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31 de diciembre: de nostalgias y otros agüeros

Unos años después los granos de lenteja se entremezclan con monedas, llaves y uno que otro papel que, con descuido, van a reposar a los bolsillos de un viejo pantalón.

¿Cómo llegaron esos granitos de legumbre a los sacos de una prenda de vestir que hace un buen tiempo no resurge del rincón de un armario atiborrado de ropas condenadas al olvido? ¿Fueron los bolsillos elegidos como comensales de ratones o cucarachas?

De ser así no hay nada que hacer. El afán de todas las mañanas y el descuido como atributo personal no me permiten notar los granos de lenteja hasta que se cuelan entre los dedos que buscan las monedas para completar el pago de una recarga a la tarjeta de Transcaribe, en un punto en San José de Los Campanos.

De darme cuenta en casa habría buscado otro pantalón, pero ya es tarde y casi todos los que suelo vestir reposan en la canasta de ropa por lavar.

El bus de Transcaribe se adentra en el tumulto de vehículos y semáforos de la calle 31, esa que a partir de la Bomba de El Amparo se une a la avenida Pedro de Heredia, que no tiene carriles exclusivos para el SITM.
El flujo vehicular es lento. Reposado en una de las pequeñas escalinatas dispuestas para evacuar pasajeros, en paraderos distintos a las estaciones, veo pasar desde la puerta abatible del bus edificios y comercios que se sumergen de a poco a las dinámicas de las horas laborales.

Palpo un nuevo grano de lenteja en el bolsillo y entonces vuelo a los recuerdos. Son las 11:30 de la noche de un 31 de diciembre de un par de años atrás. En el púlpito de una pequeña iglesia, en un pueblo del Bajo Cauca antioqueño donde costeños y paisas forman una cultura híbrida, el padre Gabriel se prepara para la última misa del año.

A lo lejos suena un vallenato de los Zuleta y los truenos de pólvora adornan el ambiente sonoro de la víspera de año nuevo. ¡No hay como fiestas de año nuevo en un pueblo! ¡Tremenda fiesta y nosotros en misa! En Cartagena no sería así. Pero es la tradición familiar y tendremos las primeras horas del día siguiente para sumarnos a las celebraciones.

A pocos minutos de las 12, mi madre se acerca y de sus puños deja caer unos granos de algo pequeño en los bolsillos. Primero en la camisa y luego en el pantalón. Saco uno de estos granos y es una lenteja. “Para que tenga abundancia todo el año, mijo”.

Eran pocos los años que tenía sin pasar Navidad y año nuevo en mi pueblo, pero había olvidado ese ritual, que por tradición se realiza en mi familia quién sabe hace cuántas generaciones. Acepté la lenteja mientras me sentía siempre incrédulo a ese tipo de creencias.

¿Puede tu situación económica de un año depender de unos granos de lenteja guardados en los bolsillos un 31 de diciembre?

Sonrío con alivio. No hubo fiestas de ratones y cucarachas en el pantalón.

El padrón de Transcaribe llega hasta el solobus y las velocidades cambian. Contagiado por la nostalgia, me parece sentir y oler ese aire inefable que lleva cada diciembre a las calles del pueblo. Es junio, pero la mente está en un diciembre pasado. El diciembre del reencuentro con viejos amigos. Más atrás, el diciembre de la infancia y de las añoranzas. Diciembre y la natilla, y los buñuelos, y las fiestas, y los paseos… y los agüeros.

El tiempo es el verdugo de las antiguas tradiciones. Pero no de los agüeros. En los pueblos, ellos parecen tener el antídoto para rehuir al olvido y perdurar más que en las grandes ciudades.

Todavía recuerdo a una vecina que se quejaba de los nuevos tiempos. “Las tradiciones se están perdiendo, ya nada es como antes”. Era la misma vecina que en la medianoche del 31 recorría la manzana con un par de maletas con la ilusión de hacer un viaje lejano.

Cada año, con sus maletas, atravesaba las calles repletas de fogones de leña en los que se cocinaba el sancocho de la fiesta mientras algunos se reían al verla pasar, a pesar de que lo más lejos que había ido era a Caucasia, a 32 kilómetros del pueblo.

También era común escuchar a los adultos comentar, entre risas, que usaban los calzones al revés y se los cambiaban a medianoche para tener un año de buena suerte.
Algunos se daban consejos de prácticas que ayudarían a tener mejor fortuna en las conquistas o en los negocios.

Y había quien pedía un deseo en secreto mientras se engullía un racimo de uvas.

Mientras recuerdo, resurgen también las intrigas que me causaban entonces esos agüeros. ¿A quién se le ocurrió inventarse todo eso, con qué propósito y por qué es una práctica común en todo el país, el continente?

El bus llega a la estación y la labor diaria consume el tiempo y me roba la atención. Seis meses después, en diciembre, me doy a la tarea de descifrar esos interrogantes.

La palabra agüero proviene del término augurio y según la Real Academia de la Lengua Española, son prácticas de adivinación que, en su mayoría, se originaron en la antigüedad y en otras épocas, en pueblos supersticiosos para explicar acontecimientos extraños.

La tradición de agüeros que se mantiene en Colombia tiene su origen en Grecia, Francia y otros países que fusionaron sus creencias culturales con la España que años después llegaría a colonizar gran parte de América.
Los pueblos indígenas y la cultura afro se adaptaron a esas tradiciones, como a muchas otras, y desde entonces se transmiten de generación en generación.

"Los cambios de tiempo exigen ritos. Desde Centroamérica hasta la Patagonia, estos ritos heredados del paganismo, de la Antigua Roma, de los egipcios, combinados con tradiciones amerindias y de la cultura afro, marcan cada fin de año", le dijo a AFP Fabián Sanabria, director del Instituto Colombiano de Antropología e Historia.

LOS AGÜEROS QUE MÁS SE PRACTICAN EN FIN DE AÑO
-Calzones amarillos al revés a las 12 de la noche del 31 de diciembre, y voltearlos una vez pase el año viejo, de esta forma se atraerá el amor.
-Comer 12 uvas a media noche y por cada una pedir un deseo.
-Sacar la maleta llena de ropa y plata y darle la vuelta a la manzana, para viajar más.
-Abrazar a la primera persona del sexo opuesto a medianoche para atraer a alguien con quien pasar el próximo fin de año.
-Ropa interior roja para atraer la pasión.
-Una escoba y un pan fresco juntos el 31 a las 12 para conseguir novio o novia.
-Tres papas (una pelada, otra a medio pelar y otra sin pelar) debajo de la cama, el 31 de diciembre. Llegadas las 12 de la noche se sacan y si la escogida es la totalmente pelada, es porque la situación económica será mala; si es a medio pelar va estar regular de dinero y si escoge la que no se ha pelado es porque el año será muy bueno financieramente.
-Sentarse en un fajo de billetes. De esta manera evitarán que se les vayan de las manos.
-Algunos personajes reconocidos dicen que su éxito se debe a que se llenan los bolsillos de billetes o de lentejas. También pueden sostener un billete de 50 mil pesos en la mano hasta que llegue el año nuevo.
-Sonar una campana en la casa a las 12 de la noche para alejar las malas compañías.
-Encender una vela de color blanco en la casa para atraer la armonía.
-Colgar una hoja de sábila a la entrada de la casa para sacar las malas energías.



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