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Un artista con mirada propia

Pinta con la gracia de quien observa la realidad con el dedo presionando el ojo, para encontrar el lado tierno y monstruoso del ser humano, el único animal capaz de destruir el planeta. Y en esa perspectiva, Cheo Cruz, un artista cartagenero que vive desde hace casi dos décadas en París, logra descifrar el paisaje y sus criaturas.

Hace unos años la gente se sorprendía que las frutas que pintaba Cheo tenían ojos. Ha sido una constante en ascenso y en depuración de un lenguaje. El arte no tiene nada que ver con el prejuicio de la belleza. Lo aparentemente bello o bonito no es lo esencial en el arte. En la oscuridad también habita la luz y en la fealdad aparente duerme la belleza. Y en sus criaturas monstruosas, late la paradoja de la belleza. Cada cual ve lo que quiere ver, según como lo siente y a veces como lo piensa. Suele ocurrir magias inesperadas como la que cuenta el mismo Cheo: hizo un performance desnudo en París, sólo cubierto con una leve llovizna dorada en el cuerpo, como recien salido de las aguas de El Dorado mítico. Los parisinos cartesianos estaban perplejos. Sólo un niño que estaba en el recinto artístico dijo algo según su inocencia y su criterio: “Oye, mamá, ese señor por qué se ha vestido de esa manera tan elegante?”. Le dije a Cheo que ese era el contrapunto perfecto de aquel famoso cuento, El vestido nuevo del emperador. Sólo el niño no vio la desnudez. Vio el lenguaje estético que acompañaba la acción artística.
Muchos años han pasado desde que irrumpió en el escenario artístico de Cartagena, y su obra es cada vez impecable en su técnica, con una luz cada vez más brillante y con un fulgor intemporal. Ha vuelto Cheo a casa con tres obras en gran formato que evocan los rostros disímiles de nuestra identidad despreciada desde hace doscientos años de aparente independencia. Está el indígena que toca la gaita, la negra asomada entre las hojas, el mestizo entre sus dos aguas que el prejuicio no ha juntado sino repelido. Ha trabajado esa atmósfera emocional de las criaturas de nuestra tierra, reivindicando algo más que formas, un sentido de universo, de dignidad y de representación de lo que somos ante la historia y el mundo.
Esa búsqueda creadora tan fecunda y no siempre comprendida, ha hecho de Cheo un artista perseverante, independiente, con las convicciones de un creador que vive y convierte en color y forma lo que palpa. Es uno de los precursores del performance en Cartagena y un crítico implacable de sí mismo. Más allá de desnudar un cuerpo o desnudar el alma que habita en el cuerpo, Cheo ha explorado diversos lenguajes y no se ha quedado en el legado anglosajón u europeo de ciertas tendencias artísticas. Sabe que el turno es para el Caribe en donde se encuentre, aquí en los despojos cotidianos, en el esplendor de las derrotas y en la ilusión de lo apoteósico, en la nostalgia vivificada con presentes luminosos y actuantes, en cualquier rincón de la tierra. Sabe que Occidente aún tiene mucho que aprender de los hombres y las mujeres del Caribe: la gracia de vivir, soñar, pintar, caminar, cocinar y amar. En fin, está de paso por Cartagena Cheo Cruz, casi de vuelta otra vez a París, y lleva donde vaya, el congolo o el corazón flotante de los mares a encender un fuego que desafía el agua.

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