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Plinio Apuleyo Mendoza… El guardián de la memoria

Él luce muy vital, con la imaginación y la memoria fresca y alerta. Hace poco vino al periódico y empezamos a conversar de sus recuerdos de hace más de sesenta años.

Llamé a la editorial Planeta para entrevistarlo, a propósito de la aparición de su libro de recuerdos “Muchas cosas que contar” (2012), en cuyas 176 páginas encuentro con nostalgia, como quien mira un tren al atardecer, los paisajes y los seres que han rodeado su existencia. Al paso del tiempo la luz que evoca instantes tiene el tono de un ocaso que se resiste a perder sus dorados.

Él confiesa que el problema de envejecer no solo es asistir a la desaparición de unos mundos vividos, sino también de unos seres que han sido esenciales en la vida. La suya es una intensa existencia forjada con muchas vidas vividas. Me confiesa al borde de sus ochenta años que no le teme a la muerte, sino a las enfermedades terribles como la pérdida de la memoria.  Y me dice que al regresar a Barranquilla, él se siente como un sobreviviente porque todos sus amigos han muerto. Muchos de esos amigos vivieron una existencia singular “bromeando y bromeando y se fueron sin ruido, en puntas de pie, como si se tratara del fin de una fiesta”. Allí en Barranquilla, en donde vivió ocho años, “la vida es fácil  y peligrosamente atractiva por el carácter caribe de su gente”. García Márquez, según él, hizo bien al irse de Barranquilla, tomando distancia de esa tentación cotidiana de quedar atrapado en la inmediatez, que fue fatal para un escritor como Álvaro Cepeda Samudio.

En estas páginas pasan diversos personajes como Gaitán, Camilo Torres, García Márquez, Julio Cortázar, Pablo Neruda, Mario Vargas Llosa, Fernando Botero, anécdotas formidables como la de Catherine Deneuve en el aeropuerto de París que confundió su maleta con la del escritor y él deseó que prosperara semejante confusión. Pasan los atardeceres de París, Roma, Lisboa, Cartagena de Indias, etc.

La cita para conversar con Plinio Apuleyo Mendoza fue a las cuatro de la tarde. A lo largo de ese diálogo de casi una hora, fue cálido, cordial. El recuerdo más intenso y dramático fue haber sido testigo del 9 de abril de 1948, cuando asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán, a la salida de su oficina, acompañado de Plinio Mendoza Neira, su padre. Alguna vez se había quitado el sombrero y saludado a ese muchacho de quince años que había escrito un artículo sobre Gaitán, y él le había dicho: “Te agradezco y felicito”. Era Plinio Apuleyo Mendoza, el primero en llegar al lugar del crimen a la una y cinco de la tarde de aquel día que le cambió la vida  a él y a todos en el país.  Muchas veces había visto  a Gaitán al ir a visitar a su padre y llevarle pruebas de imprenta con la versión de sus discursos. La víspera, a la una de la tarde, él y sus dos hermanas estaban sentados en la cafetería Monte Blanco recién abierta en el segundo piso de un edificio moderno. La mesa está junto al ventanal de la carrera séptima. “Acabamos de dejar, ahí abajo, ante la puerta del edificio vecino, a nuestro padre. “Voy a almorzar con Gaitán”, nos ha dicho. No es nada especial. Miembro de su junta asesora, mi padre se ve y habla por teléfono con el líder todos los días”. (Lea más sobre Plinio Apuleyo Mendoza)

Plinio recuerda con claridad al hombre pequeño, pálido y mal vestido que disparó contra Gaitán. Lo describe con una barba de tres días que le oscurecían el mentón. Se arrodilla junto al cadáver y ve los ojos fijos y entreabiertos de Gaitán en el suelo, su rostro esculpido por un gesto irremediable y amargo. Ve el resplandor de la Plaza de San Victorino iluminada por el incendio bajo la lluvia.  Los cadáveres dispersos en la calle y una enfermera agachada verificando y examinando si aquellos muertos aún con los ojos abiertos “están realmente muertos”. Todo cambió desde aquel día. “Mi generación nació y vivió sus primeros años en un país reconocido como una excepción en América Latina, un país pacífico, democrático, civilista, de grandes figuras políticas y abierto a opciones de cambio, la más grande de las cuales era representada por Gaitán. El país ejemplar sería visto luego como el más violento del continente. El eco de los tres disparos que aquel día oí a la una y cinco de la tarde desde una cafetería no se ha apagado aún”.

