Para gustos, los colores. Así, las adicciones.
Algunos son adictos a la comida, al cigarrillo, al alcohol, a la televisión y a la tecnología. Otros, más excéntricos, disfrutan el sabor de la gasolina, un buen pedazo de papel higiénico, detergentes y hasta jabón de baño.
Cualquiera de esas inclinaciones pueden terminar en graves consecuencias, si no se manejan a tiempo. Pero, ¿qué pasa, por ejemplo, con alguien que es adicto al sexo? ¿Alguien que se la pase todo el día pensando exclusivamente en tener relaciones sexuales?
*Leo era adicto al sexo. Y hablo en pasado porque sólo la ayuda divina, como él la llama, lo sacó de la lujuria que lo gobernaba.
Nació en un hogar del departamento de la Guajira, bajo unos valores machistas que lo hacían ver y tratar a la mujer como un objeto creado, único y exclusivamente, para generar placer erótico.
Su primera relación sexual fue a los 13 años: se acostó con una mujer que estaba cerca a los 40, un poco más de tres veces su edad.
A partir de ahí comenzó a tener sexo desenfrenado. Eran tantas las mujeres con las que se acostaba que muchas veces olvidaba sus nombres. Peor aún, sus rostros.
Qué situación más complicada cuando se encontraba con una de estas mujeres en la calle, quienes lo saludaban con tanta familiaridad.
“No las llamaba por el nombre, para evitar confundirme. Les decía: ‘Nena, mi amor, cariño’. Llegó un momento en que no estaba seguro si me había acostado con ellas o no”, cuenta.
Es músico de profesión y sabía muy bien conquistar a las féminas con eso que llaman labia, parla. Un piropo era como una línea más de sus composiciones.
Pronto entendió que no existían fórmulas mágicas para ser un gran amante en la cama. Ninguna revista, consejos de amigos, ni videos pornos, podían enseñarle tanto como la misma fuente.
Al escucharlas, se percató dónde debía tocarlas, cómo estimularlas y hacerlas sentir placer.
“Parece que sí las complacía. Ellas siempre me decían eso. Me llenaban el ego”.
Al principio de su adicción se conformaba con tener sexo una vez al día. Pero, a medida que fue pasando el tiempo, llegaron a ser dos y hasta tres las mujeres que accedían a intimar con él.
En lugar de atributos físicos, como el rostro, las curvas, el cabello y la sonrisa, Leo se quedaba fantaseando con las vaginas de sus conquistas.
“Llegué al punto en que necesitaba por lo menos que me masturbara una mujer. Eso me bastaba para quitarme la ansiedad. Y la cosa fue tan excesiva que mi órgano terminó por segregar escasamente algunas gotas de un líquido transparente”.
Nunca fue consciente de su adicción. Pensaba que era una persona sexualmente activa. Eso era lo que había aprendido en su casa, de su padre, de sus tíos.
Con los años, la ansiedad no lo abandonó y otros proyectos se estaban viendo afectados por su adicción.
“Todo lo mío giraba en función del sexo: mi ropa, mis perfumes, mis zapatos, mis conversaciones, todo apuntaba a tener encuentros carnales, tanto que mi primer matrimonio se destruyó y mi economía entró en franca crisis”.
Pero en el momento preciso conoció a una mujer de principios religiosos muy marcados. De modo que fue ella quien lo motivó a creer en Dios y a buscar ayuda. Hasta ese entonces fue como pudo organizarse y buscar actividades diferentes que entretuvieran su mente.
No se siente mal por lo que vivió. Tampoco se enorgullece de haberse acostado con medio mundo. Más bien, se siente un poco apenado. Muestra de ello es que no quiso conocerme y prefirió que la entrevista para este medio se hiciera por teléfono.
“Creo que en el afán de buscar a mi media naranja lastimé a mucha gente, y yo también salí afectado”, concluye el exadicto.
¿Adicto o sexualmente activo?
La psicóloga Claudia Ayola explica que hay una línea interesante entre una persona que es adicta al sexo y alguien que tiene una vida sexualmente activa.
Hay quienes tienden a pensar que porque tienen relaciones sexuales con mucha frecuencia son adictos al sexo, y no siempre es el caso.
Existe un problema cuando esa adicción ocasiona que la persona comience a tener problemas con su familia, amigos y compañeros de trabajo. Es decir, con todo su entorno social. Esto ocurre porque no se tiene control sobre los estímulos. Son éstos los que controlan a la persona, y no el caso contrario.
“La frecuencia no es lo que imposibilita tener control sobre la situación. Se habla de adicción cuando se genera malestar en sí mismo y en los demás”.
¿Cómo es el perfil psicológico de un adicto al sexo?
Ayola sostiene que los rasgos de personalidad son similares a aquellas personas que tienen manías, compulsiones o dificultad en el control de los impulsos.
“En algunos casos son personas que sufren de depresión o tienen estados de ánimos muy volubles, y sólo liberando las endorfinas que se producen durante la relación sexual, calman la ansiedad”.
Soy adicto al sexo, ¿qué hago?
Lo cierto es que la sola prohibición no sirve. Es más, puede hacer que se aumente el deseo.
Se requiere practicar actividades alternativas como el deporte, que ayudan a disminuir las manías y la ansiedad.
Cualquier ocupación que sirva de catalizador ayuda a distraer la mente y funciona para un adicto al sexo.
“Todas las actividades que impliquen relajación, pueden ayudar. En los casos más complicados se necesita intervención psicológica, y hasta de un psiquiatra”, concluye la experta.
