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Un pueblo que vive con sed

San Jacinto, Bolívar, un pueblo donde las hamacas mecen los días mientras las manos de las artesanas se afanan por terminar sus encargos. Tierra de célebres compositores como Adolfo Pachecho e intérpretes como Andrés Landero, de importantes personajes como Los Gaiteros de San Jacinto con Toño Fernández, Juan “Chuchita” Fernández, José Lara y Manuel “Toño” García.

La guerrilla marcó este municipio en el corazón de los Montes de María para los años 90. Las historias todavía se recuerdan cuando se va la luz en el pueblo, y las palabras de los viejos saltan al fuego amarillo de las velas. El sanjacintero es tan alegre que reemplazó la sangre por las anécdotas del tacón que se le perdió a fulanita o el “suelazo” que se metió sutanito, en la correndilla de las tomas guerrilleras.

Hoy, en esta tierra cálida tanto por su gente como por su geografía, no hay más temor que el que llega con diciembre, enero y febrero con el cruel verano, porque en San Jacinto no hay agua potable.
Basta una nube negra en estos meses para que el pueblo se alce en oraciones por una gota de lluvia.
***
“Parece que va a llover” dice Mañe. “¡Cállate la boca que vas a espantar el agua!” le reprocha Joche, su hermanito menor.

Mañe, de 11 años, se asoma a la alberca de su casa. Es de tres metros de largo, 3 metros de ancho y en profundidad tiene unos tres metros. La contempla como si lo que viera fuese oro. El agua ya casi alcanza el fondo. Las mojarritas que atrapó el mes pasado para que se comieran a los gusarapos que pudieran nacer, recorren el tanque de un lado a otro como si les faltara el oxígeno. Se asustan con el reflejo del niño en el agua.

Mañe mira al cielo. Apenas están en enero. Dice su mamá que a finales de febrero lloverá. Tiene los pies “mojosos” como le llaman en esa tierra a los pies resecos. Con rabia se sienta en una de las sillas plásticas que hay en el quiosco de su casa. Parece que el plástico se pegara en sus muslos y de inmediato siente una incómoda humedad. Acomoda su pantaloneta para que la tela se interponga entre él y la silla.

“¡Maañe ve a buscar agua al cañito!” le grita su madre, que se seca el sudor de tres de la tarde de su frente con una  pequeña toalla. ‘Sabía yo’, piensa el pequeño.

Existe un arroyo seco cerca de la casa de Mañe. Ya no tiene tanta basura como antes. A lo largo del arroyo se ven varios agujeros. No se sabe quién lo hizo... pudo ser cualquiera. Hay pozos ahí, esperando a que excaven en sus entrañas si es necesario para que “llore”.

El niño piensa que si fuese época de lluvia, nadie podría pararse frente al pozo. Llueve tanto que hay creciente. “¡Hay creciente, vengan a ver!”, diría Camilo, quien vive a un costado del arroyo. Habría romería al lado del cañito, a eso de las cinco de la tarde, cuando por arte de magia, cesa la lluvia. Se respira el olor a tierra mojada, a tinto caliente y a pan de sal. El agua que recogen las calles del pueblo, corre hacia el arroyo y el nivel del agua sube. Se ven maderos, basura y hasta a los zapatos que algún niño pobre usará pronto. Dicen adiós. Le dicen adiós a Mañe.

Medio tanque cilíndrico sin fondo, inmerso hasta la mitad en la superficie seca de este arroyo lo espera. Es un pozo. Mañe lo contempla. Él aún está rabioso.

En invierno, el agua que cae de los techos de palma cuando llueve tiene un color dorado, pero sirve para lavar los platos, para bajar la cisterna y para trapear. También para regar las matas. En invierno también hay suficiente agua de tanque o “de alberca”. Mañe saborea en su cabeza el agua.

El zinc con el que techan las casas en San Jacinto, transporta la lluvia hasta las albercas o tanques de cementos dispuestos para funcionar como jarras gigantes. En San Jacinto hay techos de zinc y no de eternit por contener asbesto. (El asbesto o amianto, ya se ha prohibido en casi todos los países desarrollados por provocar cáncer con una elevada tasa de mortalidad). A San Jacinto no llegó el agua, pero llegó la noticia del asbesto.

