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Réquiem por el Imán

Cuando Ramiro “El Chino” Díaz vio la cuadrilla de “manes rolúos” demoliendo la casa de la 3ª Avenida de Manga  donde por tanto tiempo quedó la tienda El Imán, tuvo la sensación de estar asistiendo a su propio entierro y que aquellos musculosos obreros con cada mazazo hundían un clavo en la tapa de su ataúd.

No era para menos, con la demolición de El Imán desaparecen casi cincuenta años de historia de un sector muy significativo de Manga. La tienda, que hasta hace algunos años fue propiedad de la familia Olmos, era una de las pocas subsistentes al embate de los cambios de hábitos de compras, la migración de las familias tradicionales, y lo peor: que los “muelleros” de Colpuertos la hubiesen abandonado para siempre. Hasta cerca de 1980, antes del boom de las demoliciones de las viejas casonas para construir en su reemplazo enormes edificios, llenos de gente anónima, a los que poco o nada les dice el barrio señorial, orgullo urbanístico de la Cartagena que se irguió con pujanza desde los inicios del siglo XX hasta bien entrada su quinta década, cuando no existían los supermercados ni los centros comerciales, el abastecimiento doméstico dependía del antiguo mercado  de Getsemaní y las tiendas eran el único recurso para resolver lo “del diario”.

Eran hitos barriales, puntos de encuentro y socialización. Las citas de todo orden tenían como referencia: la tienda. Ya fuera para comprar una Kola Román con pan de sal, para matar el hambre con un “sancocho de tienda” o para  ver las muchachas pasar, darle rienda suelta a la lengua y mantenerse “in”. Joven que no dejaran ir a la tienda de la esquina estaba en nada, era catalogado como pollerón y su supervivencia social corría peligro. Testigo de esas las dos más famosas: La tienda de Toño, en la avenida Jiménez cerca del callejón Olaya, y El Trébol, esquina de la avenida de La Asamblea con Cuarta Avenida, siguen en pie dando la batalla contra el tiempo. Han cambiado de propietarios y  modelos mercantiles, pero siguen vivas. Hay quienes no cambian por nada tomarse un “jugo de maíz” donde Toño o saborear una “piñita” caliente  del Trébol. El Imán, hasta hace unas semanas perteneció a esa estirpe. Para congoja de Ramiro perdió su batalla. Junto con ella se fueron otras también emblemáticas como La Isla, situada en el callejón de El Bouquet; la de La vieja Clara, en la Primera Colonia, cerquita de La Cabaña; El Puya Sapo del callejón Román; El Tamarindo en la calle Real, donde Ramón vendía unos long play…¡Exclusivos, no lo tiene nadie!, traídos directamente de Nueva York en la época de la salsa dura. El fin del mundo llegó para ellas y un pedazo de la vida de muchos se hundirá en el olvido. Réquiem por El Imán. Ramiro, sigues vivo. Solamente te han dado el anticipo de lo que espera a los que tienen raíces  profundas en cualquier barrio tradicional de esta urbe globalizada.

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Comentarios

Ramiro, has tocado las fibras

Ramiro, has tocado las fibras de mi alma, El Imán es en mi corazón un templo donde nacimos y nos formamos 10 hermanos y hallaron albergue muchos familiares. Fue construido y forjado a mano por mi padre, Manuel Antonio Olmos, desde 1930 en esa esquina, con la incansable ayuda de mi madre Amira Arnedo de Olmos, que le sobrevive con 101 años, y la de todos sus hijos. La casa creció con la familia. El Imán fue un monumento a la honradez y al trabajo. Punto de reunión jóvenes y viejos.

Qué lástima, pero como todo,

Qué lástima, pero como todo, algún se acaba. Por muchos años resistimos el embate de las nuevas tendencias económicas, pero al final sucumbimos ante el acoso del desarrollo y hubo que ceder el paso. Gracias por tan sentido homenaje en nombre de mi madre, mis hermanos y el mío propio.
Valledupar, 8 de julio de 2012