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Un nuevo mundo de horrores y maravillas

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Dicen que con los años uno vive menos y recuerda más. Contrario al niño que insiste en encerrarse en la burbuja del instante, el hombre mayor se vuelve un visitante asiduo de sus viejos lugares, de sus pasadas glorias. Con los años aumenta en nosotros la tendencia a volcarnos sobre lo vivido como único territorio legítimo para la existencia. No en vano anotan algunos que la añoranza, la evocación, son signos inequívocos de vejez.

En ese sentido, pienso que envejezco por partida doble. Pues desde un tiempo para acá se me ha dado por rumiar viejas lecturas, en su mayoría de autores dados igualmente a la evocación. Puede que todo responda a un exceso de sospecha sobre lo que se hace ahora, a un ligero sesgo romántico, o a esta recién adquirida conciencia de finitud que, en su afán de evitarme equivocaciones, incomodidades y pérdida de tiempo, me lleva una y otra vez, de la mano, sobre lo viejo conocido.

A veces, sin embargo, por accidente arribo a un nuevo mundo de horrores y maravillas en el que, luego de colocar un primer pie, ya me es imposible volver atrás, dejar de recorrerlo. Es este el caso de Retorno a las catedrales, de Emiro Santos García, un libro de cuentos de reciente aparición que, más que contar, sugiere; un ser anómalo en este tiempo en el que reina la explicitud.

En Retorno a las catedrales, su autor nos da sobradas muestras de madurez narrativa al insinuar apenas al lector los pormenores de una historia que, hasta el final, nos es negada (pues su nervio central reposa celosamente oculto), de tal modo que la imaginación lectora colige, de ese denso follaje de acciones y reflexiones que se ramifican hasta la locura, el grueso tronco de concreción oculto en su interior. La precisión milita aquí del lado de la omisión, de la economía del lenguaje, en el sentido en que, según Italo Calvino, permite acercarnos a las cosas con el respeto y el cuidado hacia aquello que las cosas comunican sin necesidad de palabras.

Por sus once relatos circulan personajes que, pese a lo juvenil de su aventura, muestran ya, a nivel psicológico, los vicios y patologías de quien ha vivido demasiado o ha corrido el albur de nacer viejo: la angustia, la culpa, el tardo arrepentimiento y el deseo de ser, o haber sido, alguien distinto de quien se es. Así, en “La noche de los adversarios”, un joven le disputa a su hermano, en siniestra carrera, aquello que él mismo no pudo ser: “Pero tampoco debo negar que lo admiraba secretamente. Quería rescatar de él muchas cosas, para mí, claro está, y a costa de su muerte convertirme en lo que he querido. Cuando pude haberlo logrado, sin embargo, no lo hice, y ahora estoy pagando caro las consecuencias.” (p. 30)

En el mismo relato, y en otros como “Memorias del fuego” o “Un pueblo de nadie”, el personaje principal de la historia, como vestigio de su propio naufragio, conduce la acción hasta un desenlace que se ubica en un punto indefinible entre la epopeya individual y la tragedia doméstica. En ellos se pone de relieve la necesidad de abrirse paso en la vida, sacando del camino a ese otro que —encarnado en la figura de una hermana o un perdido amor de juventud— resulta ser, al término del relato, el personaje mismo, sus propios miedos: “Una vez ya imaginé un momento así, aunque hoy sucede de otra manera. Es él quien sostiene el arma, y yo, inmerso en la victoria de mi derrota, espero con fervor mi libertad.” (p. 32)

En la casi totalidad de estos cuentos, Emiro Santos privilegia la narración en primera persona y el soliloquio, pues sólo en muy contados momentos del libro recurre al diálogo. Lejos de ser gratuita, esta reducción es producto del propio delirio de unos personajes que edifican para sí, con sus reflexiones, un castillo de naipes susceptible de desbaratarse con cualquier palabra pronunciada: “Esta noche he escuchado de nuevo la música y la música me ha hablado, como siempre, de otros ecos, de otros silencios, de una flor en una esquina, de las manos de una mujer (dulce reliquia de mi soledad) tocando el piano más allá del mundo.” (p. 78, 79)

En “Las prisiones ocultas”, el soliloquio pisa por momentos los terrenos del monólogo interior y lo que de concertado desorden tienen el delirio de un loco y su decir poético: “Acabo de pensarlo, cuando la niebla cubre de maleza los espacios. Algo que sucede aquí a menudo. De repente, la voz de Diana me dice sí, y el capricho de la música se estremece sobre las puertas. Todo es como el viento que devuelve las hojas, como la lluvia en las acequias. La vida que resta es, pues, una quimera más dolorosa que la pesadilla. Soy, al mismo tiempo, un joven y un niño que espera tras la ventana.” (p. 59)

En “Los últimos crónidas”, se hace un sutil homenaje a Borges. Ahora que ando lejos de ese singular maestro, que circulo y me alucino con otras lecturas, este relato de Santos me ha devuelto a él. Está entretejido con la misma filigrana, atravesado por similar horror. Un horror íntimamente ligado a las palabras, a su precisión y a su ritmo, a la forma en que el narrador hábilmente las moldea para soplar después sobre ellas. Y si es cierto que uno entra a un libro como a un mundo desconocido, en el caso de Retorno a las catedrales ya desde altamar yo había recibido un viento de anticipación, pues conozco a su autor —cómo negarlo—, es joven y cultivado, y, créanme, pocas veces he visto a alguien capaz de escribir y hablar con la misma precisión.




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