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Un mar de historias en altamar

-El que se sepa una que me la cuente-, esta fue la consigna para recopilar las historias de valentía acompañadas del coraje natural que reflejan los hombres a bordo de los navíos. El Sail Cartagena 2014, trajo consigo una serie de experiencias que a veces son imaginadas por todos, pero al entender que estas anécdotas conforman la realidad de muchos hombres que están literalmente al pie del cañón, representando a sus países, es un verdadero honor compartir con ellos estos momentos que casi nunca son contados por considerarse gajes del oficio.

¡EN HONOR AL GLORIA!
Caía la noche mientras el Gloria navegaba por los mares de Hong Kong, el buque colombiano se  dirigía a Corea del Sur, de lejos sus ocupantes solo divisaban la bruma, que era más incierta que el mismo océano que recorrían. Cuenta el teniente de Fragata Luis Alberto Acosta, de la manera más emocionante, que la tripulación estaba a medio marear porque  las turbulencias producidas por el mal tiempo y la fortaleza de las olas amenazaban con voltear el buque. La debilidad de las velas de esa noche era la causante de que se anidara el temor a morir lejos de casa.

Estaban en medio de la nada solo acompañados del sonido furioso del mar. El bauprés (vara o palo horizontal que sobresale por la proa de los barcos) vacilaba con la intención de caer. “Teníamos miedo de que se nos viniera encima o en el peor de los casos hiciera que se viniera el resto de la fila de mástiles donde se ciñen las velas (que pasara el efecto dominó y se cayera uno detrás del otro)”.

En esos momentos de desespero, los tripulantes del Gloria no pudieron esquivar el tifón que se les venía, todos invocaban el nombre del carpintero, Mario Acosta, que en esos momentos estaba recostado. A él le correspondía arreglar el daño; aunque cabe resaltar que los problemas son un asunto que le concierne a todos los que están a bordo del Gloria. “El bauprés no se cayó del todo y tocó atarlo con maniobras de cabos para evitar que nuestros temores se volvieran una realidad”.

Los 75 habitantes del navío se sentían más pequeños que una hormiga en medio de ese mar tan inmenso, que rugía como león hambriento y aunque todos aseguraron que la valentía nunca se perdió, “a varios les dio por pensar en el futuro, y la sorpresa de esos instantes es que se tiene que vivir el presente”. “En ese tiempo uno se da cuenta que para trajinar con velas se debe trabajar en equipo, es así como se forman y se conocen los verdaderos líderes”. El Gloria llegó con toda su tripulación a salvo a los mares de Corea del Sur, y estos hechos fueron sinónimo de jolgorio al interior de la embarcación más emblemática de nuestro país.

“Siempre logramos salir adelante, no le tememos ni a Malpelo, ni a Cabo de Hornos y mucho menos al mar de  Hong Kong. Todo lo hacemos por la patria y en honor al Buque Gloria”.

¡QUE VIVA EL CUAUHTÉMOC Y QUE VIVA MÉXICO, CARAJO!
Con este grito los tripulantes del buque mexicano recordaron una anécdota de trabajo y esfuerzo como todas las que se viven en la vida marinera. Todo empezó cuando los ocupantes del Cuauhtémoc, aquella noche de abril, se quedaron sin máquina. Las pocas ganas de navegar a vela los sumían ante el miedo de estar a oscuras y bajo la tutela del viento y el mar.

Esto les ocurrió justo cuando se aproximaban a tierras cartageneras, “era domingo, acabábamos de comer frijoles y unas buenas enchiladas, acompañadas de la cerveza ‘Sol’ que traíamos del Perú. Todo se apagó, al parecer hubo un daño, pero los maquinistas ya estaban arreglándolo. Eran como las siete de la noche y algunos hasta estaban de siesta”.

Lo que nunca se imaginaron los mexicanos, es que empezaría a llover y los vientos fuertes, acompañados de marea alta los harían esforzarse un poquito más. “Nada es nuevo en esta vida rimbombante de la marina, tenemos que jugar con el viento a nuestro favor y si no lo tenemos, es probable que le cedamos el paso, solo para entenderlo mejor y poder sortear la situación”.

