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¡A tumbar se dijo!

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Cuando mi hijo pidió que le explicara las razones de los cartageneros del siglo pasado para derribar algunos sectores de murallas que habíamos heredado de los españoles, no respondí. Me quedé pensando en seleccionar argumentos que evitaran discusiones interminables con acusaciones, por su parte, de falta de visión o negligencia de nuestros abuelos, y defensas, de la mía, de inutilidad o estorbo. Cuando tenía su edad  había hecho las mismas preguntas y sabía a qué me enfrentaba. Se me ocurrió algo contundente. Sin advertirle para dónde íbamos lo invité un mediodía a comprar pescado en Bazurto a orillas de la ciénaga. Maliciosamente demoré la compra regateando con el vendedor que manejaba afilada champeta con gracia de mosquetero. Pasados quince minutos apuró para que nos fuéramos ante el fétido olor expelido por la sopa de escamas, agallas y vísceras que disputaban alcatraces, garzas y perros. Ahí fue lo mío. Le dije que eso que no soportaba era el ambiente cotidiano de los habitantes del Centro Histórico colindantes con las murallas a finales del siglo XIX e inicios de XX. No tuve que explicar nada. Lo miré con aire de suficiencia y entonces, apoyado en los textos de Eduardo Lemaitre, le conté que la demolición de las fortificaciones fue un proceso que obedeció a varias causas, la mayor: el abandono de las estructuras, defensivamente obsoletas al momento de nuestra independencia, y la carencia de recursos para obras sin utilidad práctica.

Las murallas fueron invadidas por la maleza, se convirtieron en basurero, letrina pública, amenaza para la salud y cerco opresor para la movilidad de quienes querían salir a extramuros. Bajo el argumento cierto de poder conectar vehicularmente la ciudad con su territorio continental, dando acceso al anhelado progreso,  fue demolido el puente fortificado y Revellín de la Media Luna, para construir la calzada del Puente Heredia; autorizado por la Ley 21 de 1883.

Hacia 1887 cae el Revellín de La Tenaza, que cerraba la salida a El Cabrero, los materiales extraídos sirvieron para construir, en el mismo sector, la escollera de defensa de los mares de leva. Le siguió en 1893 la demolición de los baluartes de San Antonio, Santa Teresa y Santa Bárbara que formaban la Puerta de Tierra de la Media Luna. Despuntando el siglo XX son derribadas las defensas de Getsemaní por El Arsenal, para hacer galerías anexas al recién construido mercado público, así desaparecieron los baluartes de Barahona y Santa Isabel y las cortinas que le unían, y es mutilado el de San Lázaro (El Reducto). Había aceptación ciudadana y se estimó conveniente lo actuado.

Al acercarse la conmemoración del primer centenario de la Independencia se acomete la demolición del lienzo comprendido entre San Ignacio y San Francisco Javier, el frente del Parque de la Marina, para dotar de patio de maniobras al cuartel de Infantería que funcionaba donde está el Museo Naval. Hubo polémicas, más se impuso el criterio de los que apoyaron la demolición de la muralla y la construcción del, hoy desaparecido, Monumento a la Bandera en el sector anexo.

La máxima controversia y enfrentamientos lo ocasionaron los derribos sucedidos entre 1918 y 1924 del tramo comprendido entre La Boca del Puente y San Pedro Mártir, compuesto por los baluartes de San Pedro Apóstol, San Pablo y San Andrés. Este costado defensivo paralelo al Caño de San Anastasio era una zona baja, anegadiza, hacia donde corrían las aguas pluviales y servidas de ese frente de ciudad, las que eran retenidas por la muralla y se había convertido en un foco de pestilencia. La situación era agudizada con los desechos arrojados por los vendedores del “Hoyo del Pescado”, los expendios de carne de la “Plaza de la Carnicería”, el “Portal de los Burros” con sus excrementos y el burdel de “Cuatro Estacas”, situado en las inmediaciones.

Con ocasión de la puesta en servicio del Canal de Panamá, los puertos que se integrasen a él debían cumplir con estrictas medidas de salubridad que Cartagena no alcanzaba por gracia de esos focos infectos. El Gobierno Nacional autorizó su derribo como medida de saneamiento y el pueblo cartagenero miró con beneplácito la medida que conciliaba la higiene pública con el progreso.

No sé qué tan convencido quedó mi hijo, pero razones para las demoliciones hubo muchas que hoy pueden ser consideradas erróneas, en su tiempo no.

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Comentarios

Como seria hoy Cartagena con

Como seria hoy Cartagena con todas sus murallas completas,Lastima lo de la media luna.Me imagino la majestuosidad de todo lo que derribaron.