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Wilfran Barrios: Vivir para danzar

Los tambores empezaron a sonar y una niña irrumpió en el patio del Claustro de Santo Domingo. Sus pies livianos soltaron la madeja del ritmo y la cadencia. Como si dentro de ella, su abuela y tatarabuela estuvieran señalando el rumbo misterioso de la música. La niña María Rosa Barrios, de 8 años, fue una de las sorpresas del grupo Atabaques, que dirige Wilfran Barrios Paz.

Supe al conversar con su padre que en esa gracia y en esos movimientos de su niña había más de tres generaciones de bailadores. Los tambores son siempre la ceremonia entre América y África. Un sonido que acerca al continente africano con el espíritu del Caribe. Wilfran comenzó su trabajo en Funsarep. Participó como bailarín del Colegio del Cuerpo. Dirige en la actualidad Atabaques, uno de los grupos de danza destacados de Cartagena.
Wilfran es uno de los cartageneros que asume su vocación con profesionalismo. No duerme en su empeño por consolidar su corporación Atabaques. Trabaja todos los días de 6:30 de la tarde a 9 de la noche con una docena de bailarines en el Castillo de San Felipe. “La Sociedad de Mejoras Públicas nos permitió poder utilizar un espacio del monumento para la práctica profesional de la danza. Atabaques son tres tambores yorubas utilizados para la ceremonia religiosa del camdomblé. Son tambores de un poco más de un metro y unos diez centímetros de alto. No es fácil vivir de la danza, se sobrevive, la protección social somos nosotros mismos. Formo parte del Plan Nacional de Danza, del Ministerio de Cultura. Trabajamos para un público infantil, juvenil y adulto. Hay una dimensión pedagógica de nuestra corporación. No nos quedamos en la música tradicional. La tradición necesita también de nuevas formas de calidad. Asimilamos los aportes contemporáneos, los elementos que han enriquecido esa tradición. Eso quiere decir que lo africano y lo colombiano lo miramos desde la perspectiva de lo contemporáneo también. No desconocemos los elementos de la diversidad. Cuando tuvimos la experiencia de compartir con Delia Zapata Olivella descubrimos que podíamos ir más allá de lo heredado sin distorsionarlo. Ese contrapunto lo vivimos en el Colegio del Cuerpo con la danza Reconquista, que era un homenaje a Delia. Con Álvaro Restrepo y Marie France Delieuvin tuvimos una larga experiencia de muchos años. Cuando nosotros salimos de Cartagena a Europa descubrimos que allá la tradición y la valoración de lo cultural les ha permitido consolidar espacios. Nos daba envidia de la buena ver esos escenarios y pensábamos que en la ciudad hay espacios que pueden ser utilizados. Además de los escenarios nos dimos cuenta el sentido de la rigurosidad que tienen los europeos. Creo que tenemos disciplina, pero aún nos hace falta rigurosidad.
Provengo de una familia de Isla Fuerte, Bolívar, vinculada a la música. Mi padre, Luis Felipe Barrios, bailaba fandango. Mi madre Rosa Paz, bailadora de porros y fandangos. Mi abuela María Barrios y mi bisabuela Adela Barrios fueron cantadoras. Mi abuelo materno, José Paz, toca el saxofón. Hay en Cartagena mucho talento para la danza pero siempre nos falta disciplina, rigor y profesionalismo. Para mí ese no es un hobby, es una vocación. No un rebusque. Creo que en el caso de los grupos que bailan en las plazas, debe trabajarse en un plan de acción para que los niños o menores de edad no estén en esa tarea a las 8 de la noche. A eso hay que hacerle seguimiento pedagógico”.

Wilfran sabe que la danza además de una estética del movimiento, es algo más que cuerpo. Es también puesta en escena. Los tambores solos en escena pueden ser reveladores en silencio. Una canoa puede navegar cargada de significados y sugerencias. Un coral rojo puesto en el cabello de la muchacha puede cobrar otra dimensión si a alguien se le ocurre derramarlo con una lluvia en el escenario. Wilfran recuerda a un japonés que llenó el escenario de arroz. Cree que un director creativo puede dimensionar el alma de sus tambores.

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