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Acosados sexualmente, lo que callan

Marianne* recuerda cuatro veces en las que fue acosada.

La primera vez ocurrió en una buseta de Olaya Herrera. Iba sentada al lado de un señor de edad. Entretenida, algo que rozó su pierna le llamó la atención.
“Nunca nadie me había acosado. Tenía 19 años. Me senté del lado de la ventana. El señor se veía decente, un viejito. Yo tenía una mochila y sentí un roce, pero pensé que era porque estábamos pegados, y la buseta se estaba llenando. Después volví a sentir lo mismo y miro que es que el señor me estaba tocando la pierna mientras me quedaba viendo. Me sentí mal, culpable, quedé paralizada. Me echaba hacia la ventana en un intento de alejarme. Un chico se dio cuenta y después me paré ¡me daba pena a mí!”.

Después de 1 año, de nuevo en una buseta de Olaya, un hombre del interior le dijo cosas y trató de tocarla.

“Esta vez me senté y otro señor se sentó al lado, me decía como que ‘niña bonita, uy’. Era como del interior. Yo no entendía muy bien lo que decía pero me empezó a tratar de tocar. Mi papá estaba a unos puestos de mí. No quise hacer nada porque pensé, “es un viejito y si digo algo aquí lo cogen, le pegan y lo pueden matar”, recuerda.

La tercera vez, Marianne* iba caminando por su barrio. Vestía de jean (como siempre). Un tipo en una bicicleta le gritó “¡maaami que rico clítoris tienes”!
La cuarta vez, fue extraño y peor. Su acosador era su jefe del trabajo.

De nuevo, un señor de unos 60 años. “Me vigilaba por las cámaras de seguridad del trabajo. Tenía un sistema en su celular y por ejemplo cuando no quería que yo saliera, me decía “te necesito acá”. La gente inventaba que teníamos algo porque él me buscaba. Yo tenía un grupo de amigos y para el último mundial, me iba a ver los partidos en la discoteca de al lado del trabajo. Y él estaba pendiente. Cuando se daba cuenta que yo salía, a los 5 segundos me llamaba. Hacía que me viera los partidos con él, no me hacía nada eso sí. No me tocaba. Con el tiempo me decía que estaba enamorado de mí. Me decía “tienes que escucharme en todo oíste, porque yo sé lo que te digo”. Yo le sacaba el cuerpo, pero era mi jefe. Un día me invitó a almorzar, le dije que yo había llevado comida. Él revisó las cámaras y se dio cuenta que yo salí a comprar comida. Me dijo ‘tú compraste comida’. Yo no quería ir a trabajar, pero las prácticas me las pagaban muy bien”.

El drama terminó cuando su jefe se fue para otra ciudad.

Antonio* vivió el acoso de otro hombre

“Yo manejaba Uber, y tu sabes que ahí le aparece al usuario el contacto del conductor. Recogí una vez a un muchacho de unos ‘veinti tantos’ años. Un man blanquito, normal, parecía de plata. Días después me llaman al celular ‘Hola qué más compa, mire soy yo, el muchacho que recogió en Uber tal día en la noche. Te voy a ser sincero,  yo quiero que tú me comas. Yo tengo novia, mi nombre es tal y cual y estudio medicina (lo dicen como para que haya un secreto) a mí desde hace un tiempo me vienen gustando los hombres pero yo quiero un man así como tú, que se vea hombre macho. Te pago lo que tú quieras’”.

Antonio no daba crédito a lo que escuchaba. Pero extrañamente, no se enojó con el extraño personaje. “Le dije que ajá que gracias por considerarme (se ríe) pero que a mí me gustaban las mujeres, que por favor fuera la última vez que me llamaba, que yo no estaba interesado”. 

Días después, al celular le llegaban imágenes sexualmente explícitas.

