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Una plaza de papel

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Yo no me trago el cuento de que aquí estamos en 0% de analfabetismo. Este año es mi vigésimo segundo aniversario en la docencia.

Estaba en el último tramo de carrera en la UNAM y alguien me dijo que necesitaban un profesor de cine en un tecnológico. Me asignaron cursos sobre historia del cine y, afortunadamente, tuve buenos profesores en la materia. Tomé la decisión de dar una clase tal y como me gustaban. Con mente clara en el tema; con preguntas que, si no se pueden contestar, mejor; con ejemplos próximos y locales; y, con autores de referencia. Esto último resulta crucial, porque, una materia con todas sus clases jamás es suficiente. De hecho, en docencia, nunca nada es suficiente. Todo es provisional. De manera, pues, que lo fundamental es que la gente busque la información que le interesa por iniciativa propia. Mejor, dicho, una persona educada tiene autonomía intelectual. Cuando uno, por ejemplo, está desarrollando un proyecto de investigación es cuando más lee, porque uno va detrás de algo.

Cuando comencé a investigar de manera profesional y comencé a trabajar con ayuda de estudiantes, fui testigo privilegiado de su maduración académica. En un proyecto que uno esté dirigiendo, los estudiantes sacan toda la fuerza intelectual desperdiciada y crecen rápido, formulan preguntas muy interesantes, se apasionan por el conocimiento, proponen caminos, se llenan de confianza en sí mismos y quieren crecer más. Investigar, pues, es una forma muy efectiva de docencia donde aprender se aprende buscando; con ayuda de conocimiento disciplinar, con método, con recursividad, con debate. Lamentablemente, las condiciones y la vida misma en Cartagena, son obstáculos para que los niños y los jóvenes aprendan a buscar y a leer; es decir, los entornos los forman a uno. La ignorancia en Cartagena es mucha y en esa lista me incluyo de primero, porque he tenido oportunidad de compararme y compararnos con otros horizontes y el atraso, el desconocimiento, la falta de criterios es cada vez  más grande y abismal. Francamente, de todo lo que está pasando, es lo que más miedo me da. Cuando digo “todo lo que está pasando” me refiero a la pérdida generalizada de referentes, de prioridades, de proyectos e, incluso, de futuro en especial en los sectores sociales más golpeados. Hoy saber leer contenidos resulta más medular que nunca antes porque, en gran medida, la vida depende de eso. Antes, unos cuarenta o cincuenta años atrás, la gente podía ser analfabeta, pero no ignorante. Había solidaridad, había un saber colectivo, una cultura cotidiana que congregaba a los barrios. Hoy, cuando leemos el periodismo de judiciales y los hechos de sangre, nos congrega el miedo. Es por eso que llegó la hora de leer La Plaza. La idea es congregarnos alrededor del arte y la cultura, elementos que desde siempre han estado con nosotros, pero, vienen desapareciendo.

Cuando se supo de derechos, revoluciones, libertades e independencias desde el siglo XVIII, las gentes de los sectores populares buscaron todas las formas de acceder a la educación y mejorar su condición social y económica. Por muy precaria que fuera la vida, la gente siempre valoró el prestigio del conocimiento y las transformaciones que venían con él. Y ese es el espíritu del periódico cultural La Plaza, pues, se ofrece la pluma y el pensamiento de autores locales que tiran una línea de gran calidad. Esta iniciativa es un acto de confianza en sus lectores. A mí siempre me ha llamado la atención cómo los periódicos populares como El Teso, Q’hubo o Al Día pusieron a leer a la gente. Mi apuesta es que la aparición de estos periódicos probó nuestra capacidad colectiva de lectura rutinaria. De manera que Eduardo García Martínez, director de La Plaza, se planteó el desafío de ofrecer otro contenido resucitando un periódico desaparecido hace catorce años. Este número lo dedicó al arquitecto cartagenero Augusto Martínez Segrera, “el hombre que lo sabía casi todo”. Artista, restaurador de monumentos, chef, navegante, practicante del Zen y profesor. Se trató de un hombre con una capacidad creativa de límites insospechados y que es referente necesario para esta sociedad. Las plazas en Cartagena, están en el Centro histórico. Nosotros tenemos muy pocas o ninguna, lo que es síntoma de nuestro extravío. Menos mal que Eduardo García nos inventó una plaza de papel. A finales de abril, la pueden consultar en: laplazaculturaurbana.com



ricardo_chica@hotmail.com

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