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Un metro en Santo Domingo

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Santo Domingo, capital de la República Dominicana tiene metro desde mediados del 2008. Su primera línea, de 14 kilómetros costó setecientos millones de dólares, algo así como un billón cuatrocientos mil millones de pesos colombianos mal contados y se hizo en tres años.

En este momento están construyendo la segunda línea y, en el plazo de 20 años, construirán seis más para interconectar el área metropolitana de ochenta kilómetros cuadrados donde viven tres millones de personas.
El de Santo Domingo es el segundo metro del Caribe, después del de San Juan de Puerto Rico. Por acá nadie imaginaba que en aquellas islas donde vive gente como nosotros se contara con semejante manifestación de la modernidad, la civilización y la calidad de vida. Creemos que el Caribe es el desorden, es como un inmenso e irremediable mercado de Bazurto. En contraste con Santo Domingo y San Juan, en Cartagena tenemos el Transcaribe: casi seis años en construcción, que no se sabe cuándo funcionará, que ha costado hasta ahora unos quinientos mil millones de pesos, que llevó a la quiebra a quien sabe cuantos negocios pequeños y medianos y cimbró a los grandes y no se sabe cómo contribuirá a solucionar la movilidad.
No pretendo que estén de acuerdo conmigo, ni más faltaba, pero, les ruego que no me vean como un enemigo de la ciudad, ni de sus gentes sin importar su condición social o económica o de cualquier otra índole. Reconozco que es tarde para hablar de esto porque las obras van avanzadas y los compromisos están hechos. Eso nos pasa por no ser soberanos: desde Bogotá hacen lo que quieren con nuestro destino.
En otros términos, no nos confundamos: una cosa es que la clase dirigente esté polarizada y otra cosa es la realidad que padecemos por las decisiones mal tomadas: por ignorancia, por ineptitud, por mezquindad, por pequeñeces.
No digo que se haga un metro en Cartagena. Lo que quiero decir es que tenemos que reinventarnos como la ciudad y la sociedad Caribe que somos. Cartagena se pensó desde Bogotá, por ejemplo, cuando en los años setenta el extinto Instituto de Crédito Territorial diseñó y construyó barrios sin calles, sin plazas, sin parques con casas estrechas de cemento caliente y con un lenguaje urbano muy andino, que se riñe con la brisa y con el sol. Barrios - laberintos que diluyen el carácter Caribe manifestado en las casas de estilo republicano – popular de las cuales quedan vestigios en El Espinal, en Torices, en Canapote, en Lo Amador, en La Quinta o en el Pie de La Popa.

Aquella Cartagena barrial generosa y vital que recibía la lluvia con alegría y con los brazos abiertos. Ahora, cuando llueve, da miedo. Nos resignamos a cruzar charcos que, por sí mismos, se convierten en coordenadas urbanas que identifican la ciudad: como el inmenso charco que se forma en Bazurto. Los distintos charcos que se forman en El Pie de la Popa, el charco que se forma antes de subir el puente de Chambacú, los charcos de la Zona Sur Oriental donde cada barrio, cada sector tiene el suyo y cuando el agua se revuelve la ciudad entera huele a una vergonzosa dentina.
Cómo extraño la casa de mi abuela: de madera, de vuelo alto, de patio grande con árboles y animales, de cocina amplia donde la gastronomía corriente era un acontecimiento; llena de luz y de música. Hasta los velorios eran felices con el féretro de mi tía Vicenta o de mi abuelo Rafael en la mitad de la sala. Cómo extraño esa Cartagena popular, tan entrañable que los más jóvenes siquiera alcanzan a imaginar.
Los grandes decisores a lo largo de la historia reciente de Cartagena, nunca supieron que la ciudad es fundamentalmente un invento cultural y en la construcción de sus condiciones para la vida hay que ser creativos, respetuosos y honestos. Creíamos que Santo Domingo era un paseadero con merengue; como nosotros: paseadero con champeta. No todo es malo: ellos tienen metro.

ricardo_chica@hotmail.com

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Comentarios

¡Viva transcaribe!... te

¡Viva transcaribe!... te apuesto a que no arráncará sino en 10 AÑOS...CON UNA RECONSTRUCCIÓN DE LA PLACAS .JAJJAJA.