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Pierre Daguet: El francés que se volvió cartagenero

Una muestra de su obra se exhibirá este 30 de julio en el Museo de Arte Moderno de Cartagena, como un homenaje a su memoria.

Pierre Daguet como Paul Gauguin, encontró la luz de su Taití en Cartagena de Indias y en su paraíso de aguas profundas en San Pedro de Majagua en las Islas del Rfosartio.
Decía con su humor fino y sofisticado que era un “auvernés”, porque había nacido en 1903 en Clermont-Ferrand, en la antigua provincia de Auvernia, en el centro de Francia, pero vivió medio siglo entre nosotros y se sintió un cartagenero.
Sí: aquí encontró la esencia de su luz más profunda y equilibrada, luego de viajar por el mundo y depurar los colores de París, Italia, la luz de Argel, en donde había ido a pagar el servicio militar. Y encontrar la luz cartagenera, el color de sus resplandores en el mar Caribe y la luz sosegada de sus aposentos y el –estallido de color de sus cielos de plata y amatista, azules y naranjas, amarillos desbordados después de la lluvia, aguamarinas erizados por bailarinas amarillas en su isla que fue también el paraíso de encuentro y proyección de nuevos talentos artísticos de Cartagena.
Era un gentleman y un esteta. Todo lo que tocaba y hacía pasaba por el filtro de su finura artística: sus lienzos en donde privilegiaba el paisaje, la figura humana, el cuerpo desnudo de las mujeres que creó en él una poética conjugada con el paisaje: mujeres-ondinas, mujeres sirenas en cuya piel habitan los peces abisales y mujeres que en su danza submarina son peces abisales. De esa herencia de luz, color y forma, surgieron discípulos aventajados que marcaron un hito en las artes de Cartagena y el país: el estudio de la luz cartagenera plana, candente, explosiva, y la luz matizada debajo de las aguas. El estudio del cuerpo de la mujer, los contrastes del mestizaje en el paisaje, el color como criatura habitada en todos los espacios naturales y humanos.
Desde que llegó a sus 29 años, Daguet tuvo el pálpito misterioso de que no regresaría a Francia. En una retrospectiva suya que integró un centenar de óleos pintados entre 1928 y 1950 en Europa, Bogotá y Cartagena, Daguet reveló que “la naturaleza ha sido mi mejor maestro”, luego de confrontar y emanciparse de la Escuela de Bella Artes en París y de sus propios maestros en busca de un lenguaje personal. En esos óleos exhibidos en Bogotá en 1950 había una oleada de luz y paisaje cartagenero: “En cuanto a esas telas con figuras de la raza negra sobre fondo intensamente claro, amarillo, lleno de contrastes, son obras que me han deleitado especialmente. Tienen un gran atractivo para mí: ese contraste de colores, de luces... he entrado ya en una etapa de la búsqueda ansiosamente siempre, interesante, expectante, y de allí surgen cuadros como estos “chingues”, “Niño pescador”, “Mujer en azul”, después de haber pasado por la escuela francesa, es decir, en los comienzos de mi vida artística...”. Destaca de ese encuentro con Cartagena, “el trópico exuberante, impresionante, dominador, ese trópico que sin conocerlo, ya desde mi infancia me apasionaba intensamente”.
Hay dos óleos pintados en 1946: “San Felipe” y “San Pedro Claver”, que retratan el ánima de Cartagena de Indias, con la paleta terracota matizada de amarillo, verde, dorado, la penumbra del Castillo de San Felipe con el doble contraste del envejecimiento de la piedra y una casa campesina de techo de palma amarga muy cerca del castillo, allí en el Pie del Cerro. La sombra de un almendro verde logra matizar esos terracotas. En el óleo de San Pedro Claver, la obra se resuelve en amarillos y verdes y un poco de rojo en la punta de las hojas de las palmeras. Esa luz se hizo más brillante e intensa en los óleos que hizo después como “La negra Rita” (1955), un óleo expresivo definido en negro, rojo y amarillo. Logra en su obra “Cayucos” (1963) contrastar la figura de dos mujeres negras que van en una lancha y abren su sombrilla amarilla. Sus ondinas a contraluz y en la noche logran el esplendor de la luz. Se destacan en este año fecundo de 1977: “Ondina en azul”, “Peces rojos”, “La novia”, “Venus entre corales”, “Ondina”, “Ondinas en retozo” “Ondina en verde”, “Ondina en amarillo”.
Daguet vino a Colombia con un cuaderno en el que había pintado cuarenta y cinco dibujos a lápiz y algunas acuarelas, de su experiencia en Argel, luego de los rígidos y agotadores entrenamientos militares en el desierto. Hay en esos dibujos camellos cruzando las arenas amarillas, serpientes erizadas al conjuro de una voz, mujeres ataviadas, castillos y cúpulas, leves arquitecturas entre flores, hombres con estampas de guerreros, mujeres de dulce y enigmática mirada. Ese cuaderno aún se conserva en Cartagena de Indias, como muchos de sus objetos personales: el caballete, sus diseños del menú de su restaurante en el Capilla del Mar, dibujos y pinturas, recuerdos dispersos entre sus amigos y alumnos que lo evocan treinta años después de su muerte acaecida el 20 de julio de 1980.
Allí está su legión de ángeles nada clandestinos que lo secundan en la memoria: tres señoras que mantienen vivo su recuerdo y su legado: Isabel Sánchez Bernal, Emiliana Díaz Casallas y Adela Vega Poveda. Pero junto a ellas, los sobrevivientes de su legendario Grupo Los 15, impulsado por él y del que hicieron parte: Blasco Caballero, Libe de Zulátegui, José María Amador, Escilda Díaz, Cecilia Delgado, Marcel Lombana, Augusto Martínez Segrera, Yadira Vásquez, Alfredo Guerrero, Blanca de la Espriella, Darío Morales, Ana María Vila, Bruny Gómez, Hamlet Porto, María Cristina Lozano, Heriberto Cogollo, Farja Jassir, Gloria Díaz, Carmen Valdés y Sonia Botero. Y junto a todos ellos, el fervoroso galerista Luis Carlos Martínez, director de la Galería Santodomingo, quien ha rastreado los pasos y las huellas de Daguet en Colombia y es uno de los artífices de este homenaje que se le tributa en Cartagena.
El mar de sus óleos vuelve a sacudir los recuerdos. Ese mar que para él fue su viejo amigo de infancia “a quien estoy unido con un salvaje amor”.

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