Pedro Miranda: la plañidera de velorios

Pedro Miranda
Pedro Miranda, El Niño, la plañidera de los lumbalú de Palenque. // AROLDO MESTRE – EL UNIVERSAL
Pedro Miranda, El Niño,
Pedro Miranda, El Niño, // AROLDO MESTRE – EL UNIVERSAL
Pedro Miranda, El Niño,
Pedro Miranda, El Niño, es el único hombre al que se le permite vestirse de mujer. // AROLDO MESTRE – EL UNIVERSAL
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Es el único hombre en Palenque al que le permiten vestirse de mujer y llorar en los entierros. Es Pedro Miranda, un hombre de Rocha (Arjona),  de 60 años, flaco y sofisticado, que usa polleras y un sombrero de colores, y al que todas las mujeres de la región de Mahates y el Canal del Dique, buscan cada vez que hay un muerto o una muerta, para que sea la plañidera de velorio.

 

A Pedro Miranda que vive en el barrio Chopacho, en Palenque, lo conocen en toda la zona como El Niño, pero  él jamás ha cobrado un peso para llorar, rezar o cantar en el lumbalú. Aprendió a hablar en palenquero y es el único hombre vestido de mujer que participa en el cabildo del lumbalú y las mujeres y los hombres lo respetan porque lo sienten como una legítima plañidera de velorios.

Él no llora muertos ni muertas que no conoce,  esa es la primera condición de Pedro Miranda. No se parece a las plañideras de velorios de las sabanas de Córdoba y Sucre que en otras décadas se alquilaban para llorar y hacían llorar a todo el mundo sin haber conocido jamás al difunto. Pedro Miranda no se alquila para llorar.

¿Desde cuándo eres plañidera de velorios?- le pregunto cuando lo descubro en el velorio de Graciela Salgado Valdés “Batata”.

“Desde hace muchos años, desde que descubrí esa tradición. No lloro lágrimas que no me salgan del alma. No tengo lágrimas de cocodrilos. Esto es muy serio. Lo que yo hago es sentir el dolor. La gente que no tiene ese sentimiento, no llora. El sentimiento nace”.

Pedro vio a una mujer que se arrastró con las piernas levantadas en el funeral de Graciela, y él le agarró el hombro para decirle que eso no debía hacerlo.
El lumbalú es una ceremonia muy honesta y sincera y no admite artificios. Por eso buscan a Pedro Miranda, El Niño. Porque aprendió a cantar el lumbalú, a rezar,  y a llorar como una plañidera de velorio.

Las cantadoras de bullerengue de Mahates adoran a Pedro Miranda El Niño, porque además aprendió a cantar como ellas, y esos dotes los ha probado en los velorios. 
Cada persona que se muere merece ser cantada y bailada como creen todos los palenqueros en su ritual del lumbalú.

Si a un muerto no se le canta ni se le baila, ese muerto queda dando vueltas en un limbo, perturbando a los vivos. No puede irse tranquilo a la eternidad. Hay que dejarlo ir luego de esa tanda de cantos y bailes y lágrimas profundas de esa plañidera que es Pedro Miranda.

En otro tiempo lo conocieron en la zona vendiendo chócoros en las plazas de mercados, telas y perfumes, electrodomésticos  o cocinando en fondas efímeras para las fiestas patronales. 

Pedro Miranda “El Niño”, siempre vestido de mujer, un ser solitario pero querido en la comunidad, jamás ha sentido vergüenza de su condición y la gente aprendió a apreciarlo por su carisma y su disposición de ir a todos los entierros donde exista una ligazón afectiva y amistosa.

Sus lágrimas no llegan al melodrama, me dice Guillermo Valencia, quien lo tuvo de vecino muchos años, y jamás conoció un escándalo de parte de El Niño.

“Lo que más admiro de él es la fuerza que tiene su palabra. Muchas veces, su sola palabra resuelve todos los problemas. Un día me dijo: Vamos a comernos unos pescados fritos. Pedro Miranda, El Niño,  compró los pescados y la señora que nos fritó los pescados le dio otros para llevar. Es un narrador oral extraordinario.
Me vino a visitar un amigo que vino desde Alemania hasta Palenquito y al conocer a Pedro Miranda, El Niño, quedó impresionado por la gracia de su palabra.
Lo que no imaginó él es que las historias de brujas y aparecidos que le contó por las noches le quitaron el sueño y el alemán quedó en un estado de alteración que  tuvimos que llevarlo donde el médico para que lo calmara.

Era la fuerza de la palabra de Pedro Miranda, El Niño, pero él, con su humor le explicó al alemán que no tuviera miedo de las brujas y que durmiera siempre con el pantalón al revés. Poco tiempo después, ya recuperado en la distancia, el alemán le ha enviado regalos a Pedro Miranda, El Niño, porque lo considera un ser con una gran sensibilidad e imaginación, capaz de encarnar el espíritu de las plañideras de velorios.

LÁGRIMAS SIN TARIFA
Cuando alguien se le acerca  y le pregunta cuándo vale una hora de lágrimas en un entierro, él considera eso un insulto, una falta de respeto.

Sus lágrimas no tienen tarifa. La gente que lo llama cuando tiene un muerto, sabe que él jamás cobrará un peso, y al final, la gente intenta congraciarse con él desde la amistad compartiendo una buena taza de café, una tela para una pollera o un cuarto para sobrellevar la soledad.

Pero Pedro Miranda El Niño no pide nada. La gente no lo ve como a un hombre disfrazado de mujer, sino como a un juglar de la tradición capaz de transmitir sentimientos y tradiciones orales.

Jamás ha escrito nada, y las historias que cuenta podrían perfilar una  novela o una película.

Guillermo me dice que en África hay personajes parecidos a él, pero jamás como el espíritu singular de Pedro Miranda El Niño, que no solo llora, sino que sabe narrar historias fantásticas, ligadas a la memoria de nuestros pueblos.

Eulalia González lo quería mucho, al igual que muchas de las cantadoras, porque es un tipo que se ha hecho respetar en su arte antiguo de llorar en los velorios.
Pedro Miranda El Niño me pide permiso para seguir frente al ataúd de Graciela Salgado Valdés. 

Sus ojos resplandecen en la canícula de septiembre en Palenque. El sudor se confunde con las lágrimas, como si en su cara tallada en una madera dura y solemne  empezara a llover.
 

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