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Una ciudad gemela en Brasil

Desde que uno llega al aeropuerto de Sao Paulo empiezan a aparecer los dobles de Cartagena de Indias. La manera teatral de moverse en el paisaje.

Y de reaccionar a los pequeños desastres.  Y de hablar a gritos. Y de reírse. Porque la gente anda riéndose en todo momento. La felicidad del pobre es subversiva en Cartagena de Indias y en Brasil. La gente se ríe porque todo anda mal y funciona a medias como ese enorme metro inconcluso desde hace quince años que atraviesa Salvador de Bahía. ¡Qué vergüenza! Como el Transcaribe de Cartagena. Hay esplendor y pobreza en los rincones inesperados de Brasil. Y en los lugares más sofisticados.  Pero Cartagena de Indias le aventaja a Brasil en mantenimiento de su patrimonio arquitectónico, pero Brasil nos aventaja en proyectos de política pública. No poseemos como en Brasil, una Laguna Encantada en homenaje a los ancestros africanos y un cementerio de africanos. Me impresionó descubrir la veneración de los niños hacia los viejos guardianes de la cultura africana.

En la plaza adoquinada de Cachoeira vi pasar dobles cartageneros mujeres y hombres descendientes del mayor tráfico portugués de africanos esclavizados, diosas bantúes y angolanas que caminan a ritmo de samba, mientras las negras cartageneras, descendientes también del mayor tráfico español de africanos esclavizados en la plaza de Cartagena de Indias, se hamaquean a ritmo de palmera. Muchos de esos africanos pasaron de Cachoeira a Cartagena de Indias, en ese peregrinaje forzado e indignante, y sus manos construyeron muchas de las grandes maravillas de las que hoy se ufanan los viajeros europeos cuando caminan por las murallas cartageneras o las plazas de Cachoeira. El poeta de Sao Paulo José Geraldo Neres me regañó porque hablé de mulatos y mulatas en el atardecer de nuestro arribo a Cachoeira. Y me dijo que era una expresión del traficante portugués  de africanos que remataba a sus africanos esclavizados como si fueran una recua de bestias. Le expliqué al poeta que en Colombia la expresión “mulataje” era utilizada sin esas connotaciones por especialistas afrodescendientes. Cada vez que se me ocurría aludir a los mulatos o mulatas, prefería llamarlas “deidades africanas” o “diosas de ébano”. Y el poeta se reía: “Diosas de ébano”, repetía en español. No hubo ningún tropiezo a lo largo del viaje con el portugués, porque decidimos hablar en “porteñol”, para que nos entendieran en todas partes. Y los brasileros nos pedían que habláramos lento para comprendernos. Pero el lenguaje no impidió gozar de la aventura de un festival poético de Carurú de 7 poetas en la  plaza de Cachoeira, al son de la samba, la risa de los niños, y el manjar de la comida ceremonial a los dioses africanos.

El poeta Damario Dacruz me dijo en 2005 cuando vino a Cartagena de Indias que deseaba que yo viniera a Brasil. “Te quedarás en mi casa”. Su casa es una bella casa restaurada frente a la Plaza de la Proclamación de la Independencia en Cachoeira, en donde se gestó la Independencia de Brasil, al igual que en la Plaza de la Trinidad, en Getsemaní. Eso fue lo que hice en esta oportunidad en este septiembre de 2011.

Con una enorme tristeza y con la convicción de cumplir una promesa, porque mi amigo poeta Damario se me adelantó en el viaje y se le dio por morirse el día de mi cumpleaños. Y sus libros y sus cartas me llegaron después, aún con el perfume de su pulso y su alma, después de su partida. Su casa es el centro cultural Pouzo da Palabra, con un café y un ámbito de exposiciones, con un patio en la que crecen las enredaderas y las heliconias. Allí fui a llevarle mis pinturas y a dejar mis colores sobre nueve banquitos del café, como un homenaje a su amistad. Su  hijo espiritual, el joven poeta Joao de Moraes, hizo posible mi presencia en Brasil,  gracias al apoyo del Banco de Nordeste, de la Secretaria y el Fondo de Cultura del Departamento de Bahia, y Secretaria de Fazanda da Bahia, que respaldaron el festival poético. Sentí en todo momento la presencia del poeta Damario al llegar a su casa: su inmensa biblioteca, su piano aún con la sombra de sus dedos, la botella de vino recién descorchada, los lienzos enguacalados para una próxima exposición, la música seleccionada, la hamaca frente al sigilo del patio, la colección de artesanías, tallas y pinturas de artistas brasileños.

Le pedí a una joven brasileña, a Aline Cavalcante, estudiante de periodismo, que me describiera con sus propias palabras la belleza detenida en el tiempo de Cachoeira y ella me dijo de entrada que el lugar que le parecía más bello era mirar la ciudad desde la otra orilla en San Felix. El espectáculo del río Paraguaçu es imponente con su puente inglés envejecido por el tiempo. Uno cruza las calles de Cachoeira y en algunas de ellas pasa y se presiente la presencia del río.