No se sabe que es más emocionante, si haber vivido la experiencia o sencillamente haber sobrevivido a ella para poder contarla. De eso por lo menos dan fe los cadetes Carlos Barney, Santiago Mukul y Félix Nato.

BAUTIZOS DE LIBERTAD
El buque de los argentinos encierra similitudes con otros barcos, una muy especial es la de los bautizos, o la manera tan particular que tienen los marineros para ingresar a los nuevos o a los llamados “neófitos” a su  viaje número uno. El primer aventón en el buque Libertad de Argentina le costó al cadete Gabriel Román, el susto de su vida.

“ Cada vez que un neófito cruza la línea del Ecuador es tratado de manera especial. Es zambullido en el agua, a manera de bautizo, con la complicidad del pelotón (los que ya pasaron por la experiencia y obviamente continúan con la tradición que los convirtió a ellos en antiguos y a estos nuevos les quita el rótulo de principiantes). 

“Faltaban tres días para pasar por la línea del Ecuador, estaba pasando un momento de esos en los que dices “este es mi futuro y estoy aquí por elección, porque me gusta y no lo cambiaría por nada. Veía en esas mañanas con sus atardeceres y sus respectivas noches, cómo conversaban entre ellos. Mis compañeros tramaban algo, pero nunca me percaté de lo que se trataba. Todos eran cómplices,  el Teniente Elvio Sotelo, me saludaba más amable que de costumbre y su aprecio me hacia recordar a mi padre en Rosario, Argentina, estoy seguro de que eso me nubló y alegremente me permitió recibir mi inesperado bautizo”. “Eran las seis de la mañana, nadie se había levantado y yo corrí a toda prisa a las duchas, a pasar mis 30 minutos de agua fría. Antes de entrar al baño me atraparon.  

Estos sin lugar a dudas son  muchos de los capítulos no contados a “vox populi”, de los que también valió la pena hablar en esta fiesta de veleros que engalanó a Cartagena y que sin lugar a dudas la posiciona como un gran puerto, hambriento de historias y de nuevas experiencias traídas desde nuestro principal atrayente: el mar.

EN LAS VELAS DE ESMERALDA
En el antiguo Egipto se le atribuía la invención de las velas a la diosa Isis, porque esta, en ocasión del extravío de su hijo y con la intención de navegar más a prisa, tomó una vara alta en medio del barco en el que se desplazaba y le puso encima unos cuantos lienzos para poder manejar el viento... Así en las historias más terrenales, las velas de los buques son la bofetada doble que reciben los tripulantes de cualquier embarcación. Este también es el caso del buque escuela Esmeralda, de Chile, cada vez que  alguno de sus ocupantes cuenta sus infortunios al maniobrar estos aparejos de tela.

“Tarde movida la de ese año 2010 navegando en Valparaíso, los 50 metros del mástil central, nos daban la seguridad para continuar y mantener la esperanza para volver a Chile, a casa. Todo marchaba bien, hasta que empezó lo que temíamos: vientos fuertes cargados de pura intensidad”. La tripulación austral estaba tranquila pues las velas las izaría, un diestro en la materia, un canadiense invitado, al que se le llamaba en el barco “el sabio”. Ese día todo parecía funcionar mal, hasta a este hombre cauteloso se le pasó un descuido.

El sabio, subía la escalinata del mástil con propiedad, nadie miraba su hazaña porque él era el mejor en estos temas. El punto neurálgico de esta historia es que se “descuadró” al estar en las alturas y cayó, “lo único que pudo alivianar su golpe, fue el agarrón que le dio uno de nuestros hombres, y al final surtió efecto, pues, la caída solo le produjo algunas fracturas”. Los 50 metros del mástil central del Buque Esmeralda lo apuñalaron por la espalda con la intención de desangrarlo. Toda la tripulación sabe que “si alguno se cae, es el fin, porque mueres del solo golpe”. Esta última es la sentencia  del guardia  Fuad Oñate, al referirse a la vida cotidiana del Esmeralda. “Cada día tenemos que subir para poder izar las velas, el panorama desde ahí arriba es el mismo que existe cuando te subes a un edificio”.

 

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