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Velitas jíbaras

1974. Aún estaba oscuro cuando mamá me despertó. Todo estaba iluminado, pero estaba apagado el foco amarillo de la sala.

Fue entonces cuando me percaté del brillo de las velitas entrando por cada rincón, por cada rendija, por cada resquicio de la casa. Velitas en interminables hileras de lado a lado en la calle de Las Américas, en El Bosque. La idea de pinos verdes en fin de año era muy remota. Si acaso los veíamos en el cine y sabíamos muy bien la diferencia entre la Navidad del norte y la nuestra. La de ellos con nieve y la nuestra con brisa y mar.
Así que el arbolito de la casa venía de los montes. “De La Popa”, me contestó la tía Julia un día que le pregunté, mientras notaba los primeros claros en medio del follaje del cerro. Mamá se inventaba una nieve de algodón y pegamento. No nos atrevíamos a tocar los adornitos, celosamente guardados en un lugar misterioso durante todo el año, porque, si los tocábamos se partían. Nos cortábamos. Adornitos de vidrio y de cristal que explotaban con la luz de las velitas de aquella madrugada. El arbolito alzaba sus ramas hacia el techo de zinc, como un bebé implorando que lo carguen. Una estrella de papel brillante lo coronaba. Una estrella que, desde siempre, me pareció un barrilete reciclado de agosto. Junto al arbolito, hacíamos una Popa en miniatura, esa era nuestra idea de pesebre: hacer uno igual al que veíamos desde la casa de la abuela. Y hasta más: porque siempre le hacíamos un muelle igual que el mercado de Getsemaní, allá donde el tío Pello tenía un puesto de cocos que llegaban en goletas desde las islas. Las velitas de aquel ocho de diciembre, eran alba antes que sol dentro de la casa.
Me asomé a la terraza. Había bruma, había esperma, había brisa que venía de la bahía. Había señoras en sombras sentadas en mecedoras en las terrazas. Había anafes, calderos, fogones y fritos. Había esquinas con hombres, ron y palabras. Había niñas y niños por todas partes, caminando en grupitos por los costados. Había música. “Se soltaron los caballos” grita Héctor Lavoe en la canción Asalto de Navidad, grabada en 1971 junto con Willie Colón. Al grito de Héctor se despacha Yomo Toro con las cuerdas medievales en una sección jíbara inolvidable. Aquella mañana, en casa de Mañe y Marcela, se celebraba a los recién llegados de Caracas con una radiola que ellos mismos habían traído. Era una casa de tablas pintada de rosado y parecía trasplantada del barrio Torices, en virtud de su estilo arquitectónico republicano – popular. Vibraban los techos de zinc, al son de Canto a Borinquen que, si no me equivoco, fue grabada en el mismo año que Asalto.

Otra vez aparecía el trombón de Willie, cual ráfaga de brisa sobre las velitas. A lo lejos, desde la esquina de la tienda “Puerto Rico”, la calle de Las Américas brillaba en clave Morse. Corríamos a encender las candelas apagadas. Era la nuestra una calle luz. Aquella madrugada, ví a Sarita la monteriana, contar en el patio una a una las hojas de bijao destinadas a envolver los suculentos pasteles de pollo con cerdo que vendía a partir de la fecha. Entonces amaneció, me mandaron a bañar en el patio y salimos al mercado de Getsemaní en un bus de palo. Eran buses cortos y gordos. Las bancas eran de tres puestos y el chofer sabía, casi siempre, quien se quedaba en cada esquina. Eran buses de colores, que zumbaban con la brisa que entraba por el parabrisas, en viaje directo hasta el Camellón de los Mártires. Había en Cartagena vida de muelle, había contacto con el resto del mundo a través del mar, a través del agua. La Navidad tenía una fuerte vocación caribe y era gracias a eso.
2009. Creo que tenemos que recuperar la calle, así sea a punta de velitas, por una sencilla razón: la ciudad es nuestra y las playas, también. De otra parte, vale la pena ver una versión de “Asalto de Navidad” en 1973 en: http://www.youtube.com/watch?v=znShbTeLi6s&feature=related y de “Canto a Borinquen” en: http://www.youtube.com/watch?v=iRB0_mNnbl8&feature=related. Feliz día de las velitas.

ricardo_chica@hotmail.com

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