Aline me dijo algo que pudiera decir una joven cartagenera: Recorrer las calles del centro amurallado de Cartagena es cruzar el siglo XVII.

“Los colores en las paredes de las casas antiguas y calles empedradas, nos convierte en nuestro caminar en el pasado sin dejar el presente. Estas mismas rocas y los muros han sido testigos del heroísmo de esta pequeña ciudad con motivo de la Independencia de Brasil. Sus laderas no tomar sólo arriba o hacia abajo ... Estos son los caminos que la historia, amargo o dulce, pasó”.

Pero la mirada de Aline va más allá del paisaje emocional y me cuenta que “En el camino por las laderas del valle, de la ciudad de Muritiba, hay curvas sinuosas, donde se puede ver el valle de Paraguaçu desde una sola perspectiva”, me escribió más tarde.

“Mientras que el río Paraguaçu corre por el valle, desde la presa de caballo de piedra en la distancia. En ella, una pequeña isla llena de cocoteros de repente se muestra en un verde exuberante. Más tarde, el puente D. Pedro II, todas hechas de metal, conecta las ciudades de Cachoeira y San Félix por más de 200 años. Cachoeirano se puede reconocer en esos dos ámbitos, en sus iglesias, casonas, algunas tiendas y puntos de venta de la ciudad, ese mercado que crece en las curvas de las colinas. A un lado de San Félix, la cruz en una colina aparece de una manera grande, simbólico, y por debajo de las coloridas casas ocupan la colina difusión en un triángulo de color enorme, la colina de la Misericordia”.

Fuimos con el poeta Joao de Moraes y Pedro Blas a  la casa de la sacerdotisa de los orishas Madalena, un templo del Candomblé, y ella nos pidió que nos quitáramos los zapatos para entrar a su reino. El templo tiene una mitad en tierra firme, igual a la tierra pisada y anaranjada de la casa de mis abuelos en Sahagún. Las hojas que Madalena escogió para bendecirnos eran las Espadas de San Jorge y las Espadas de Ogún, que entre nosotros, es la planta común mal nombrada Lengua de suegra, sembradas en las puertas de las casas de Brasil para espantar los malos espíritus y alejar el mal de ojo. Toda creencia mítico religiosa es respetable en ese Caribe diverso y misterioso que somos, siempre en la búsqueda de una deidad superior que cuide de los pasos y las vidas de cada uno. Si el Dios y el Jesús hebreo de los cristianos se ha  mantenido a lo largo de dos milenios, también es respetable la suma compleja de creencias africanas y el sincretismo religioso del Caribe. Brasil es el otro infinito Caribe que floreció en medio de la selva, y enriquece el otro Caribe oceánico e isleño, anglófono, francófono, hispánico y portugués.

Me impactó ver bailar a tanta gente en la Casa de la Samba, el día en que D. Dalva Damiana de Freitas, cumplió sus 84 años. Al entrar, nos recibieron con cerveza y un plato de Carurú. Escuché cantar a Malú Soares algunas canciones de Clara Nunes que  había disfrutado en Cartagena de Indias.  Volví a probar la invisible batata de la infancia en Brasil, y el casabe rallado que entre ellos, es la mandioca rallada sobre arroz o fríjoles. La vieja costumbre de comer una frijolada los domingos es común en Brasil. En la noche ceremonial de los orishas, todos bailan  la samba: niños y niñas, jóvenes y viejos. En Brasil nadie envejece porque el alma siempre está danzando. D. Dalva Damiana me abrazó al salir de su casa. Me bendijo con el doble beso en las mejillas. Prometí volver. La samba, queridos ciudadanos de Cachoeira, no se irá de mi corazón.

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Comentarios

Lo felicito por el articulo,

Lo felicito por el articulo, yo no vería Sao Paulo como una ciudad gemela con Cartagena, son contrastes diferentes, hay un pedazo de esta ciudad que se respira como Cartagena, pero si se acerca a Rio, va a ser mas gemela, pero una perfecta gemela es la ciudad de Salvador (Bahia) al nordeste de Brazil en ese gran porcentaje de pueblo "mulato", en la predominancia de comida africana con mesas de fritos, las Bahianas parecidas a las palenqueras, la arquitectura colonial

), un sector de murallas, la

), un sector de murallas, la gente mas expontanea y que mas rie en Brazil, fue capital en epoca colonial, puerto y ciudad de esclavos, baluarte de la independencia colonial, te ataques de barcos, la musica con mucha percusion y tambores, un tercio de la población vive en barrios pobres donde existen serios

problemas de saneamiento y

problemas de saneamiento y suministro de agua, bellas playas, su clima tropical, la variedad de frutas, los palos de coco es el segundo destino turistico despues de Rio, y su carnaval de barrio como se ve en Getsemani un saludo , eu sou baiano do coração , a gente se fala