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Occidente

Últimamente he recibido comunicación de gente joven preguntándome acerca de los libros recomendados que aparecen debajo de esta columna. La sorpresa, de veras, ha sido muy grata.

También me han llamado señoras, vecinos, colegas y estudiantes. No se trata de una cantidad abrumadora de consultas, pero, son indicios del interés por leer ciertos títulos, ciertos autores.
Pues, bien, antes de seguir debo aclarar que la recomendación semanal de lecturas está a cargo de nuestro gran cronista y poeta Gustavo Tatis quien, con paciencia y amor ha dedicado buena parte de su vida a leer. De manera pues que, con el catálogo dominical de libros, Gustavo cumple el papel de un viejo librero que no vende libros, sino que los chismosea y, en medio de esa complicidad, nos da pistas sobre qué leer.
Leer en nuestra sociedad es una actividad cada vez más rara, en especial, por las implicaciones que tiene el hecho de que la televisión es el segundo aparato más importante después de la estufa. Implicaciones que se muestran muy patéticas cuando relacionamos televisión y política. Tampoco se trata de culpar a la televisión de todos los males sociales, porque sería una interpretación bastante incompleta. Más bien la relación entre la agenda noticiosa televisiva y los grandes intereses políticos y económicos resulta eficaz en su propósito de petrificarnos, en virtud del precario sistema educativo con que contamos. Y no sólo eso. Pues, hoy más que nunca, más que la práctica tradicional de la escuela, necesitamos ofertas culturales significativas.
Necesitamos valorar lo que significa el tiempo libre, la recreación, la información, la cultura general, el ocio, el turismo cultural, la asistencia a espectáculos, obras y ferias el disfrute y el goce de los espacios urbanos y rurales entre otras actividades. Necesitamos, aparte de los esquemas mentales que reproduce la televisión, otros referentes que nos faciliten pensar lo que significa vivir en un mundo como hoy.
Hace unos diez años, mientras visitaba una librería, me encontré con la obra “Y Occidente conquistó el mundo: entre el gran pavor del año 1000 y el gran terror del año 2000” de Antonio Caballero. Se trata de un libro sencillo, fácil y ameno que les recomiendo especialmente a todos los docentes de escuela y universitarios, con la idea de replicarlo entre los estudiantes. “¿Pero, por qué no me enseñaron la historia de esta forma en el colegio?” Fue la primera pregunta que me hice al hojear el texto. Y, desde que comencé a leerlo, confirmé –una vez más- que buena parte de mi primaria y bachillerato fueron una farsa. Una pérdida de tiempo. Porque no es sólo la forma como Caballero redacta las ideas sino el enfoque que con que va relatando, argumentando, justificando, explicando el devenir de Occidente. Que se trata de dinámicas humanas, es decir, se trata de gente que toma decisiones en medio de las circunstancias más terribles, tal y como nos pasa a todos.
Cuando joven no le encontré sentido leer “El Mío Cid”. Cuando Caballero propone a Rodrigo Díaz de Vivar como un mercenario que mató más cristianos que moros, uno descansa porque la historia comienza a parecerse a la realidad actual. Uno comienza a darse cuenta de dónde venimos y porqué somos como somos. Me pregunté por qué los docentes no tienen claro qué es la modernidad o cómo nos implica la tensión milenaria entre la fe y la racionalidad instrumental. Por eso creo que también hay que ver la película “The Matrix” de los hermanos Wachowski. Además, leer nos enseña la paciencia frente a la incertidumbre del tiempo. Y nos enseña el silencio necesario para pensar, es decir para interrogarlo todo.
“Y Occidente conquistó el mundo” vale veinte mil pesos y es más útil a la madurez intelectual de la gente que cualquier absurdo, caro y mal escrito texto escolar con que desorientan y torturan a las familias.

ricardo_chica@hotmail.com

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