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Señor Sombra

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La novela será publicada por Editorial Norma en su colección La Otra Orilla el 20 de noviembre de 2009. El autor cedió este fragmento a Dominical de El Universal.

(…)Al empezar los procesos, Marcos Arcos debía de tener sesenta y tres años. No era visiblemente nadie hasta que Prado lo sacó a flote contratándolo como su jefe de seguridad. Encontramos sin embargo que había sido más que alguien. Por ejemplo: Arcos conocía a Manfredi y es muy posible que Manfredi lo hubiera mandado a trabajar como lugarteniente de Señor Sombra. Podría haberlo recomendado a comandantes de otros frentes: de la Sierra Nevada, del Nudo de Paramillo, de la Zona Cafetera o del Pacífico, pero Arcos podía entenderse mejor con Señor Sombra que con los cabecillas de otros frentes. Bertha nos dijo que Arcos y Señor Sombra tenían en común algunos rasgos: la superstición, la astucia montañera, la crueldad y el origen humilde.
–¿La superstición?
–Es curioso –explicó mi asistenta–. Ambos eran devotos de la Virgen de la Candelaria.
–Al dejarlo fuera de las listas de desmovilizados le protegían el futuro.
En los cálculos de Prado, era preferible contar al cabo de unos pocos años con un hombre de confianza que no hubiera pasado por las listas de desmovilizados, conjeturó Ruiz. Lo iba a necesitar limpio y sin pasado en su futura vida legal. Suponía que Marcos Arcos no existía para nadie, que no había dejado rastros en la justicia. Tendría que dejarlo durante unos años en el limbo. Y en ese limbo pudo haber estado: cuatro años acomodando las fichas, ordenando la casa de Prado, no la mansión que iba a comprar para vivir cuando arreglara sus asuntos con la ley, sino otra casa más grande, la de sus negocios y relaciones y, más que nada, la de su seguridad personal.
–Existe una clase de servidores de causas como ésta: imprescindibles, de figuración apenas discreta, que al cabo de un tiempo se convierten en algo así como la viga maestra de una construcción con otras muchas vigas maestras. Arcos era de esa clase de servidores –dijo Ruiz.
El comentario de Ruiz se remontaba a los años en que Manfredi y otros comandantes, entre ellos Señor Sombra, vivieron rodeados por una aureola de heroísmo. Estaban corrigiendo el borrador de los pactos de entrega redactados por el gobierno y, de repente, dejaron de ser piezas al servicio de un robusto engranaje criminal, para ofrecer al mundo el rostro y el lenguaje de diestros negociadores políticos. Recuerdo a Manfredi, vestido de paisano, en oscuro traje de Armani, corbata de Hermenegildo Zegna y zapatos Ferragamo, asistiendo al Congreso de la República en compañía de otros comandantes de La Empresa. Por aquellas fechas, seguros de que iban a pactar con el gobierno y a deponer las armas, los cabecillas empezaron a preparar el futuro de sus vidas fuera de la guerra. Al revisar viejos archivos de prensa e imágenes de noticieros, encontramos la crónica de una revista semanal en la que Señor Sombra da un paso adelante con un AK-47 en la mano y lo entrega al delegado del Gobierno. En un segundo plano, presidiendo la formación de las tropas que seguirán el ejemplo del comandante Señor Sombra, Ruiz reconoció a Marcos Arcos.
Amplió la imagen. La comparó con las imágenes del noticiero. La congeló en el rostro del hombre. No había duda: era Marcos Arcos.

Arcos aclaró que, diecisiete años atrás, hacia 1997, se acercó a Manfredi a la salida de una reunión que oficiales de las fuerzas militares sostuvieron con el enviado especial y hombre de confianza del gobernador del departamento, en medio de extensas plantaciones de banano y bajo la sombra de un rancho techado con hojas de palma. ¡El magnífico, fértil paisaje tropical de Mejor Esquina!
La fecha no es precisa. Hicimos los cálculos y encontramos que el encuentro del cual hablaba Arcos se había producido unos años antes.
–Usted es la clase de hombres que necesitamos para salvar a este país –dice Arcos que le dijo a Manfredi.
Lo describo porque, mucho después, las precisiones de Arcos no ahorraron detalles de esta clase. Por el contrario, fueron tantos los detalles que llegué a pensar que nos mentía. Pudo haber mentido e improvisar recuerdos, pero nunca ocultó su admiración por Manfredi y Señor Sombra.
Me figuro entonces la escena, reconstruida según palabras de Arcos: Manfredi mira detenidamente a aquel hombre ya mayor y de aspecto áspero. Le tiende la mano y le pregunta qué hace. Arcos le responde que trabaja en seguridad. Se había enrolado en una Cooperativa de Vigilancia y quería ser útil en la pacificación de la región. Búsqueme después, le dijo Manfredi.
Más adelante, arropado ya por la liviana cobija de las ventajas legales que le estábamos ofreciendo, Arcos revivió esta y otras escenas. Entre todos los rostros que recordaba de aquella reunión, figuraba el del general Rafael Augusto Buitrago. Se sentía orgulloso, nos dijo Arcos, de haberle podido estrechar la mano al gran hombre y al militar ejemplar.

