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Uriel Cassiani Pérez: La sagrada promesa del poeta

La poesía es una promesa que el poeta, guardián de la palabra, siempre intenta defender.

En eso se le va el oficio, esa entrega con la que se dedica a hilvanar todos los fragmentos de vida que llamamos versos. La labor del poeta es el producto de esa terca lucha con las palabras, una disputa de la que siempre pretende salir enarbolando como estandarte de vencedor esa promesa que es la poesía, una materia tan inasible, sepultada, en muchas ocasiones, en las profundidades del recuerdo y de los tiempos.

De alguna intrincada manera, la promesa de la poesía se manifiesta en el libro de Uriel Cassiani Pérez titulado “Alguna vez fuimos árboles o pájaros o sombras”. Es este compendio de treinta y dos poemas el estandarte que el poeta enarbola después de la lucha que le ha permitido arrancar los versos vitales al “humo espeso” de los recuerdos, al “orden secreto” del tiempo y a esa “otra tempestad” que azota en lo más profundo del alma cuando nos atrevemos a rebuscar entre los rincones de la memoria.

Los versos de este libro discurren como testimonios de una búsqueda en la que la voz poética se adentra en esos espacios vitales de todo ser humano. Espacios que son revisados con el ojo agudo de quien siente la necesidad de desmitificar, de reconstruir con una mirada distinta, y tal vez opuesta, esos lugares de la casa y el espíritu que otros discursantes han considerado sagrados por el simple hecho de ser materia de la poesía. Es así como el discurso poético que encontramos en “Alguna vez fuimos árboles, o pájaros o sombras” nos habla de un patio que se desintegra, presentándolo como un lugar del que se rehuye y al cual sólo se vuelve (si se hace) para reencontrarnos con los destrozos que en él, han provocado las invencibles armas del tiempo y la derrota. Además del “pequeño naranjo derribado”, este hablante lírico rebusca en ese patio de la memoria para encontrarse los sortilegios del santiguador que con sus manos intenta redimir no solo la salud quebrantada, sino también los inventarios necesarios y todos aquellos rastros de la naturaleza que se empecina en no abandonar al hombre.

Una voz lírica atraviesa las páginas de este libro interpretando con la debida entonación del canto, los presagios ocultos en la lluvia, los designios que se adivinan en el humo, las maldiciones conjuradas en la luna del espejo, los contradictorios humores del padre y el quebrantado valor de la madre que protege el alma de sus hijos. Esta voz se levanta para entonar con la debida fortaleza una verdad que a todos los hombres nos compete; una verdad que nos recalca la deuda ineludible que tenemos con el pasado, ese tiempo del cual nos creemos liberados pero que por el contrario “en algún lugar nos espera”.

La misma voz de tono preciso asume la responsabilidad de la crónica en la parte final del libro. En estos últimos textos, el poeta retrata la angustia del ídolo venido a menos, la búsqueda del honor que es preciso arrancarle a la vida así sea a tarascasos,  la gloria que el boxeador se granjea gracias a la rapidez y la fuerza de sus puños. En esta parte, el canto es entonado para rendir tributo a los hombres que una y otra vez suben al tinglado para batirse en busca de la gloria que solo “dura lo que un relámpago”. Esta voz poética se constituye en medio para que la misma sombra se compadezca, comentando los duros golpes que la vida le asesta al boxeador durante el tortuoso recorrido de un camino en el cual el único aliciente que este hombre tiene son “sus sueños de gloria”.

Es este libro un espacio en el que el lenguaje se construye sin pretensiones ni artilugios retóricos. La voz lírica que lo recorre se solaza con la precisión de versos tales como “La lluvia:/algo no revelado surge de ella/y vuelve a borrarse cuando escampa.”, “…la tierna herida/por donde permitías asomarme a la gloria.” o “el tiempo vuela en círculos.”. En estas líneas como en muchas otras de las que inundan el poemario, se evidencia el empleo categórico de la palabra, el uso pulido de los verbos y los sustantivos que nombran y determinan las acciones de sentido con los que el poeta revela las circunstancias y los diálogos que precisa.

En los poemas de “Alguna vez fuimos árboles o pájaros o sombras”, el lector, seguro, encontrará las resonancias de un canto limpio y equilibrado con el cual el autor comienza a construir esa promesa que está llamado a defender.

                                             

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Jesús David Buelvas Pedroza, nació en Ovejas, Sucre, el 15 de julio de 1973. Desde hace diez años vive en Cartagena, donde trabaja como docente y se dedica a participar en talleres literarios y a escribir. Tiene inéditos “Los anuncios de Cualquier Soledad” (poesía), “Parábola del Vacío” (Poesía) y “Cualquier lunes en esta ciudad” (novela).

 

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