“Me mandaba fotos de su trasero, diciéndome “mira lo que te puedes comer”. Yo lo bloqueaba y me escribía de números diferentes. Estaba harto, le decía que me respetara, que mis hijos cogían mi celular para jugar y que podían ver esas imágenes. Le conté a mi mujer y obvio le molestó. Ya tiene ratos que no me escribe ese man”.
A los dos les pregunté por qué tomaron de la manera que lo hicieron esas situaciones. Marianne* contestó que no sabe, que era una chica ingenua, y Antonio*, pues piensa que eso es algo que no va a repercutir mucho en su vida.

¿Qué puede hacer la ley?
La abogada Isabel Cristina Jaramillo, en entrevista con Semana, explica que  “para que se configure un acoso tiene que haber un hostigamiento sexual que produce angustia y preocupación en la persona que es víctima. Sin embargo, la palabra acoso también se utiliza para referirse a todo avance sexual no deseado y que sea considerado digno de reproche y sanción”.

En Colombia, la ley 1257 de 2008 en su Artículo 210 A, penaliza el acoso sexual de la siguiente manera:

“El que en beneficio suyo o de un tercero y valiéndose de su superioridad manifiesta o relaciones de autoridad o de poder, edad, sexo, posición laboral, social, familiar o económica, acose, persiga, hostigue o asedie física o verbalmente, con fines sexuales no consentidos, a otra persona, incurrirá en prisión de uno a tres años”.
Pero en nuestra sociedad, hombres y mujeres piensan que estas situaciones “no son tan graves”, por lo tanto no se denuncia, y al contrario: no se comentan para nada.

La mente del acosador y el acosado
Viviana Carrasquilla, Psicóloga de la Universidad de San Buenaventura y especialista en Psicología clínica de la Universidad del Norte, explica que en el bus, Marianne* fue víctima de personas que en cuanto al manejo  de su sexualidad y de sus impulsos  sexuales, tienen un comportamiento inapropiado.

“En el transporte público este abuso por medio de roces y tocamientos, recibe el nombre de froteurismo. Por otro lado, cuando  la persona  se excita mostrando  sus  genitales  es exhibicionismo y cuando le gusta mirar es voyeurismo. Todas son disfunciones sexuales”, señala.

Quizá como lector se pregunte en cuanto a las situaciones de los entrevistados ¿por qué la niña no gritó, o por qué ambos no denunciaron?
La psicóloga explica que “el silencio o secreto es lo que  mantiene el abuso. Un abusador no tiene  un  perfil específico, eso hace difícil detectar el abuso. Pueden ser  personas  honorables o sencillas, estudiadas, o sin preparación académica, líderes, gerentes de empresas o empleados, tampoco  tiene estrato, ni actividad laboral específica. Los abusadores  generalmente eligen trabajos donde se les facilite dar rienda a su desviación sexual. Suelen  ser  muy manipuladores y envuelven a la víctima  llevándolas a sentirse comprometidas y también responsables de la situación, lo que garantiza que se mantenga  el secreto”.

Carrasquilla es tajante al decir que se debe romper el silencio, “contar lo que sucede y buscar ayuda”. Pese a las posibles amenazas que existan, lo mejor es no quedarse calladas (os).
Marianne*, al igual que muchas personas, aún se siente impotente.

Síntomas de abuso sexual
Viviana Carrasquilla explica que existen comportamientos  relacionados  con el estrés, cuando se ha  presentado abuso. Entre ellos están:
- Problemas o disturbios del sueño.

- Cambios en los hábitos alimenticios, comportamiento hiperactivo, inseguridad, miedos o fobias, comportamientos hostiles, quejas somáticas, cambios en el  rendimiento académico o laboral, malas relaciones con compañeros, depresión, ideación suicida.

- En jóvenes, hay comportamientos delictivos, huidas de casa, promiscuidad. También se presenta en adultos, consumo de sustancia psicoactivas, drogadicción, erotización inadecuada de las relaciones sociales y baja  autoestima.

 

*Nombres cambiados a petición de la fuente.



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