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Piedad en el barrio

A mí no se me olvida cuando Pulula levantó el altar de las nueve noches a mi abuelo Rafael.

Años antes Pulula había levantado el altar a la tía Vicenta. Ambos difuntos fueron velados en la casa vieja del barrio La Quinta. Pulula era menuda, pequeña, fuerte. Lo más grande era su voz. “Muera el pecado” con carácter retumbaba en la sala. “Muera” respondían en el velorio. “Viva la vida” nos consolaba con vigor mientras todos le respondían “Viva”.

Para mí Pulula era más que una rezandera. Su capacidad de consuelo, emanaba de una legitimidad conferida por un puñado de barrios al pié de La Popa. Su sabiduría siempre supuso los secretos para descifrar los significados del cuadro de la Virgen del Carmen liberando las ánimas del purgatorio. La liberación del purgatorio se trata de un privilegio inscrito en la bula del Papa Juan XXII del año 1322, como resultado de una aparición que tuvo la Virgen en la que prometió para aquellos que cumplieran los requisitos de esta devoción, trasladar sus almas a la bienaventuranza. Las prácticas piadosas ancestrales de Pulula mediaban el favor de la Virgen con una puesta en escena donde concurría el vecindario. Una concurrencia llena de llanto, risa, café y ron que alternaban con la solemnidad y el debido respeto que la ocasión ameritaba.

Y es que la piedad barrial de Cartagena da para un buen repertorio de santos locales. “Cartagena es una de las ciudades que ha puesto más santos en Colombia” me anunció el Padre Rafael Castillo en el medio día del lunes pasado. La Madre Bernarda, San Pedro Claver, San Luis Beltrán, Eugenio Biffi. Sin olvidar, por supuesto, el nombre primero que recibió nuestra ciudad: San Sebastián de Calamar. Hacia principios de los años ochenta, el Padre Rafa, era entonces un seminarista que –en algunas ocasiones- acompañó a Pulula y sus buenos oficios. Es que eran vecinos. El futuro Padre vivía en El Cielo, arriba de la loma, y  Pulula en La Quinta, abajo. Había mucho que hacer, pues, dichos oficios eran demandados en barrios como El Toril, Barrio Chino, La Esperanza, Martínez Martelo, La María y parte de Alcibia además de la misma Quinta y el mismo Cielo.

¿En qué se ha convertido la piedad barrial en Cartagena? Cuando uno escucha una champeta como la “Las nueve noches” encuentra que se trata de una contraoferta: cambiar la piedad por la fiesta. Y en la práctica parece ser así. Ciertos funerales populares ocurren con picós embarcados en camiones que acompañan el féretro hasta su última morada. A mi juicio “Las nueve noches” le huye al duelo a través de su reemplazo por la celebración. En dicha canción se rechaza el rito y se exhorta a la mirar la vida ausente de muerte, cuando, seguramente, las dos son una misma cosa. A mí no se me olvida la habladuría que se formaba en las bancas dispuestas en la terraza antes y después del ritual de Pulula. Cuentos, anécdotas, chismes, chistes. A su salida Pulula recibía la contribución que a bien daba la familia doliente. Y, si no estoy mal, andaba con un talonario de boletas que rifaban algo. Para las fiestas de noviembre Pulula montaba una caseta junto a su casa y la gente llegaba disfrazada, encapuchada. Era de mala educación morirse en esos días; aún así Pulula alternaba los gozosos con los dolorosos.

Eran tiempos en que a los muertos los velaban en la sala de la casa con un bloque de hielo debajo del cofre mortuorio. Un buen pedazo comprado de emergencia en la desaparecida fábrica de hielo Imperial: ahí donde todavía aparecen los carteles que anuncian los bailes con picós y que lo reciben a uno a su llegada al mercado público de Bazurto. Un día Pulula enfermó y no pudo cumplir el compromiso convenido. Por solidaridad, el seminarista Rafael Castillo procedió a levantar el altar. “No es que yo no supiera” me contó el Padre. “Lo que pasa es que es un asunto de verosimilitud. Eso sí, yo le puse toda la fe. Pero no me creyeron” concluyó su reflexión. Era casi la media noche y los dolientes de la casa mandaron a subir de nuevo el altar: crucifijo, sábana blanca, cuadros, velas, vaso de agua. Una pequeña comitiva fue a casa de Pulula y el argumento que la levantó fue contundente: “Pulula, Marto no pudo”. Marto, como conocen de cariño en el barrio al Padre Castillo.

Años antes del seminario, Marto y su hermano organizaron una fiesta “solle” en su casa. Había música de Michael Jackson y de John Travolta; pero, esa es otra historia.

ricardo_chica@hotmail.com

 

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