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Wallis, guardiana de los delfines

Wallis Muñoz siempre tuvo una atracción por el mar, así que un día sin pensarlo, hace 28 años, se mudó a la isla San Martín de Pajarales para cuidar delfines.
No tenía idea de lo que haría, su profesión en ese entonces era asesora turística de una agencia de viajes, pero la propuesta del fundador del Oceanario Islas del Rosario, Rafael Vieira, le dio el ímpetu necesario para dejar atrás su vida en tierra firme.

“Eso era lo que yo quería, rodearme de agua completamente, de esa belleza salvaje del mar”, argumenta esta cartagenera de sonrisa perpetua y personalidad vibrante.

Todo estaba predestinado, que faltara un guía de las islas ese día, que ella estuviera en la agencia a esa hora y que tuviera ropa de playa en su bolso, no era una casualidad.

Después de ese día no volvió a pisar la oficina, se dedicó a llevar a los turistas a las islas y a “convencer” a Rafa que ella pertenecía a ese lugar.

“Terminé trabajando en la parte turística de las islas, que en esa época era muy poca y escasa. Vendrían cuatro o cinco lanchas máximo a las islas, y bueno, conocí a Rafael Vieira. Siempre le decía jugando: ‘Rafa yo quiero vivir aquí. Por qué no me pones a barrer unas hojitas de mangle”. A él le daba risa”, dice mientras ríe.
Un año más tarde llegaría la invitación que cambió su historia y gracias a la cual aprendió el oficio de su vida.

De esa relación de trabajo con Rafa surgió una amistad que todavía se mantiene, por mucho tiempo han sido cómplices de un proyecto que se ha convertido en la pasión de él, como artífice de un sueño ecológico, y de ella, como la guardiana de los delfines.

Los delfines y Wallis
Tursi (uno de los primeros delfines del oceanario) rodea a Wallis con cuidado cuando ella está en el agua. Existe una conexión inexplicable entre los dos que se forja cada día entre el alba y el ocaso.

“Siempre me siento como si acabara de llegar. Con 28 años aquí y todavía se siente como el primer día. Cada día es diferente porque con los delfines no hay pasos a seguir, siempre se aprende algo nuevo y es una investigación sin fin. A veces te dejan frustrada por su comportamiento, pero también feliz de saber que el aprendizaje continúa”. 

No hay un día parecido al otro cuando se trata de delfines. La curiosidad, autonomía e inteligencia solo es comparable a la humana, y Wallis los ha dejado a su libre albedrío.

Su papel ha sido más cercano al de una madre que cuida y protege, que al de una entrenadora. Ella está consciente que los delfines tienen capacidades excepcionales e impredecibles.

“Una vez, antes de la presentación, Tursi llegó a mí con un caballito de mar en su boca. Lo mantuvo vivo con un poquito de agua y me lo dio de regalo, fue maravilloso. Los delfines son animales muy especiales”.

Alguna vez tuvo dos delfines, Nacho y Maggi, que decidieron partir. No fue fácil, pero ese fue el camino que eligieron.

“El macho no quería que lo entrenara. Se daba conmigo, pero se cerraba en los entrenamientos. Así que los dejamos libres y un día se fueron a mar abierto”, dice con algo de nostalgia por ellos.

Es que su espíritu conservacionista es inevitable, trabaja cada día con la idea de enseñar a los visitantes del oceanario a cuidar la naturaleza y proteger los ecosistemas.

Su familia y el mar
Gabriel Omar, su hijo, creció en el mar. Durante 11 años vivió y estudió en la isla, en comunión con la naturaleza.

Wallis y su esposo, quien también trabaja en el ocenario, hicieron de su niñez una experiencia única. Fue educado en el islote que está al lado de San Martín, era un colegio marino que fue construido para los hijos de los trabajadores del oceanario, y que funcionaba gracias a una maestra que venía desde Isla Grande a darles las lecciones diarias.

Gabriel compartió con sus padres lo majestuoso de la vida en el mar, de su calma y silencios, y del bullicio de quienes lo habitan. 

“Gabriel podía pasar 6 horas mirando a los animalitos en el mar, le encanta estar aquí”, comenta Wallis.

Cuando Gabriel creció, Wallis y su padre decidieron que era tiempo de volver a Cartagena para darle una educación formal, pero sólo uno de ellos se trasladaría a la ciudad para cuidarlo. Él entendió que Wallis debía quedarse a cuidar los delfines, y que su padre sería quien estaría a su lado en la semana.

Pero no hay fin de semana en que Gabriel no vuelva a su casa y junto a su madre, para disfrutar de ese lugar de ensueño que los turistas visitan por un rato y al que ellos llaman hogar.

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