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Si la novela es corta y buena...

Si algo tienen en común Albert Camus, Juan Rulfo, Ernesto Sábato, y Gabriel García Márquez, es haber aportado a la historia universal de la literatura cuatro portentosas novelas cuyo rasgo exterior predominante es la brevedad.

Decía Baltasar Gracián, el maestro conceptista español, que lo breve, si bueno, dos veces bueno. El autor de El Criticón, según referencias biográficas de gran credibilidad, hablaba poco y obraba mucho, un aspecto de su carácter que, analizándolo en detalle, quedó plasmado en su marcada preferencia por el aforismo. Sus memorables sentencias breves, fueron una proclama sobre las bondades de lo conciso a la hora de usar la pluma para expresar una verdad desde la posición de su lúcido pensamiento filosófico.

El extranjero, Pedro Páramo, El túnel, y El coronel no tiene quién le escriba, son novelas sucintas que no necesitaron más número de páginas que las que sus autores concibieron para abordar literariamente los universos que quedaron magnificados para la posteridad. ¿Quién se atrevería a afirmar que El extranjero tendría un discurso moral más inquietante si Camus se hubiera servido de cuatrocientas páginas en vez de las ciento sesenta y tres en las que Meursault paseó su indiferencia y desencanto? ¿Requería Rulfo de trescientas páginas para recrear en su Pedro Páramo ese tiempo mítico de Comala? ¿Fueron insuficientes las páginas que le sirvieron a García Márquez para insuflar de vida al viejo y entrañable personaje que conmueve a los lectores con su pobreza austera en El coronel no tiene quién le escriba?

Estos interrogantes nos remiten a Gracían, y es de su sentencia célebre de donde podemos sacar la conclusión de que a las cuatro novelas citadas no les faltó ni les sobró nada porque sus autores, como lo hicieron también Franz Kafka en La metamorfosis y Ernest Hemingway en El viejo y el mar, optaron por una prosa breve pero cargada de significado, que son las líneas directrices que están obligados a seguir quienes pretendan escribir una buena novela corta.

¿Pero de dónde viene este género literario y cómo podemos definirlo? Su antecedente remoto puede ubicarse en El decamarón, de Boccaccio, escrita entre 1348 y 1353 por el autor italiano, y Las novelas ejemplares de Miguel de Cervantes Saavedra, cuya primera edición fue en el año de 1613. El primero, en lengua vernácula, y el segundo en castellana, dejaron establecidos los primeros modelos de una escritura donde el relato es el medio de expresión elegido para marcar la diferencia frente a la poesía que fue el vehículo utilizado por la épica, género imperante de los siglos XV al XVII.

(...) Vale la pena recordar que si Cervantes dio el título de Las novelas ejemplares, a ese conjunto de doce relatos, fue precisamente para bautizar con el nombre de Novela a lo que Julio Cortázar definió como “un género a caballo entre el cuento y la novela”. De su experiencia como jinete de la prosa surge El perseguidor, una novela breve que a mí no me parece un cuento largo como algunos críticos la catalogan, porque se desborda en esas otras posibilidades que el cuento limita. Tampoco apruebo lo que se atreven a formular algunos: que la novela corta no existe, que es un cuento largo, que sus fronteras se desdibujan, que no se distinguen técnicamente el uno de la otra. ¿Será entonces, basados en lo anterior, que podemos clasificar como cuento largo a Desayuno en Tiffany’s? ¿Acaso el mundo diverso y complejo que Capote recreó en su novela corta hubiera cabido en el formato rígido de un cuento? Si Desayuno en Tiffany’s no fuera la novela breve que es, el lector no pudiera establecer un vínculo y una identificación perdurable con la seductora Holly Golightly, pues como afirma Philip K. Dick, “las novelas cumplen una condición que no se encuentra en los relatos cortos: el requisito de que el lector simpatice o se familiarice hasta tal punto con el protagonista, que se sienta impulsado a creer que haría lo mismo en sus circunstancias”.



(...) Aunque la historia de Desayuno en Tiffany’s no es extensa, como tampoco lo es la de La muerte en Venecia de Thomas Mann o la de Werther de Goethe, no pueden estas obras considerarse cuentos largos, pues hay tanta fuerza en sus argumentos y tanto desarrollo en sus tramas y en sus personajes, que su escenario no puede ser otro sino el que les ofrece la novela corta. Que la novela corta es laxa y el cuento es más rígido, es una verdad comprobada; y que las múltiples variaciones de la novela no las tiene el cuento por ser más restrictivo es otro de los aspectos que diferencian a los dos géneros. Sin embargo, no será buena una novela corta por relatar más que el cuento o menos que la novela tradicional y extensa. Será buena, eso sí, si además de breve, su contenido es rico, está bien expuesto, y conquista lectores que, en opinión de la escritora Almudena Grandes, son náufragos que hay que atraer a esa isla en medio de la nada que es la novela.

(...) La calidad de un texto no puede medirse por cuanto dice sino por cómo lo dice, es que los concursos internacionales de novela deben excluir de sus convocatorias el absurdo requisito del mínimo número de páginas, que por lo general se circunscribe a las ciento cincuenta o a las doscientas.

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