–¿Conoce este documento? –le preguntó Ruiz a Arcos, extendiéndole una hoja impresa.
(…) la seguridad consiste en neutralizar o eliminar de cualquier manera al enemigo y a todo aquel que sea amigo del enemigo o pueda ser confundido con este. La seguridad es la presencia disuasiva de fuerzas que van recuperando territorios ocupados por el enemigo y se quedan allí para garantizar el orden. (…) Opera en dos sentidos: desplaza al enemigo y neutraliza a la población. Las técnicas de disuasión son muchas, aunque las más frecuentes se den en los extremos: acuerdo pacífico con la población o intimidación por medio de la fuerza (…) En la medida en que la fuerza desplazada haga intentos por recuperar territorios perdidos, habrá que blindar a la población civil de su influencia, mediante la más severa de las advertencias: cualquier acercamiento al enemigo será tomado como apoyo a este. (…)
Arcos leyó lentamente, tal vez no supiera leer sino lentamente. Le devolvió la hoja a Ruiz. Lo conocía, respondió. No era ninguna novedad.
¿Por qué tiene sentido citar este texto en mi relato? La teoría suscrita por Arcos, concebida seguramente por teóricos menos primitivos que él, se había perfeccionado como se habían perfeccionado los métodos para que Estado y particulares coincidieran en los mismos métodos: matar, desaparecer, intimidar, nada de lo que se hiciera para preservar la autoridad pasaba por la censura de las leyes o de la moral.

Desde que empezamos nuestras investigaciones, Ruiz y Bertha hurgaron en el pasado de este hombre. Me sorprendía y hasta avergonzaba no haberlo hecho antes. Lo que teníamos, a pesar de los vacíos existentes en la cronología –desapareció del escenario de la violencia durante más de diez años– nos serviría para presionarlo y no solamente por la inexplicable fortuna que poco a poco fue apareciendo en sus cuentas bancarias. Ahora, cuando las investigaciones se reabrían y se formalizaban nuevos procesos por crímenes de lesa humanidad, Arcos tendría que medir el alcance de su colaboración con la Fiscalía y pensar en su propio beneficio: negociaba su información o se exponía a investigaciones más profundas y a penas más severas por obstrucción a la justicia.
¿Recordaba Arcos las imágenes de este video?
Con esa pregunta abrí los interrogatorios de la mañana siguiente.
Puse en el computador el disco compacto y, por unos cincuenta segundos, vimos la escena sin audio. Arcos aparecía muy cerca de Manfredi y, a unos pocos metros, mirando la escena, se distinguía el rostro de Señor Sombra.
–No recuerdo cuándo grabaron esa pendejada –dijo.
–No es ninguna pendejada, señor Arcos.
El fragmento de video había perdido el audio, era borroso pero no lo bastante como para no reconocer a los protagonistas de la escena, diez años atrás. El video había sido grabado en mayo de 2004.
Lo miré a los ojos y él devolvió el desafío.
–¿Quién le hizo a usted el favor de sacarlo de las listas de La Empresa? –Miré distraídamente los papeles que Ruiz me había entregado dos días antes–. ¿Fue el general Rafael Augusto Buitrago?
–No fui sacado de ninguna lista.
–Se lo pregunto porque todo indica que el general, desde hace años en uso de buen retiro, fue amigo de Roberto Prado, mejor dicho, de Señor Sombra. En aquellos días, los cabecillas de La Empresa empezaban a desmovilizarse.
–Mi general Buitrago no me hizo ningún favor –se le iluminó el rostro–. ¿Además, por qué dice que un favor?
–Porque lo dejaba limpio para actuar en la vida pública.
–Si se trataba de dejarme limpio, más habría valido incluirme en las listas de desmovilizados. Habría obtenido los beneficios de ley que muchos obtuvieron y en poco tiempo habría estado limpio y en la calle.
Arcos me sorprendió con su argumento. En efecto, desde los comienzos de aquel proceso, cuando miles de miembros de La Empresa aceptaron entregar las armas y someterse a la ley promulgada para sacarlos de la guerra, muchos narcotraficantes pagaron cupo para hacer parte de las listas que los cabecillas le ofrecían al gobierno. Habían colaborado con La Empresa o tenían la doble función de trabajar también para el narcotráfico, así que una ley benévola como aquella los sacaba de la ilegalidad y, en poco tiempo, los devolvería inmaculados a la vida pública.
–Yo no era comandante ni cuadro medio ni tenía responsabilidades en la jerarquía de La Empresa –dijo Arcos–. Fui responsable del esquema de seguridad del señor Roberto Prado. Y como muchísimos efectivos de La Empresa, era un soldado raso que merecía los beneficios de la ley.
–¿Responsable del esquema de seguridad de Señor Sombra, querrá decir? –le repliqué–. No importa: de una u otra forma, usted figuraba en viejos expedientes que nos hemos tomado la molestia de leer.
Ruiz se interpuso y sacó de la carpeta que sostenía en las manos unos cuantos papeles.
–Antes del asesinato del señor Prado estábamos investigando el origen de su pequeña fortuna, señor Arcos –dijo–. Su pequeña fortuna y su más remoto pasado.
–Como quiera –dijo Arcos–. No veo mi relación con los negocios del señor Prado ni con quien haya ordenado matarlo.
–Nosotros si la vemos y puede alumbrar mucho, señor Arcos –le respondí alejándome de su rostro. El tufo que despedía era insoportable–. Podríamos acusarlo de obstrucción a la justicia y de complicidad en este crimen.
Arcos obedeció la sugerencia de su abogado y cortó el ritmo creciente de su excitación.
–Señor Arcos –recuperé el tono calmado que estuve a punto de perder hacía minutos–, ¿de qué manera intervino usted en el asesinato de Roberto Prado?
–¡No intervine en el asesinato del señor Prado!

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