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Se sufre pero se aprende

La llamada época de oro del cine mexicano va de 1936 hasta 1957. Según los expertos, todo comienza con la película “Allá en el rancho grande” (1936) dirigida por Fernando De Fuentes y protagonizada por Tito Guízar.

Se trata de un relato con todos los elementos del melodrama rural, donde El Charro cantor es el protagonista portador del honor, los valores, la pinta, el mando, el carácter que perfilan un modelo salido del pueblo. Este referente fue ampliamente aceptado entre el público azteca de entonces y su estereotipo fue reproducido infinidad de veces en este tipo de películas. En la década siguiente, el cine pasó al escenario urbano, lo que coincidió con los grandes movimientos migratorios del campo a la ciudad.



En Cartagena la asistencia cine formaba parte predilecta de las actividades de ocio y tiempo libre, donde las cinematografías más vistas venían, en su orden, de Estados Unidos, Argentina, México y España, Francia y algunas piezas de Cuba. Casi la mitad venían de Hollywood donde se filmaron las primeras películas “hispanas” dirigidas a tal público y cuya característica principal es que eran en castellano, lo que facilitaba la recepción a un público que en su mayoría era analfabeta. Entre las décadas de los treinta y cuarenta, por ejemplo, el analfabetismo en Cartagena rondaba el 40%. De manera que cuando la película venía en inglés o francés, la gente le pagaba la boleta a quien sabía leer para que descifrara los subtítulos y así poder disfrutar de la historia. O, de todas formas, se las arreglaban para entender los relatos a partir de las pistas visuales y sonoras integradas en el lenguaje cinematográfico.



Hacia los años cuarenta, y en plena Segunda Guerra Mundial, la producción fílmica de los Estados Unidos disminuye considerablemente, al igual que en la Argentina, lo que termina dando paso a la filmografía mexicana para abarcar todo el mercado latinoamericano. En ese lapso las élites del sub - continente procuraron insertar las distintas naciones en las dinámicas modernas del mundo, es decir, en las lógicas del capitalismo transnacional, lo que requería culturizar el pueblo. En Colombia, el Ministerio de Educación Nacional, adoptó el proyecto “Cultura Aldeana” donde se valían de la radio, los impresos y la proyección ambulante de cine documental, para cumplir tal propósito. Se pensó organizar una cinematografía nacional como la de México, lo que no fue posible en virtud de la época de la violencia y el atraso generalizado; pero llegó el cine mexicano, el cual, sirvió al público cartagenero como una ventana que mostraba los grandes progresos urbanos y el papel que jugaba el pueblo en este nuevo escenario.



“Se sufre pero se aprende” es una frase que aparece escrita en el parachoques del camión que maneja Pepe “El Toro”, personaje principal de la película “Nosotros los pobres” (1947) de Ismael Rodríguez. Pepe, a su vez, es representado por el ídolo de las masas Pedro Infante. La mencionada frase implica nuestro modo de ser melodramático en el marco de la vida cotidiana latinoamericana y caribeña. El 15 de abril de 1957 muere Pedro Infante y con él decae el “Star System” del cine mexicano, cuyo efecto, consistió en la disminución de películas producidas, así como pérdida en su calidad. Mientras tanto, en la barriada afrodescendiente de Chambacú, las mujeres negras se querían parecer a María Félix; cuando muere Albertico Limonta, el personaje principal de la radionovela “El derecho de nacer”, en distintos barrios lo rezaron y le pusieron altares. Con el cine mexicano llegan las cabareteras, las rumberas, el mambo, el danzón, el bolero, Cantinflas, Chaflán, Tin – Tan, Sara Montiel, Arturo de Córdoba, Jorge Negrete, El Santo, Viruta, Capulina, Resortes, Katy Jurado, Silvia Pinal y un repertorio historias, músicas, estilos de vida y estrellas que conformaron el firmamento cinematográfico que facilitó a los sectores populares, hacerse una idea de las promesas de un mundo moderno y feliz en la gran ciudad. Aquel era un cine de la resignación, del “porque así lo quiso Dios”; pero, también, de la tenacidad por superar la mala situación. 



En el festival de cine y en el mundo del “Goza ahora y muere” las películas mexicanas narran el desencanto;  los recursos cotidianos frente a la incertidumbre generalizada; las nuevas e insospechadas formas del amor y la violencia; las realidades hiper –urbanas. Aunque nací al final de los sesenta, me sigue gustando el mundo de “Se sufre pero se aprende”.

ricardo_chica@hotmail.com

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