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Un teatro símbolo del Caribe

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Si, como dice Castells, la identidad es la capacidad de reconocernos nosotros mismos, Cartagena tiene muchos motivos para que los colombianos nos podamos mirar en ella y reconocernos como parte de una misma nación.

En los tiempos ya remotos de la Colonia, la ciudad fue el punto de referencia del  Caribe, el gran Caribe donde comenzó todo: el descubrimiento, la conquista, la independencia, todo, absolutamente todo. Su importancia  fue evidente a pesar de que, como ha sostenido el historiador  Alfonso Múnera, Bogotá siempre ha considerado  que su límite marítimo no es su propia costa sino  el océano Atlántico que la comunica con  Cádiz, Liverpool y Le Havre.

Este permanente desencuentro entre las visiones Caribe y  andina del país se reiteraría durante la presidencia del gran cartagenero  Rafael Núñez  quien en alguna ocasión tuvo que viajar  hasta Honda y cruzar el puente para firmar en territorio cundinamarqués el decreto que permitiría reemplazar a un molesto vicepresidente quien había convencido, ladinamente, al Congreso de que negara cualquier validez a los decretos presidenciales que no fueran firmados en el territorio soberano de  Cundinamarca; Núñez, por supuesto, firmó, se comió un buen pescado de rio y volvió a su refugio del Cabrero sin inmutarse.

Este contagio de la magia cultural del Corralito de Piedra que nos pintó de manera amena Eduardo Lemaitre lo volví a sentir cuando hace poco, en desarrollo de un trabajo para mi maestría de historia en la Universidad de los Andes, encontré un librito maravilloso de doña Soledad Acosta de Samper – la otra gran Soledad del siglo XIX, la Soledad cachaca  – sobre historias de piratas en Cartagena que escribió aquí mismo mientras don José María Samper, su esposo,  le daba los toques finales a la Constitución de 1886 con el doctor Núñez. 

El Caribe volvería a estar de moda como referente y Cartagena como epicentro de esa referencia, cuando se produjo el proceso de re costeñización de la cultura nacional y el país se dio cuenta, oh sorpresa,  que Gabriel García Márquez era  Caribe, que los maestros Obregón y Grau  eran  caribes, que las canciones vallenatas de López Michelsen eran caribes y que uno de los empresarios más importantes del país, recién fallecido,  Caribe como pocos, Julio Mario Santo domingo, podía construir en Bogotá el teatro más moderno de América Latina.

La  Cartagena de hoy  se está convirtiendo en una de las ciudades más cultas del mundo al servir de escenario de acontecimientos sobre la lengua castellana, el festival de las artes,  la música clásica, el cine, los avances científicos, la protección del medio ambiente y la reflexión de los historiadores de ayer sobre lo que puede ocurrir mañana.

(...) Me perdonarán este larguísimo prólogo para poder decir que este Teatro, en medio de estas referencias, no es un “teatro más”: es el teatro símbolo de lo que ha sido a lo largo de estos cien años, el Caribe colombiano para nuestra cultura.

(...) El redescubrimiento de la Batería del  Ángel de San Rafael,  en Bocachica; el mejoramiento del entorno del Castillo de San Felipe; la recuperación de los principales parques y plazas del casco colonial; la construcción del Centro Cultural de las Palmeras y la realización de los festivales de bandas y de música del Caribe son algunas de las tareas que nos propusimos y llevamos adelante.

Entre todas ellas, ninguna  más grata que la recuperación del Teatro que hoy nos acoge a la cual  consagré  momentos de los cuales guardo deliciosos recuerdos;  no hubo viaje ni ocasión en Cartagena que no aprovechara para darme una vueltica por  el teatro mientras mi marido se dedicaba a tareas de gobierno que, les puedo asegurar, eran mucho menos gratas que las mías. Con Alberto Samudio y su maravilloso equipo de diseño y construcción, encabezado por la arquitecta residente Deayne Nieves vimos nacer y desarrollarse, saliendo de las manos mágicas del maestro Grau, la pintura del techo que ustedes hoy contemplan, llena de colores y musas de las artes, figuras mágicas que flotan en la misma atmósfera donde ya había flotado Remedios  la Bella; conseguir la iluminación y la acústica adecuadas fue toda una faena; para no hablar de las sillas, donde ustedes están sentados, compradas en la demolición de un viejo teatro español, que no pudieron llegar para la inauguración a la cual, se los confieso con  alguna frustración, yo hubiera querido traer un gran festival del bolero que es, a mi juicio y en ello creo que coincidirán Juan Gossain y Carmencita de Rizo conmigo, la “música clásica” del alma  caribeña.

(...)Pero no solo estamos aquí para hablar del pasado; se trata también de dialogar  sobre lo que viene y lo que viene depende también de ustedes. El teatro no puede seguir viviendo, como el Coronel Aureliano Buendía, esperando la carta salvadora que no llega: necesita que lo apoyemos; los invito a hacerlo y acompañar a la Chica Morales en esa difícil pero no imposible tarea. El teatro no sobrevivirá comiéndose sus recuerdos. Propongo la creación de una Asociación de Amigos del Teatro Heredia para que este esfuerzo sea el resultado de un compromiso solidario y colectivo.



(...) En el reciente Foro de Biarritz, celebrado en la ciudad de Santo Domingo, se habló,  de la alegría como el mayor aporte cultural del Caribe a la historia; también se dijo que esa alegría no consistía en vivir despreocupadamente la vida sino en la capacidad de hacer todas las cosas de la vida alegremente, empezando por las más serias. Una lección de alegría y seriedad que los invito a seguir para continuar sosteniendo este sueño despierto que es nuestro Teatro Adolfo Mejía. 

     

__________________

Apartes  de las palabras de Jacquin Strouss de Samper en el centenario del Teatro Adolfo Mejía.

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