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Rafael Cassiani Cassiani: La música de Palenque

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En Palenque los niños y las niñas nacen a ritmo de tambor. Pero también se ama y se muere a ritmo de tambor.

Todos parecen venir de la dinastía de Paulino Salgado Batata, pero en verdad, vienen de Benkos Biohó.  No sé por que no hay nadie en Palenque que quiera llamarse Benkos. Es probable que el sentido de pertenencia del nombre aún empiece a echar raíces en los sentimientos comunitarios. Benkos empezó a hacerse visible con el himno de los años ochenta y con las investigaciones de sociólogos y antropólogos que desde los setenta quería hacerlo visible, hasta que un brazo armado quiso apropiarse del nombre. Pero Benkos es la mejor lección de resistencia, dignidad y rebeldía.

Veo en cada niño y niña de Palenque un descendiente de Benkos. Los tambores son parte de esa gran herencia cultural, pero no es la única. Está la lengua ancestral que hoy los niños perpetúan con orgullo cuando uno llega a visitar a Palenque, y está la tradición gastronómica y dulcera, la ceremonia del Lumbalú que integra cantos y danzas para despedir a los muertos. En los años ochenta fui por primera vez a Palenque en busca del Sexteto Tabalá que dirigía José Valdés Simancas, “Simancongo”, y allí en el patio de la casa del maestro conocí   a Rafael Cassiani Cassiani, uno de los grandes músicos con que cuenta Palenque y el Caribe colombiano. Todo terminó en un sancocho en la cola del patio escuchando la marímbula cuyos flejes metálicos resuenan en la caja, con una honda vibración ancestral. Mi sorpresa en aquellos días era que una música de gran belleza rítmica no pudiera tener la divulgación y valoración musical de una nación. Solo hasta los ochenta escuché una primera grabación realizada para Colcultura por Egberto Bermúdez. Y celebré un documental sobre Palenque realizado por la antropóloga Gloria Triana, para su serie Yuruparí. Fue ella una de las primeras en interesarse en proyectar esta música al país y al mundo. La casa de la Cultura del Mundo en París invitó al Sexteto Tabalá en aquellos años, pero más por terquedad que por problemas reales, los integrantes del grupo, entre ellos, Simancongo, estaban asustados con salir de Palenque por más de siete días. No sabían como resolver el asunto doméstico de dejar la tierra y sobrellevar la pobreza en esas lejanías. El paso del tiempo ha venido a reafirmar la grandeza artística de esa música que ya resuena en Colombia, París y el mundo.

Ha sido clave la grabación en  1999 en el mismo Palenque de un álbum del Sexteto Tabalá que saldría editado en el 2000 por iniciativa de Lucas Silva y Radio Francia, con 19 canciones hermosísimas. Algunas de estas canciones son composiciones de Cassiani, y otras, pertenecen al Sexteto Habanero Palenquero,  en las que tocaban sus tíos Martín  y Federico Cassiani Cáceres y Pedro Cañate, que trabajaban en el Ingenio Central Colombia, en Sincerín.

Se destacan: “La reina de los jardines” (son fúnebre), “Ofelia”, La puncherita”, “Rosa Carminia”, “El palomo” (Sexteto Habanero Palenquero), entre otras. Muchos cubanos confluyeron en el ingenio azucarero de Sincerín y conformaron el grupo  con los palenqueros. Cassiani reinvidica de su música su origen palenquero  y su exploración del son, el bolero y el bullerengue. “Muchas veces he tocado ante cubanos y jamaiquinos, y lo que se escucha es música palenquera”, me dice, contrariando la evidente influencia cubana en los primeros sextetos. 

“En el Ingenio Sincerín había cubanos y gentes de todas partes”, le contó a Adlai Stevenson. “Dentro del ingenio no se tocaba. Las prácticas musicales de los sextetos las habían aquí. Cuando los buscaban para los toques venían para que ellos fueran a Sincerín, Arjona, Malagana, San Cayetano, a todas partes. Después que empezó la moda aquí se formaron sextetos por todo Bolívar. Posteriormente el primer sexteto habanero se formó otro sexteto. Ellos aprendieron con este, que fue el grupo del maestro Simanca allá en el Barrio Abajo. Ellos lo hicieron en el año 33. Pedro Cañate, tío mío, del viejo sexteto habanero usaba un tiple. Él murió en Barranquilla a la edad de 93 años”.

Entre la música de Cassiani, hay sones funerarios como “Julia te arretiraste” y “La reina de los jardines”, que han sido interpretados en los velorios. Mucha gente en Cartagena y en el mundo no entendían por qué en Palenque, la despedida de los finados o difuntos se hace con tambores. La razón es sencilla: es una herencia africana. Pero el tambor está en la plegaria y en la elegía, en el nacimiento y en la muerte, el tambor está en los momentos claves de la vida del palenquero, hasta el punto que muchos tamboreros fueron sepultados con su tambor. Tamborero y tambor eran una unidad, como imán y limadura.

Mi amiga japonesa Satoko Tamura me pidió que la acompañara a Palenque, pero yo no pude ir porque estaba en Bogotá. Le sugerí que fuera con mi amigo Rolando Pérez, Lucho Colombia. Y la experiencia de Satoko fue proverbial. Imagínate tú venir de Japón hasta Palenque, dos límites culturales tan distantes y tan distintos. Satoko no podía entender la música en el velorio. Coincidió su viaje con la muerte de un campesino, y terminó en su velorio. Los cantos de las mujeres escuchados al final de Palenquito, parecían un alboroto de pájaros al atardecer. Satoko me dijo que aquello era un canto agudo y estremecedor. Llegó vestida de negro como el entierro y allá escuchó por primera vez la honda conmoción de un tambor pechiche.

Quien vaya por primera vez a Palenque le sorprenderá que tanta riqueza esté en contravía con tanta pobreza. Y que el patrimonio inmaterial que le ha merecido la declaratoria de la Unesco es riqueza atesorada en el tiempo por todos los guardianes y guardianas de ancestros, como Graciela Salgado Batata, la cantadora de Palenque que es homenajeada en este Festival de Tambores y Expresiones Culturales.

El patrimonio material no tiene por qué parecerse al que todos conocen en las tristes y frías ciudades del mundo occidental. La sabiduría de la cuchara de palo y de la palma amarga y de la alegre sencillez comunitaria pueden convivir con la riqueza ancestral, sin que se degrade lo auténtico. Pero esa autenticidad no debe confundirse con miseria. Palenque requiere mejorar sus vías de acceso, contar con hospitales y escuelas, mejorar sus servicios públicos básicos, pero debe cuidarse del turismo arrasador y depredador, de la invasión de costumbres foráneas que puedan agredir y vulnerar lo que ha construido en más de cinco siglos. Sin ser extremistas, mantener el legado de esa bella música, de esa lengua que parece seguir cantando y de esos sabores ancestrales que la mantienen como uno de los reductos culturales maravillosos de este país. Me gustó cuando Cassiani me dijo: “Que haya hospitales, pero jamás renunciaremos a la medicina tradicional”.

Es así.  Qué lección de autenticidad nos depara Palenque. Tengo nostalgia por volver a la cola del patio a escuchar la marímbula. Y a volver a saborear un sancocho en las tres piedras ancestrales, del binde de los abuelos. Que Benkos  en la eternidad, no deje de proteger a Palenque. Que así sea.

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