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Alejandro Chávez y su grito vagabundo

Mi nombre es Alejandro Chávez Palacios, son las dos de la tarde, es sábado 16 de abril de 2011. Manejo mi carro por el sur de Florida, Estados Unidos, desde Homestead hacia mi casa, en Kendall. Manejo por una vía muy conocida, la US1. Hablo y río con mis niños y mi esposa.

Un tipo, que conduce un BMW con el radio a todo volumen, sale de la nada, intenta cerrarme y sacarme del camino. No entiendo qué le pasa, y lo peor es que intenta chocarme el carro, lo esquivo, pero me alcanza. Saca un arma. Se da cuenta de que llevo niños y eso parece acelerar su adrenalina. Mi niña de cinco años llora y mi hijo trata de calmarla.

Su agresión está escalando y me preocupa. Tengo mi arma, legalizada, y disparo al aire para que nos deje en paz.

El tipo huye, me detengo a revisar que mis hijos estén bien y llega una patrulla de la Policía, pues la gente en la carretera reporta el suceso. Mientras converso con los agentes este hombre regresa, se identifica como Juan Zavala, de origen centroamericano, y les dice: “no tengo arma, soy una víctima más”. Me arrestan delante de mis hijos.

Son las cinco de la tarde. Me envían a una fría estación, donde continúa el interrogatorio. Sí, reconozco que usé mi arma para proteger a mis hijos, pero poco les importa. Me mandan a prisión con una fianza de 23 mil 500 dólares, afortunadamente puedo pagarlos. Salgo al día siguiente bajo fianza a conseguir abogados sin poder salir de Estado Unidos. Después de diecisiete meses decido ir a juicio y la Fiscalía de Miami me ofrece un arreglo que implica que voy a estar en mi casa, voy a poder trabajar y hacer lo que quiera pero con permiso. Acepto, pero al día siguiente hablo con mi abogado y demando a la Policía por muchas inconsistencias en mi caso. El resultado: mi teléfono está intervenido y me arrestan para pagar siete años de prisión.

Respondo por un cargo: asalto agravado con arma de fuego. Ese delito contempla una pena mínima de diez años de prisión y si el arma es disparada durante los hechos, la sentencia mínima aumenta a veinte años de cárcel.

Paso diez largos meses peregrinando por prisiones gringas, cuatro de máxima seguridad...entonces conozco historias de colombianos que pasan por un infierno igual o peor que el mío. Gracias a Dios, con la ayuda de tres excelentes abogados, dos americanos y un ruso, se comprueban muchas anomalías. Actué en defensa personal y que mi arma es legal.

Pasaron dos años y medio de mi vida en un proceso con la justicia estadounidense, que jamás busqué, pero partió mi vida en dos y hoy me trae hasta ti, Melissa. 

***
Yo quiero pegar un grito y no me dejan

Yo quiero pegar un grito vagabundo...

Pocos saben quién es Alejandro Chávez, pero sabrán si les digo que canta Grito Vagabundo, y que no ha vuelto a nacer otro ‘hit’ como este, primer vocalista de Los 50 de Joselito, ese grupo que tuvo su auge entre el 90 y el 2000, y que todavía en Navidad saca canciones taquilleras.

Le diré Alex de aquí en adelante porque así prefiere que lo llamen. Es un tipazo, chistoso y risueño como él solo. Tan tipazo es que decidió no echarse a la pena y echarle mucha azúcar al trago más amargo de su vida.

¿Y qué tal la prisión? – pregunto -.

“Excelente –dice–. Lo mejor. Ahí te enseñan disciplina, a guardar silencio, a caminar en una sola línea, a respetar al otro. No entiendo por qué algunos dicen: ‘mejor que se venga a Colombia’. Comparado con mi país, las prisiones de Estados Unidos son espectaculares”.

¿Mucho colombiano en las cárceles americanas? – agrego –.

“Muchísimos… y famosos, pero no por cosas buenas. Por ser los capos más grandes de la droga. Compartí celda con uno de ellos, me contaba su vida, qué lo llevó hasta allí… y en eso descubrí que tengo una vocación de servicio. Si no hubiera vivido eso, no me habría dado cuenta que estoy en la tierra para algo.

“Tenía dos opciones: echarme a llorar o convertir esto en una forma de ayudar a las familias que sufren situaciones similares. No era fácil ver, por ejemplo, a mi papá del otro lado de la prisión llorando y diciendo ‘mijo, es imposible que esto esté pasando’, o que a tus hijos les haya tocado crecer solos…”, agrega.

De esa vocación de servir a los otros habla poco y trabaja más.

Alex se echó al hombro la Fundación Alex Joselito Parrandero, la creó con el apoyo de su hermana Claudia. Es una organización que aboga para que el Estado y los entes que este ha creado vuelvan su atención a los colombianos presos en el exterior y al problema social que enfrentan sus familias. Hacen el “trabajo sucio”, pues no solo van al Estado sino que acompañan a las familias de los coterráneos presos.

Es que el caso de Alex es solo uno de los catorce mil que reporta el Ministerio de Relaciones Exteriores en todo el mundo. El primer delito en la lista es el narcotráfico.

Alex olvidó el dolor y no mira hacia atrás. Es como si tuviera clavado en su corazón y cerebro un chip que lo guiara hacia el frente, hacia la necesidad de la gente.

Está tocando puertas, por eso llegó a Cartagena. Hizo contactos con médicos, empresarios y periodistas… porque para inspirar a las familias de los capturados a salir adelante haciendo las cosas bien, se necesita más de un especialista.

Esto no es soplar y hacer botellas. Alex ha tenido que aprenderse la legislación de naciones como Brasil, España, México, Panamá, Perú, y Venezuela, donde hay cantidades de presos colombianos. Tiene un equipo interdisciplinario que se encarga, pero se requiere más gente y recursos…esto apenas comienza.

“En el 2025 la Fundación Alex Joselito Parrandero será reconocida como una entidad sólida que representa a los familiares de los colombianos detenidos en el exterior y que vela por sus derechos dentro y fuera del país, ante todas las instancias, incluidas el Gobierno Nacional, desde la Presidencia de la República y la Cancillería”, concluye con una seguridad absoluta.



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