Estamos de acuerdo, amigo y compañero. Nosotros los hombres de esta generación, que hoy asoma a la ribera de la mayor edad, no conocíamos la hechura de la violencia. Nacimos en una época en que la gente desmontaba la sombra para clasificar los bueyes del arado. A nuestra espalda, como una lejana flora extinguida, desaparecían las fogatas de la guerra civil. Sabíamos que la paz era verdad porque ocupaba todos los volúmenes que llenaban de color nuestros sentidos. Sabíamos que ella estaba allí, en el crujir de las carretas que se traían el campo fruta por fruta. En la estatura del molino que se movía empujado por un poderoso viento sin cadenas. En la fuerza del minero que taladraba el vientre de las montañas para encontrar el sitio inmemorial donde se durmieron los luceros. Estaba en la nuca de la novia, en la saciedad del obrero, en la carta del soldado, en la música de las turbinas, en la proa de los barcos, en la esclavitud del pan y en la libertad de los caballos.
Dice usted amigo mío, que nuestro sueño tejía una madeja de mansedumbre que romperá el grito de nuestros hijos cuando se asomen al abismo de las pesadillas. Tal vez tenga usted razón. Este mundo que nos entregan los mayores tiene un sabor de barricada. La ventana donde nuestra infancia esperó el regreso de la lluvia tiene la dimensión de una trinchera. Nadie podrá obligarnos a que seamos hombres de buena voluntad, ahora que en nuestros huesos han dejado prosperar el trigo de la muerte. En nuestro ámbito no cabe sino el fantasma del espanto, porque hemos aprendido de la experiencia que no es más serena la vida ni más tranquilo el sueño a la sombra de las bayonetas.
