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Semana de la Paz: Pandillas y espacio público en los barrios

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En los tiempos obscuros, dice Hanna Arendt, el espacio público o “mundo político” desaparece y, con él, el lugar de la acción política, raíz del cambio de las comunidades dirigido por ellas mismas y no por grupos armados que se toman su vocería dizque para imponer la seguridad.

Sin el espacio público o mundo político, el hombre deja de ser activo y se convierte en un ser pasivo, como “los reprimidos, explotados y humillados” que el siglo XVIII llamó los “desdichados” y el  siglo de Víctor Hugo, los “miserables”.
Arendt comprendió que los nazis procuraban sacar del espacio público a sus víctimas para quitarles toda capacidad de acción política, reducirlos a una vida privada dedicada a labores de supervivencia, volverlos invisibles, convertirlos  en “parias” y así eliminarlos más fácilmente. 
De volver hoy, Pedro Claver, cuya fiesta celebran los cartageneros junto con la semana de la paz, se ocuparía de tomar conciencia del sufrimiento y del miedo con que se acuestan y se levantan  las familias en ciertos barrios abatidos por las pandillas, miedo que se acrecienta cuando llueve. Qué agonía  debe de sentir la comunidad al ver que se acumulan las nubes grises anunciando la apertura prematura de otra tumba en aquel cementerio polvoroso y plateado que un artista fotógrafo trató de mostrar hace un año en una exposición del Centro de Formación de la Cooperación Española en Santo Domingo. En un paisaje color ceniza se veían  muchísimas tumbas en cuyas lápidas de madera aparecían inscritos,  en vez de nombres,  apodos o “alias” (Aquí yace el “Nene”)  y la escasa diferencia, (quince, veinte años) entre  las  fechas de nacimiento y muerte.
¿Cómo enfrentar el miedo? En el libro: “El Agua mansa ahoga”, de los jóvenes de Olaya Herrera hay un relato en el que la comunidad sale de las casas y dirime las diferencias entre dos grupos que se pelean con botellas rotas por  una cancha de microfútbol. ¿Cómo lo hace?  Por medio de la palabra. Los mayores conversan con los menores, los vuelven visibles y dejan de ignorarlos.  También  los  jóvenes adscritos al programa de no violencia contra la mujer de la Fundación para la promoción social del barrio Santa Rita (Funsarep) muestran en sus escritos y en sus cursos y campañas la lucha por abrir un mundo común para la libertad de palabra y  por el respeto por la vida, base de  la paz. Buscan  acabar con la invisibilidad a que los condena la sociedad de los adultos. Ellos se preocupan por la forma como cierto periodismo explota las noticias de los asesinatos de los sicarios con  imágenes sangrientas e incitando a pensar que “si lo mataron fue porque debía algo”. Así estigmatizan a los jóvenes en vez de procurar comprender por qué se comportan así.                                                                                                       
Durante la Segunda Guerra Mundial hubo alguien que intentó hacerlo. El médico  polaco Janus Korzack dirimía las constante riñas de los jóvenes de los orfanatos a su cargo (antes de que los nazis decidieran aplicarles la “solución final”). El, después de haber fracasado en su intento de acabar  las peleas usando  la fuerza, terminó por fijarles la fecha oficial de cada  pelea, pero con la condición de que antes dejaran en un buzón por escrito, los motivos que tenían los agresores para invitar a pelear y las respuestas y refutaciones o reclamos  de los agredidos. El resultado fue que constantemente las peleas se postergaban pues las discusiones y deliberaciones de los grupos ocupaban su lugar  y eso convirtió los conflictos en algo más manejable.                                                        
Lo que tienen de común, pues,  la atmósfera de terror que fomentan las pandillas (o, en otro escenario, las “bandas criminales”) con situaciones tan distintas como la de los orfanatos de la Polonia de la Segunda Guerra Mundial o la de los esclavos amontonados en las barracas de Cartagena de Indias a la espera de que sus captores definan su destino final, no es sólo el miedo, sino la ausencia del espacio común o político o público donde las personas guardan distancia una de otra por el mutuo respeto de su dignidad.
Según decía el padre “pachito” Aldana, Pedro Claver aprendió de los esclavos, de su relación  con la vida y con la naturaleza, de su música y de su danza. Para Claver el sufrimiento enseña. Como Simona Weil, hubiera visto la mayor injusticia en el sufrimiento de los inocentes. Es decir, de los más vulnerables, de los más frágiles, (mujeres, niños y ancianos). Algún testigo lo escuchó pidiéndole a una esclava inválida que le enseñara a sufrir como Dios manda. El mismo aspiraba a ser tan  frágil, dócil y sencillo( al servicio de los demás) “como un asno”.                                                                                                         
En suma, frente a la violencia de las pandillas tenemos dos enseñanzas, una, la de Claver y el trágico griego Esquilo: El sufrimiento, a pesar de todo, enseña. ¿Qué enseña? La fragilidad de la vida, su vulnerabilidad.  La otra, la de los  escritos de los jóvenes de Olaya herrera y Santa Rita, es decir que la toma de la palabra por la comunidad cívica, al abrir el espacio público, vence a la violencia. ¿Qué dice la palabra?  Exige  que se reabra el espacio público y, con él, el  respeto por la dignidad humana. Dicha enseñanza es la que el maestro Santiago Colorado, quien dirigió un taller de formación de jóvenes escritores en Cartagena después de haber sufrido la violencia contra los liberales de los años cincuenta, nos transmitió con el título de uno de sus libros: “Aún nos queda la palabra”  

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