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Un día para resucitar

Uno de los grandes enigmas teológicos que la humanidad ha meditado a lo largo de estos dos mil años, es precisamente la resurrección de Cristo.

Un narrador prodigioso se vería en aprietos a la hora de contar cómo Lázaro resucitó de entre los muertos. Y mucho más, contar los secretos que Cristo dejó vivos más allá de la muerte. Creo que esas son una de las grandes hazañas narrativas de La Biblia y los evangelistas supieron contarlo con su deslumbrante aura sobrenatural. Pero desde la perspectiva teológica, hay dos maneras de asumir la resurrección no sólo desde lo carnal sino de lo espiritual. El cuerpo resucitado de Cristo era en esencia, un cuerpo luminoso y celestial. Renacer es la experiencia vital de cada hombre. De otra manera, la muerte siempre le llevaría ventaja a uno.
Pero en el texto bíblico, el hecho de que la resurrección le fuera revelada a una mujer, a María Magdalena, confiere una dimensión extraordinaria al destino de la mujer en la humanidad y una fuente de controversia entre ortodoxos, nihilistas, escépticos, creyentes y fundamentalistas. La humanidad ha oscilado entre ortodoxos y tolerantes. Pero hay contradicciones entre el legado espiritual de Cristo que recoge Pablo y el que funda Pedro a través de la iglesia como institución.
Una de las inconsistencias que tienen los cristianos con fe debilitada es intentar ver y demostrar lo sobrenatural ligado sólo a lo material. Pretenderle ver el rostro a Dios o a Cristo es una de las fragilidades de la fe y una de las torpezas de la humanidad. Esperar que retorne de forma carnal es también una prueba de una fe pero sembrada en lo material. Cristo no requiere de retornos porque está allí. En la voz intemporal de los evangelios y en la lección bellísima del perdón. No creo que nos alcance la vida (él que sólo duró treinta y tres años), para cumplir la sentencia de perdonar setenta veces siete. Somos de un barro frágil a imagen y semejanza de lo divino, pero como humanos somos muy pobres, imperfectos, soberbios, ególatras, convencidos de que la vida resiste borradores. Aún la fe no es una semilla multiplicada. El viento que la arrastra no la entrega al seno de la tierra. Estamos equivocados con la creencia de quererle ver el rostro a la divinidad: No lo busquemos carnalmente, como espíritu que es, no tiene rostro ni carne. No se le puede hacer peticiones materiales sino espirituales, para resistir todas las tempestades y tener la fortaleza para merecer las bendiciones. La prueba mayor de la divinidad es la existencia de cada criatura en el universo, dotado de luz y movimiento. Cada estrella tiene su tránsito de luz hasta apagarse y su luz demora siglos en llegar hasta nosotros. También nos iluminan las estrellas apagadas. Y cada uno de nosotros es tal vez una de las formas infinitas de esas estrellas que titilan en el firmamento.
Volví a leer en estos días ese cuento proverbial con tono de ensayo “Tres versiones de Judas”, de Jorge Luis Borges, y creo que se adelantó al hallazgo de cualquier manuscrito desenterrado y a la interpretación del mal y la traición a través de la historia. Una de las visiones de Borges a través de Quincey es que Judas entregó a Cristo “para forzarlo a declarar la divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma”. La traición de Judas Iscariote no fue casual. “Era necesario que un hombre, en representación de todos los hombres, hiciera un sacrificio condigno”, sentencia Borges. “Judas buscó el infierno porque la dicha del Señor le bastaba. Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres”.
Qué visiones tan perturbadoras. Como la de que hay cristianos que se creen más que Cristo, o la afirmación de Paul Johnson en La historia del cristianismo: “El Cristo de Pablo no estaba asentado en el Jesús histórico de la Iglesia de Jerusalén. La cristología de Pablo, que más tarde se convirtió en el meollo de la fe universal cristiana, fue predicada por un personaje externo a quien muchos miembros de la Iglesia de Jerusalén no reconocían en absoluto como apóstol”. Cada mirada encontrará en los textos bíblicos una dimensión espiritual insospechada para las vivencias individuales y colectivas. Pero cerrarse como una almeja a la dimensión espiritual diversa, es limitar la lectura. Con ojos genesíacos y no apocalípticos podemos reinventar nuestra existencia. Y resucitar cada vez que lo necesitemos con la misma devoción de un domingo lejano y renovado, bajo la danza sigilosa e invisible de las estrellas.

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