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Pablito Flórez: Canto, cuento y crónica del Sinú

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Un juglar sentado puede ser capaz de hacerle música a lo más invisible: al olor de la lluvia y a los recuerdos que sacude al ver los árboles bajo el calor implacable de junio.

Pero esta vez le pido que se ponga de pie para que Maruja Parra le haga una foto cerca de las plantas. Y Pablito Flórez (Ciénaga de Oro, 1926), recuerda que le falta algo para la foto: un sombrero vueltiao. Su anfitrión, Argemiro Bermúdez, le trae uno y lo corona con un sombrero veintiuno, pero él se lo acomoda: “Me lo has puesto al revés”. Está a punto de cumplir 84 años el 17 de junio, pero él se siente con ímpetus para seguir cantando y componiendo.
“Estoy cerca de novecientas canciones, y es probable que pase de ese número”, me dice. “Lo que he compuesto son porros, cumbias, paseos, boleros, tangos, bambucos. Tengo cuarenta boleros inéditos. Compuse un bolero en 1946, uno que inicialmente se llamaba “Alma en los labios”, y terminó llamándose “Edita”, en homenaje a Edita González, la esposa de Toño Usta. Hay un verso en ese bolero que dice: “sendero embriagador que cubre mi dolor”. Hay otro bolero que le compuse al Ingenio Berástegui, se llama “Ingenio viejo”, en los años sesenta. Y es sobre la zafra, un triste lamento sobre lo que quedó de una ilusión. Cuando yo compongo, llevo siempre una grabadora en el bolsillo y a mi mujer en el corazón. La melodía me llega sorpresivamente como la letra y le retengo el ritmo hasta pulirla en casa. Puede nacer de cualquier cosa, como cuando una muchacha me mostró un retrato y me preguntó qué me parecía y yo le dije que era una foto muy bonita que me recordaba a alguien, y ella me preguntó: ¿A quién? Y yo le dije: A usted. Hice de eso un bolero: “Retrato”. Hay allí un verso que dice: “Tibio paraíso que cubre mi sufrir”. Hay una canción mía que me gusta muchísimo: “Sinú caliente”, en donde hablo del paisaje y del yacabó, pájaro feo que con la muerte tiene cita. La música hay que sentirla y vivirla. Pero ahora con tanta depredación y desarborización, hasta los pájaros de mal agüero se han ido. Es curioso y triste ver a un hombre sofocado tumbando un árbol y buscando a la vez una de sus ramas para huir del calor. Lo que más recuerdo de mi infancia y de Ciénaga de Oro, mi tierra, es mi gente y las costumbres que se han perdido: aquellos viejos vendiendo empanadas, aquellas señoras sentadas en su taburete fumándose una calilla con la candela al revés, pero lo que más extraño es el respeto hacia los mayores”.
Pablito Flórez habla con la sabiduría de un viejo juglar que se ha sentado a conversar con los suyos y con la tierra que lo ha visto nacer. Estaba destinado a cantar. Es el hijo del músico Pablo Flórez Barrera, que tocaba el redoblante en la Banda San José, la primera que se fundó en su pueblo, y de Librada José Camargo Nisperuza, una panadera, modista y empleada doméstica.
Su canción “Los sabores del porro” le ha dado la vuelta al mundo en la bella interpretación de Totó la Momposina. Escucharla es como paladear un banquete de tradición: “el bollo poloco esmigao en celele y a minguí con coco”, “el queso bien amasado con panela ´e coco de Colomboy”, “la yuca harinosa asá mojá en asiento de chicharrón”, la viuda de pescao, “la leche esperá en corrá”, y el otro sabor del paisaje: “la china esparascá en fandango”, el sabor de los mangos, la totuma de guarapo con hielo y limón “bajo un higo sato sentao en un cajón”.
Él ahora nos explica que es una india esparascá en fandango: “Es una mujer con una alegría desbordada, con una epilepsia en una parte del cuerpo”, capaz como María Varilla de convocar a los bailadores con mil velas prendidas. Le pregunto por el celele y me dice: “Son las migajas que le quedan al queso cuando ha sido amasado y le han sacado el agua”.
Su personaje Ninfa Isabel del Valle Corcho Ruiz, inmortalizada en su famosa canción “La aventurera”, una mujer que tenía “cara de ser buena”, existe aún “pero le hago zig zag”, dice riéndose. “Hubo encoñamiento con esa mujer, pero con quien tengo el más grande encoñamiento es con mi esposa Marcela Causil, con quien he compartido más de sesenta años, a ella la conocí cuando tenía doce años, su tío tegua Juan Causil era muy amigo de nuestra casa y compartíamos de su patio las guindas, las ciruelas, los mangos. Marcela es una mujer de temperamento dulce y ha sabido perdonarme. Creo que cuando una mujer perdona como lo ha hecho mi esposa, uno se siente humillado con dulzura. Con ella llegué a tener siete hijos. Nunca he sabido lo que es el fastidio conyugal. Eso lo desconozco. He sido feliz y espero a seguir siéndolo. Hay hombres que tienen una decepción amorosa con una mujer y pluralizan de manera equívoca sobre las mujeres, aborreciéndolas. Es un error”.
Reconoce Pablito Flórez sus influencias decisivas de la tradición musical sinuana, el porro, la cumbia, los boleros antillanos, los sones cubanos, la presencia del Trío Matamoros, Daniel Santos, pero por supuesto, el aporte de su padre y del maestro José María Fortunato “El Negro” Sáez, entre otros. Cuando canta sus boleros aflora en él la picardía del seductor que paladea sus versos con un tono cercano a Daniel Santos. Sus canciones son un retrato emocional del Sinú. Basta escuchar “La ciroma”, “María Estela”, “Lunita Primaveral”, “María Marzola”, entre otras.
A veces Pablito Flórez, boleriza sus porros y vuelve porros sus boleros. Para él pasar de un formato a otro es asunto de cruzar un leve puente sonoro, y darle un tono distinto a sus versos, como quien sale y entra a un cuarto en penumbras y abre la ventana para que entre la luz.
La audiencia perpleja espera que cante Pablito Flórez. Es domingo en Turbaco. Y llueve. Su memoria es torrencial, salpicada de humor, ingenio, metáforas novedosas, sentido común y conocimiento profundo de la condición humana. Escuchar ahora “La aventurera”, bajo la lluvia, es retornar a la infancia, al pasado, tiene el sabor ambiguo, dulce y amargo de quien viaja a través de la lluvia.

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