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Pablo Escobar, súper star

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Hoy Colombia se embelesa viendo un culebrón televisivo sobre Pablo Escobar. 

De inmediato se prenden las alarmas: ¡es una apología del delito!, ¡lo convierten en bueno! y expresiones semejantes. Arguyen sus realizadores que se trata de lo contrario de mostrar lo malo que era, porque sus guionistas son hijos de víctimas suyas.

Los detractores de la serie consideran que esta enseñará que el crimen sí paga. Olvidan que el asunto es al revés, no es la televisión la que muestra esto: está comprobado que en la sociedad colombiana el crimen sí paga. Con un vistazo al índice de impunidad judicial se comprueba. O a lo emblemáticos que resultan personajes delincuenciales para los colombianos, sin que ello afecte su favorabilidad en las encuestas y hasta resulten elegidos y re-elegidos en eventos electorales.

En Colombia el crimen no sólo paga: se reverencia, se le rinde culto de múltiples formas, recuérdese como los directores de los servicios informativos de la radio se deshacían en zalamas cuando entrevistaban a Escobar, o la aceptación social que logró: pocos clubes sociales le negaron el acceso y muchas madres se sintieron orgullosas que sus hijas fueran mozas de aquel. Y no eran de estratos famélicos, llegaron a ser capturadas jovencitas hijas de prestantes empresarios mientras se prostituían con Escobar. Los pillos imponen la moda, con su corte de pelo, su vestimenta, su parla. Hay razón para ello: las formaciones sociales más exitosas son las delincuenciales.

Pablo fue un hombre triunfante. En un país sin movilidad social, donde el que nace pobre ha de morir pobre, por mucho que estudie y trabaje, el capo de Medellín logró romper esto, abrirse paso en el mundo de los ricos y ser venerado por estos. En los años 80’ la revista Forbes le reseña como el séptimo millonario del mundo. Su poder y su dinero derritieron la crema y nata de una sociedad tradicionalmente arribista, gozó de las bellas más deseadas porque llegó a prostituir la farándula criolla y hasta la internacional. También prostituyó a políticos, militares, policías, reinas de belleza, deportistas, empresarios, jueces, periodistas, religiosos… a quien se atravesara.

Pese a la intención de los realizadores, proyectar la vida de Escobar necesariamente es hacerle culto. Dice Fernando Savater que los hechos y las vidas de quienes hacen trampas resultan fascinantes porque no son monótonas como las de quienes siguen los conductos legales. Así mientras estos son predecibles, el delincuente necesita desplegar ingenio para salirse con la suya. Del ingenio de Pablo no queda la menor duda: logró con su contrabando de cocaína a los Estados Unidos hacer trizas el sistema defensivo de esa nación, construido durante décadas en el contexto de la guerra fría. No lo derrotó la Unión Soviética, sino un traficante montañero.

Además, su estructura, llamada Cartel de Medellín, sobrevive a su muerte. Como se ha dicho antes, éste sigue vivito y matando. Sólo le han cambiado de nombre, Autodefensas Unidas, Paisas, oficina de Envigado. Incluso, la pretensión de Pablo Escobar de capturar el poder político fue lograda por sus sucesores una década después de caer abatido en un tejado. Hoy la cooptación mafiosa del Estado es un hecho. Esos herederos continuaron su guerra contra los jueces y recurrieron a su fórmula mágica para doblegar voluntades, plata o plomo, mediante el soborno y el chantaje y enlodaron la honra de sus adversarios; copiaron hasta su proceder de repartir plata entre la gente, millones para los ricos y almuerzos para los pobres. La diferencia estaba en que Pablo lo hacía con su peculio, mientras los demás lo hacían a costa del erario. Sus métodos siguen siendo eficaces.

Más acá de burlar la inmovilidad social, Escobar se burla de la economía. Porque en Colombia la economía es un espejismo: la fórmula “la economía va bien, el país va mal” lo resume. Desde la escuela se enseña que vivimos en un país muy rico, mientras los habitantes padecen penurias. La historia cuenta de múltiples bonanzas, desde la quina y el tabaco, pasando por las del café, del oro, de las esmeraldas, petroleras, carboníferas, marimberas... Cuando aparece Pablo repartiendo plata, aguardiente, canchas, casas, hay la ilusión que al fin una bonanza ha de llegar al común: la cocalera. La ostentación y el desborde del consumo mafioso ponen al pueblo ante la imagen de lo que pudo haber sido y no fue, las riquezas legendarias al alcance de la mano. Un espejismo.

La fórmula que emplean los realizadores para demostrar la maldad de Pablo parte de presentarlo como un tipejo sin modales. Poco probable que el hijo de una maestra no los tuviese y si careciera de ellos, se trataba de un personaje que a más de una inteligencia prodigiosa tenía mucha capacidad para aprender. Ese recurso parece una venganza de baja estofa por parte de víctimas, mientras se embolsican algunos millones. Seguramente Escobar tenía mejores modales que el ex presidente Uribe. Además, jamás se ufanó de ser un gamín.

Claro, esa oposición rabiosa a que se muestre la vida de Pablo de Antioquia también esconde el afán de mantener esa parte de la historia reciente en la penumbra. Y no es que se sepa mucho sobre Escobar y el llamado Cartel de Medellín, sino porque esa organización, con sus objetivos y sus métodos sigue vigente en la realidad colombiana. También con sus protagonistas, activos en la vida social, política y empresarial actual. Falta por ver si el desarrollo de la serie muestra hasta dónde llega esa estructura. Lo más probable es que no y que sirva para ocultar la historia en vez de recrearla.

De todos modos, Pablo sigue vivo. No sólo porque haya quien niegue su muerte, ni por la pervivencia comprobada de su estructura, ni por sus objetivos cumplidos. Vive porque la mentalidad que lo hizo posible aún existe en el colombiano y porque la delincuencia es la vía más expedita para la movilidad social.

Entre tanto, él y sus sucesores serán considerados Mesías. Al barrio que construyó en Medellín se le llama San Pablo Escobar, donde habitó, es lugar de romería, los pobres le rezan pidiendo milagros y se visita su tumba con devoción porque en ella aparece el número ganador de la lotería.





* El autor de este artículo es Psicólogo. Texto aparecido en el Semanario Caja de Herramientas.

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