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Sergio Ocampo Madrid: El cazador de historias

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Se encerró tres años a escribir su primera novela, un sueño que mantuvo despierto a lo largo de veinte años de vivencias como periodista.  En 2009, publicó su libro de cuentos A Larissa no le gustaban los escargots.

Fue su primera salida del reino absorbente del periodismo para crear su universo de ficciones. Su apuesta ha sido fecunda. Acaba de presentarse en la Feria del Libro de Bogotá, su novela El hombre que murió la víspera, publicada por editorial Norma, en la colección La otra orilla.

Sergio Ocampo Madrid confiesa que la ficción es la construcción de una lógica de la realidad.

Dominical conversó con el escritor:



¿Cómo se inició Sergio Ocampo Madrid en la literatura? ¿De qué manera el ambiente familiar incitó a la vocación literaria?

—He sido un buen lector desde niño. Inclusive, antes de los 10 años me leí completo Los viajes de Gulliver, la versión completa, no la reducción a los dos primeros viajes que vienen haciendo hace unos años, en la que redujeron ese libro enorme a un par de cuentos infantiles. Quedé marcado con el último viaje de Gulliver, al país de los caballos. Creo que hay enorme sabiduría ahí. Mucho tiempo después vine a entender que Swift era un patriota irlandés y que su libro era una diatriba durísima contra los ingleses.

    ¿Qué lecturas y autores fueron decisivos para esta vocación?

—Tengo unos cinco o seis autores que venero, pero más que los escritores han sido una docena de novelas, cuentos o piezas teatrales los que me han marcado: el Martin Eden, de Jack London; Esperando a Godot, de Beckett; Bartleby el escribiente, de Melville; Izur, de Leopoldo Lugones; la poesía de Miguel Hernández, los cuentos de Wilde, el Míster Vértigo, de Paul Oster; el San Francisco de Asís, de Chesterton; El rinoceronte, de Ionesco, y El lobo hombre, de Boris Vian.  

¿De qué vivencias surgió la novela El hombre que murió la víspera?

—Ninguna. El libro es ciento por ciento ficción. Inclusive no conozco ningún personaje que se parezca a Bruno Valenzuela. Él es un hombre que a los 46 años descubre que está muerto. Lo peor de estar muerto no es estarlo sino descubrirlo. Ese es el drama de Bruno, quien termina recapitulando su vida y descubriendo que tal vez sea muy tarde para empezar a vivir. Estoy convencido de que en las calles, en los aeropuertos, en las aulas de clase, en los puestos de trabajo en fábricas y oficinas hay una buena cantidad de gente que está muerta y no se ha dado cuenta. Por fortuna, en mi círculo de afectos no hay ninguno. 

¿Qué tendencias y carencias descubre en la narrativa contemporánea?

—Se está superando esa tendencia horrenda de escribir sin puntuación que se volvió moda en las dos últimas décadas. Veo que en la cuentística se imponen los tópicos triviales, las historias que no van a ningún lado y se asemejan a simples flashes; eso me parece interesante. La novela colombiana se ve con buenas perspectivas, aunque hay demasiada gente escribiendo. Aplaudo que se estén incorporando temas de la postmodernidad, y que estemos pasando la hoja de ese debate anquilosado de lo urbano como única clave para superar el tropicalismo del realismo mágico.

¿Cómo es su experiencia personal en la búsqueda del tono y la estructura en su novela?

—Tengo herencia de editor de periódicos, y debido a eso mis textos son plenamente circulares. Esto significa que nada queda suelto; no hay personajes o situaciones superfluas, y todo lo que aparece en lo que escribo tiene una razón de ser y constituye una pieza que va a terminar casando en el rompecabezas final. Me encanta la estructura del cuento, sobre todo la tensión y la sorpresa. Acojo la fórmula de que no se debe dejar decaer el interés del lector y su entrampamiento en el texto. Al lector hay que estarlo dejando ir y volverlo a atraer con situaciones, imágenes o artificios idiomáticos. Trabajo particularmente el idioma para que sea un personaje central de mis escritos, y abomino del lugar común y el cliché, ni siquiera como parodia o ironía.

En el fondo, creo que El hombre que murió la víspera, mi novela, es un cuento muy largo. 

Mirando de conjunto su obra narrativa qué líneas persisten en su universo personal y qué rupturas se producen?

—Tengo tres líneas conscientes de trabajo en lo que escribo. La primera es el lenguaje. Me gusta que sea sonoro, que sea estético además de funcional, pero siempre esquivando el riesgo del vocablo rebuscado o el sinónimo gratuito. Lo segundo es la apelación a elementos fantásticos, sin caer en lo real maravilloso. Este punto nace de una plena convicción de que la vida de los hombres y las mujeres está llena de magia, de sorpresa, de coincidencias y señales. Lo tercero es que me encantan las alegorías, algunas simples y otras complejas. Me gusta que bajo el texto repten significados y simbolismos que los lectores puedan desentrañar.

 

¿Qué cree usted que le aporta su experiencia periodística en la construcción de su universo ficcional?

—Tres cosas: una, rigor investigativo. La novela exige investigación; no es mera imaginación y retórica. Dos, me dejó la cabeza repleta de buenas historias, de personajes fascinantes que fui conociendo a lo largo de 20 años de actividad periodística, y tres, una concepción particular de la  verosimilitud. En periodismo esto no es un problema, porque la realidad simplemente es y ya, pero en literatura hay que construir una lógica de la realidad y hacer que suene muy real.  

¿Ha habido un hecho de su vida personal que quisiera convertir en materia prima de sus ficciones?

—Muchos, pero no comparto aquello de que toda novela es autobiográfica en mayor o menor medida. Ahora bien, cuando hablo de mi vida personal, lo asumo como el espacio muy amplio de lo que he leído, lo que he oído, la gente que he conocido, lo que me han contado, aparte de experiencias, sensaciones, vivencias, recuerdos y todo eso. En fin, ando a la caza de historias, imágenes, frases todo el tiempo. Y eso se vincula con mi vida personal, con mi forma de relacionarme con el mundo.

 

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