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Vargas Llosa: treinta años de espera

Pocos meses antes de que la Academia Sueca de la Lengua le concediera a Gabriel García Márquez el Nobel de Literatura, el novelista colombiano escribió para el diario bogotano El Espectador cuatro columnas tituladas “El fantasma del Premio Nobel”.

En ellas, el escritor intentaba descifrar el misterio que encierra el galardón, y recordaba cómo algunos grandes novelistas habían muerto sin recibirlo mientras que otros lo recibían para morir poco después.
Quizá los únicos que sepan las razones verdaderas por las que se le concede el premio a un escritor y no a otro, sean los secretarios de la Academia. Lo que no se entiende es por qué grandes maestros de las letras universales, más grandes que el mismo Nobel, se hayan muerto sin recibirlo. Nadie entiende que Kafka, Joyce, Tolstoi, Borges y Cortázar, entre otros, hayan partido de este mundo sin ser incluido en la lista de los galardonados. Nadie entiende tampoco que Gabriela Mistral, José Echegaray y Camilo José Cela lo hayan obtenido con obras tan mediocres.
El mismo García Márquez nos recordaba la angustia que, año tras año, estos señores sometían a Borges. La misma que soportaría él durante cada octubre porque las apuestas entre los especialistas lo daban por seguro ganador. Vargas Llosa, en una rueda de prensa en Nueva York, poco después del anuncio del galardón, se mostró sorprendido de que se lo hubieran dado, no porque no lo merecía, sino porque hacía un par de décadas se había preparado para ser un eterno candidato, como lo fue el maestro argentino. Si había un escritor en lengua española y en cualquier otra que lo merecía, ese era Mario Vargas Llosa. Un escritor que ha influido en varias nuevas generaciones de novelistas, y que es punto de referencia cada vez que se habla del “Boom”, resultaba paradójico que otras figuras de menor envergadura, sin la grandeza de su obra ni la finura de la misma, lo hayan recibido a lo largo de los últimos veinte años.
Si miramos con lupa la lista de los galardonados en las últimas dos décadas, ninguna posee la sombra gigantesca del peruano, ni lo amplio de su obra. Por eso resulta incomprensible que figuras como Herta Muller, Doris Lessing, Wislawa Szymborska o Harold Pinter, entre otros, hayan saltado por encima de Varga Llosa. La pregunta que sigue rondando en la cabeza de los apostadores y especialistas en literatura, es si este premio --en particular-- tiene como propósito premiar una obra o una posición política.
Podría pensarse que sí, que detrás del galardón está la sombra agazapada de los que miran en blanco y negro. Sin embargo, la respuesta, como expresó el novelista peruano en la rueda de prensa, sólo la pueden responder los secretarios de la Academia Sueca de la Lengua. Lo demás, podríamos decir, son meras especulaciones para entretener curiosos.
Lo cierto de todo esto es que éste año, el codiciado premio cayó sobre una obra monumental, sobre un escritor enorme, un alumno aventajado de Cervantes, Flaubert, Víctor Hugo, Joyce, Tolstoi, Kafka y otros grandes maestros de las letras universales que escribieron con sangre para descubrir que la sangre es espíritu. Ojalá este no sea sólo uno de los pocos aciertos de los suecos. Ojalá sea uno de muchos que vengan en los próximos años. Ojalá Sábato y Fuentes no se mueran antes de que el comité del Nobel se dé cuenta de que sus obras hablan por sí mismas, y que, desde hace muchos años, suenan fuerte sin que los académicos escuchen la melodía que emerge desde las profundidades de la historia.

* Joaquín Robles Zabala es profesor de comunicación y literatura de la Universidad Tecnológica de Bolívar.

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