Paul Schrader (Michigan, 1946) es un cineasta de culto. Ha vivido desde sus dieciocho años para contar historias en el cine. Y lo ha hecho como director, guionista y visionario integral del cine. Ahora que está en Cartagena invitado al más antiguo de los festivales cinematográficos del continente, cuya retrospectiva es uno de los acontecimientos culturales de Cartagena y Colombia, estará circundado de historias que lo seducirán para una nueva iniciativa. Cartagena es una historia aún por contar en el cine, pese a múltiples empeños y utopías, en la narrativa y en el cine, pero aún está pendiente contar el horror del sitio militar de la reconquista española, una de las historias más conmovedoras de la historia colombiana en 1815 o el ataque de Vernon a Cartagena en 1741. Un genio imaginativo como Schrader haría una obra de arte con esta historia.
En el Ficci los espectadores tendrán el privilegio de volver a ver filmes como “Taxi Driver” (1976), “Toro Salvaje” (1980), “La última tentación de Cristo” (1988), guiones que hizo Schrader para Martin Scorsese. Pero también filmes suyos como “Blue collar” (1978), “American Gigolo” (1980), “Aflicción” (1997), “La mujer pantera” (1982), “Mishima en cuatro capítulos” (1985) “Posibilidad de escape” (1992).
La ortodoxia calvinista con que educaron a Paul Schrader le sirvió para sembrar en él el germen de la rebeldía y la búsqueda implacable de la libertad creadora. A él y a su hermano el también guionista Leonard fallecido en 2006, le prohibieron ver televisión e ir a cine antes de cumplir los diecisiete años. La primera película vista a esa edad, “El profesor chiflado”, fue decepcionante para él. Él ha contado esta anécdota en varias entrevistas, pero la conclusión que sacamos de todo ello, es que la vocación se impone y prevalece por encima a cualquiera de las represiones y prejuicios culturales. Él se encontró con que también en el cine se reproducían los prejuicios, moralismos humanos y artificios de la vida cotidiana. Y vio en figuras como Bergman, Godard, Antonioni, Buñuel, entre otros, una apertura para crear su universo personal.
El suyo es despiadado como la vida misma: sin límites, entre la inocencia, los principios, la vida en carne viva, las relaciones humanas conflictivas, los amores frustrados, los seres al margen de la ley pero también los seres dispuestos a matarse por un ideal como el boxeador de Toro Salvaje o el joven taxista que desentraña y rescata entre la sordidez de la ciudad nocturna el tesoro oscuro e iluminado de una joven prostituta o la fatalidad convertida en arte y escritura en el ritual suicida de ese artista que era el novelista japonés Yukio Mishima. Su filme sobre Mishima nos presenta al escritor y su manera singular de sentir la belleza y el arte, como un samurai en cuyas líneas de la mano ve reflejada inexorablemente la muerte. Un escritor que retrata con tanta pasión la vida misma y planea como otra escritura fatal su propia muerte.
No hay términos medios en un artista de la imagen como Paul Schrader. Su imaginación le ha permitido iluminar el camino de grandes directores como Steven Spielberg, Francis Ford Coppola, Brian de Palma, George Lucas, Scorsese.
“Contar historias es una adicción”, ha confesado Paul Schrader en una entrevista a Daniel J. Lahn. Y ha agregado que “si hoy desapareciera el cine, encontraría otra forma de seguir contándolas. El cine no es más que una herramienta narrativa”. En los días en que trabajó el argumento de Taxi driver, estaba desempleado, había roto con su esposa y conducía un taxi. Vivió un período depresivo y enfermizo, con deseos de suicidarse. De allí surgió esa tremenda historia de Taxi driver, que resolvió en solo diez días.
Sus personajes son una paradoja encarnizada y un retrato polifónico de la grandeza y bajeza del ser humano, de sus miedos y esperanzas. Él elige y le fascinan esas criaturas humanas contradictorias, aguerridas y fatídicas, capaces de decir algo y hacer lo contrario, seres odiosos que él ha aprendido a amar en el proceso profundo y complejo de la creación.
Si Paul Schrader destina un breve tiempo en las pausas pequeñas del cine podrá ver una historia debajo de las piedras de Cartagena. Algo contundente como un grito del rey africano Benkos Biojó resonando entre las piedras antes de ser ahorcado.



