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Aida Beleño desarma el pesebre más grande...

La pieza más antigua del pesebre es un totumo que le regaló su suegro hace 60 años. El “totumito” mide tres centímetros cúbicos y lo conserva como una reliquia. Este pesebre nace en la cuna de la familia Beleño para llenarles el alma en diciembre y comienzos de enero.

La sola presencia del pesebre invoca la alegría. Su creación es el presagio de que se avecina la mejor época del año y Aida Beleño de Flórez es el motor de la celebración espiritual en su casa. Por ella se arma el pesebre, por ella llegan los niños y los regalos, y por ella, la fiesta cierra con broche de oro el 6 de enero, 6 de Reyes, ese día es su cumpleaños y se va el pesebre, pero como si el universo conspirara, llegan otras mil razones para celebrar…

***

Son las 11 de la mañana en Turbaco. Aida vive con su esposo, una hija y algunos nietos en la segunda calle del barrio El Prado. Su casa queda a escasos 150 metros de la carretera Troncal y esta mañana de martes me recibe con la mitad de la familia; hay treinta personas reunidas en la sala de la casa, alrededor del pesebre. Otros se quedan en la terraza y dos se asoman por la ventana marrón con bolillos de aluminio. El techo de la casa es de zinc y el calor nos abrasa vorazmente. Alguien desde afuera dice: “Es el más grande y visitado del pueblo”. Al menos los visitantes de hoy lo confirman.
Armarlo es un ritual que demanda tiempo y dedicación. Desde el 7 de diciembre, sin ayuda, lo arma sola... ¡Ay de aquel que meta la mano! No quiere intrusos, entre menos personas haya, más rápido termina.

Ocupa la mitad de la sala, bajo la tela verde que representa la hierba, Aida pone cajas de madera, unas diez. Después de poner la “hierba”, usa materiales como aserrín, palitos secos de los árboles que tiene en su patio, arena, icopor, arcilla, tela, plástico, paja y papel celofán, para nutrir su creación.

En el Centro del pesebre está el Niño Dios, junto a él, María y José; lo rodean un camello y dos ovejas, pero lo curioso es que también hay un dinosaurio rojo y muchos otros animales.

“Un día es suficiente para dejarlo listo después que tenga todas las piezas. Con un buen tinto hasta en medio día lo termino”, expresa Aida. Hay más de mil piezas entre ovejas, corrales, piedras, caracoles marinos, aves y más.

El pesebre tiene sello turbaquero. Pueda que el Niño Jesús haya nacido en Belén de Judea, pero en el pesebre de Aida recrea todas las épocas; desde la Era Mesozoica (dinosaurios) hasta la actual, pues en la puerta del Nacimiento hay dos palomas que representan la paz que tanto busca Colombia.

Hay desde un mortero para picar el ajo hasta una olla con “sancocho de carne salá”, advierte. El sancocho es meneado por tres mujeres, que dice Aida, son tres de sus hijas. Debajo del sancocho está el arroyo, donde lo primero que veo es otro pterodáctilo...el dinosaurio está rodeado de totumos, entre estos, aquel viejito que le dejó su suegro de cariño y que Aida conserva como la pieza más importante, la que nunca ha faltado en el pesebre.

Por el borde del arroyo corre un caballo que busca acercarse a un pozo, este último es el fiel reflejo de los profundos pozos de la época de Jesús; es manipulado por un hombre que intenta sacar agua por el brocal.

“Este pesebre tiene vida por sí solo y esa es mi idea cuando lo construyo, que las personas al verlo sientan que hay vida e historia; que no solo nació Jesús, sino que mientras eso pasaba, muchos seguían en sus quehaceres”.

El 7 de diciembre pasado sería la última vez que haría el pesebre, pues con 78 años Aida dice que su cuerpo está cansado. Ese día elevó las manos, miró al cielo y dijo: “Papá Dios, este es el último año, por eso dame creatividad y sabiduría para hacerlo más hermoso y así fue…mírelo”, cuenta.

¿Este sí será el último año del pesebre? –pregunto–.

Esa era la decisión que había tomado. Pero mis nietos me han pedido que no deje de hacerlo. Uno se acercó y me dijo: “Si usted deja de hacer el pesebre, diciembre no será igual para nosotros”. Lo haré pero sin novena.

El primer pesebre que tuvo Aida medía treinta centímetros y se lo mandó un allegado desde San Onofre, Sucre. Según ella es el mejor regalo que le han dado en toda su vida porque fue la “primera piedra” para hacer feliz la Navidad de muchos niños, entre esos, sus 23 nietos y 27 bisnietos. Para comprar los regalos Aida hace de todo. En los últimos años sus amigos le colaboran, pero figúrese: “Con tal de darle a los más de 70 que siempre llegan a mi novena he llegado hasta a engordar un puerco y venderlo”, concluye.

El Niño Jesús, María, José, los camellos, los dinosaurios...todo volvió a sus cajas. No importa, resucitarán otra vez en diciembre.



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