Es doloroso para los sanjacinteros en época de invierno, ver cuánta agua se derrama, pues en verano, cada centímetro cúbico del líquido es necesario. Cuando llueve, para fortuna del niño, hay suficiente agua de tanque para beber y lo más importante, para bañarse todos los días, lo que reemplaza en verano, con agua de laguna.

A la laguna
Ya el sol dejó de quemar como brasas en la piel de Mañe. Ahora debe ir con su tío  Juan a la laguna Cataluña, a las afueras del pueblo. Las carretas que usan tienen dos llantas enormes y tablas en el centro para sostener lo que transportará. Como piezas de un rompecabezas, insertan una, tres y diez canecas. El ruido sordo de los recipientes vacíos cuando chocan, le avisan al niño cuando están a punto de salir. Van con los tenis más roídos que poseen. Juan está medio enfermo aún de Chikunguya, pero debe ir. Cada viaje de agua cuesta seis mil pesos. 600 pesos por caneca de 20 litros. ¿Por qué yo? Siempre yo? Dice Mañe. Ya es un ritual de iniciación a la hombría para los sanjacinteros. El pueblo vive con sed y los jóvenes adultos se encargan de suministrar el líquido a su casa.

Mañe cena y deja el vaso de guarapo de último, siempre de último. En verano, el agua del cuerpo se seca más rápido. El sudor corre a cada minuto y se mezcla con el polvo de la calle, que cubre todo bajo una apariencia de vejez. La madre del niño toma una totuma de agua de una pimpina traída de la laguna para lavar los platos, porque esa es menos salobre que la de pozo y hace espuma.

Recoge otro poco de una caneca con agua de pozo. Poco más de un litro. Esa es el agua con la que enjuagará los platos, porque esta sí es salada y corta el jabón.

Se lava las manos con cuidado, tomando la cantidad de jabón necesaria. Vierte agua hasta la mitad en una totuma pequeña. No la bota. La deja en el mismo recipiente para que su hermano, sus primos y sus tíos también se laven allí. La espuma se disuelve fácilmente y queda un líquido azul, estático.

La tarde cae. A eso de las 6 p.m. los niños en San Jacinto ya deben estar bañados y con ropa limpia. Cuando no llueve, Mañe solo se baña una vez. “Deja de ensuciar tanta ropa”, le dice su madre, que más bien con magia lava las prendas de toda la familia.

El niño rebusca entre sus cosas. Los suéteres están limpios, de un blanco impresionante, pero están arrebujados. El agua de pozo corta el jabón y deja las cosas ásperas, como condenadas a la rigurosidad del verano. En las ciudades, mínimo una persona gasta para ducharse, unos 30 litros de agua. Mañe debe bañarse con menos de medio baldecito de agua, lo que equivale a unos 8 litros. “Ayy ombe ese poquitooo de aguaaa! dice cuando su madre le muestra lo que dejó en el balde. “No hay agua Mañe, no hay agua”. “Cuando llueva me baño bien”, piensa el niño.

Todos los días, durante el verano, Mañe se lava las manos en el agua de laguna y se las enjuaga en el agua de pozo. Se baña con agua de tanque cuando puede mientras espera, todos los días de la misma forma, que del cielo llegue una gota de lluvia gruesa y fresca, que nuble el cielo y enfríe la tierra.
***
Han pasado los años y San Jacinto, Bolívar, grandioso e imponente en el corazón de los Montes de María, vive, pero muriendo de sed.

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Comentarios

POBRE TURBACO

Pobre Turbaco, que El Universal no lo menciona para nada, porque recientemente la Superservicios certificó a Turbaco en agua potable,, no se en que se basaron para tamaña estupidez, si el pueblo sufre por la precaria situación del acueducto (Acualco), en algunos sectores el agua dura hasta un mes, sí señores, un mes en llegar, los habitantes se han acostumbrado a almacenar agua en albercas y por eso no se quejan! El Universal: ayudenos a denunciar este Elefante blanco del acueducto de Turbaco!!

Buena nota.

Con dichos autóctonos de nuestra costa nos transportamos a la dura realidad de un pueblo que a la verdad es muy reconocido, pero que vive una odisea en esta época del año para encontrar apaciguar la falta del preciado liquido. ojala pronto vea la noticia donde se den las soluciones y todo sea para dar testimonios