas interminables horas de filmación para que Salomón y yo descubriéramos el rastro de sus asesinos”.

Iba con los campesinos Saúl Castañeda, José Vargas, Miguel Ángel Barajas. Cuatro agentes de policía, dice la autora del libro, participaron en la masacre, como cómplices de los sicarios. Josué murió de balazos en la cabeza y en el pecho. Miguel Ángel de un disparo en el cuello. Saúl, de varios disparos en el rostro. Los tres murieron al instante. Alguien alcanzó a llevar a Silvia a un centro de salud, en donde falleció. La cámara de Silvia había empezado a registrar la guerra que se empezaba a librar con los narco-paramilitares. Sobrevivió de ese material lo que había filmado en el Magdalena Medio y apareció seis meses después de su asesinato en el documental Las otras guerras de la droga, que se emitió por el Canal 4 de la televisión británica. La justicia colombiana  que ha sido incapaz de aclarar los crímenes de toda una generación en veinte años (los crímenes de una reserva humana e intelectual de todo un siglo tampoco se esclarecieron y quedaron en la impunidad: Uribe Uribe, Gaitán, Galán, para citar algunos), terminó por exonerar a los tres policías acusados y sepultar en el olvido la masacre de Cimitarra. La periodista María Jimena Duzán confronta la manera atroz con que la misma ciudadanía termina por aceptar los horrores, en las voces de personas que le dijeron alguna vez: “A su hermana le pasó lo que le pasó por meterse donde no debía”. Sí: todo el que investiga y busca la verdad incomoda en este país. Silvia era una periodista con alta sensibilidad social que reporteaba la realidad de las comunidades y escuchaba la voz de las víctimas. Un ejemplo vigente y perdurable. Hacerla visible a través de su obra, es  la mejor manera de rescatarla de la muerte que le impusieron: Esta apasionada y temeraria periodista de un metro con sesenta y tres centímetros, con  su mochila arhuaca cargada de libros y documentos (días antes había comprado novelas de la norteamericana Patricia Higsmith), había realizado reportajes a las pandillas de los barrios de Bogotá, se fue a Medellín a estudiar de cerca los sicarios del narcotráfico y estuvo seis meses viendo cómo entrevistar a un sicario.

“Silvia era así: no tenía límites ni barreras a la hora de escribir una historia. Contaba con una capacidad muy propia de los buenos cronistas: se podía desconectar de la realidad circundante para hundirse en dicha historia sin que nada la perturbara. Nunca quiso entrevistar a ningún político, a ningún guerrillero, a ningún funcionario público. Sólo le interesaban los jóvenes de los barrios populares, los grupos de heavy-metal, las novelas policíacas y los libros de Bukowski”.

Veinte años después de su muerte, no hay un solo narco-paramilitar preso y ningún miembro de la fuerza público preso. La mayoría de los autores intelectuales y materiales se asesinaron entre ellos mismos “antes que pudieran llegar la justicia y el Estado de derecho”.

María Jimena Duzán  ha sido testigo de esta larga y tormentosa batalla del periodismo en su pesquisa encarnizada por revelar la verdad.  Hoy no tiene miedo de verle la cara a dos de los presuntos autores intelectuales de la masacre en la que murieron su hermana Silvia y los tres líderes campesinos aquel viernes 26 de febrero de 1990, en Cimitarra: Ramón Isaza o Ernesto Báez.

“No quiero confrontarlos, ni preguntarles nada. Les perdí el miedo y su desmemoria no me amedrentan. Ahora me interesan las víctimas. Quiero darles rostro, indagar sobre ellas, describirlas e la mejor manera, entender su sufrimiento”. Libro duro, triste, aguerrido,  sincero y tesonero. Tristeza de un país que como en una  novela de Kafka  desaparece los expedientes para ocultar una masacre. Y como en una película demencial, los implicados aducen haber perdido la memoria para intentar sepultar su propio horror.  Pero no le demos gusto ni a la muerte ni a los asesinos. No olvidemos a Silvia Duzán.

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