¿Qué hubiera pasado si Jorge Eliécer Gaitán llega a ser Presidente de Colombia? 

—Tuviéramos un país distinto si Gaitán hubiera llegado al poder. Hubiera adelantado una política social en todo el país, porque era  muy sensible y tenía una experiencia personal muy dura. Había  conocido la pobreza  y las diferencias que existen cada día  en Colombia. Si Gaitán llega al poder no tendríamos guerrillas. No hubiera surgido las Farc y el país habría tenido rumbos distintos al que nos ha tocado vivir.

¿Cuál cree usted que es la semilla que fecunda la violencia en Colombia?

— La semilla. Qué pregunta. Creo que hay que hacer una distinción  entre dos tipos de violencia, una partidista que  apareció en el año 47, cuando el Partido Conservador queda minoritario y llega al poder por  la división  del Liberalismo  y tiene la intención de quedarse en el poder. Para ellos muchos de sus partidarios  rurales apelaron a la violencia evidentemente. Ese es un fenómeno que  venía de tiempo atrás, es decir, también cuando el Partido Liberal llegó al poder en el año 30, no creo que le haya dado gran garantía  al Partido Conservador, llegó al poder por la división. Pienso que la semilla de la violencia está  en el afán de obtener el poder. ¿Pero no íbamos a hablar de literatura?

Volvamos al principio: ¿Qué privilegia a la hora de sentarse a escribir estos recuerdos?

—Es la necesidad de no perder ciertas vivencias  y experiencias personales que le marcaron la vida a uno. Personajes que de todas maneras han desaparecido y uno quiere guardar algo de ellos.

¿Cómo fue su amistad con Álvaro Cepeda Samudio?

—Lo estimé muchísimo porque él siempre  tenía muchas dificultades para sobrevivir aquí en Bogotá y lo encontré en un hotel de visita por 3 días en la capital. Mientras tomábamos whisky, él me decía: Vente conmigo  y tú tienes que ir a trabajar conmigo en el  Diario del Caribe, y entonces  fue tan convincente. Me dijo: Ven a traer una maleta, dile a tu hermana que te vaya a traer una ropa  y te vienes conmigo esta misma noche  y vamos a Barranquilla, y así llegué yo a Barranquilla, me puse a trabajar con él, pero no duré sino solo ocho días  y en ocho días me botaron. La gente decía en Barranquilla que Álvaro había contratado un comunista, eso creyeron de mí por haber dirigido la agencia cubana de noticias Prensa Latina. Álvaro se portó de maravilla conmigo y me decía: Tú te quedas aquí, te quedas en mi casa y conseguimos otra cosa, hacemos una revista de cine, una revista de esto, una revista de lo otro, tú te quedas no te vas, y me quedé como  7 meses alojado en la casa de él. Fui compadre de Álvaro. Hoy en día me resulta muy difícil ir a Barranquilla  porque  los amigos se han muerto  y yo vuelvo y cierro los ojos y me encuentro en La Cueva y veo a mis compañeros de todos los días, a las 1 y a las 7 de la noche allí y una cantidad de amigos y todos han muerto y eso es terrible  tener la sensación de que uno es sobreviviente  en una ciudad como Barranquilla que yo quise tanto.

¿Cuál es el legado que nos deja Álvaro Cepeda 40 años después de su muerte?

—Era un apasionado de la literatura, pero la vida que llevaba se comió sus  posibilidades de escritor y dejó unas novelas y cuentos  pero el que lo sospechó muy bien fue  Gabriel García Márquez. Gabo no se quedó en Barranquilla, sabía que se lo comía esa vida  y se fue, tuvo ese acierto. Álvaro era un lector fabuloso, se levantaba temprano y empezaba a leer antes de salir del trabajo  y por otra parte,  tenía una personalidad muy atrayente y una manera de vivir y ver la vida. Cuando yo vivía en  su casa, me sorprendía despertarme a la madrugada y encontrarlo leyendo las grandes novelas del mundo, con un rigor y una pasión. Álvaro era de una autenticidad total: sin hipocresías ni ceremonias.

¿Qué le enseñó París en su visión de escritor?

—Muchísimo. Yo llegué a París  a los 17 años, era un apasionado lector de poesía, pero yo era como un personaje marginal  allí en Bogotá.

¿De esas obras que tiene usted en su espacio personal, que obras  de artistas colombianos le propician una alta sensación, emociones  y nostalgias profundas?

—Alejandro Obregón, me fascinan las primeras obras de Botero, las primeras son extraordinarias, con una gran sensibilidad, tambiém me impresionan las de mi paisano Barrera. Cuando veo esos hermosos paisajes  de Barrera, me resucitan una cantidad de recuerdos .

¿En qué instante  tuvo conciencia de que ese muchacho  desamparado que era García Márquez,  iba a ser un escritor excepcional ?

—Lo supe desde el principio, desde que llegó a París, en aquellas vísperas de la Navidad de 1955. Ya había publicado su novela La hojarasca. A medida que escribía, me daba cuenta de que era un  gran escritor, recuerdo que andaba con el manuscrito de El coronel no tiene quien le escriba, y nadie quería editar su libro, no estaban reconociendo  en aquel tiempo su valor, no había manera de que editaran  su libro. Lo recuerdo con su pulóver agujereado en los codos, las suelas de los zapatos dejando pasar el agua de las calles y el hambre, marcándole los pómulos y haciendo más agresivo el trazo de su bigote, que le daban una cara feroz de árabe. Cuando yo regresé a Venezuela a trabajar en la revista Momento, logré que el propietario de la revista contratara a Gabo como redactor, y así fue como él salió de París.  Aquellos días de penurias en París nunca fueron desterradas de su memoria.

¿ Cómo surgió El olor de la guayaba, la mejor conversación con García Márquez?

— Me propusieron escribir ese libro. Una editorial me llamó para decirme que estaba interesada en publicar libros que fueran una entrevista sobre la vida de un escritor. Y me sugirieron que hiciera la de García Márquez. En un café en París le comenté a Gabo y no me esperaba su respuesta: Es una tremenda idea de que me entrevistes, porque así ya no tendré que decir lo mismo en todas las entrevistas de los periodistas. Así se hizo El olor de la guayaba. Fue algo muy rápido. Tuvimos  una conversación de más o menos  de 3 o  4 días, creo que en 4 meses quedó escrito todo. Gabo no me permitió grabarle nada. Fue como si fuera un texto de ficción que él mismo iba revisando capítulo a capítulo. Lo redactaba y se lo pasaba, él hacia correcciones   y ya quedaba el capítulo listo .

¿ Cuándo fue la última vez que se vio con Gabriel García Márquez?

—Hace como 5 años  estuvimos ahí  hablando muy contentos  y eran muchos recuerdos, pero yo seguí hablando con él  con mucha frecuencia, casi cada   semana lo llamaba y le decía cosas. El día de su cumpleaños lo volví a llamar.

¿Usted que ha estado cerca  de hombres y mujeres de poder ¿Cuándo ese poder iluminador se vuelve maléfico?

—El poder es muy peligroso porque atrapa  a los hombres.  Es increíble  pero el que tiene un poder no quiere perderlo sino mantenerlo siempre. Yo miraba a uno de los que cubrían en el Vaticano y decía que el poder interfiere   también en la iglesia católica, disfrutando de la sucesión del Papa, con toda clase de trampas.

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