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Álvaro Restrepo, el alma de la danza

Las manos de Álvaro Restrepo son ahora pequeñas olas, diminutos aleteos de pájaro que se dilatan contra el aire caliente de la canícula de agosto. Está sentado y se abanica, mientras dirige uno de los ensayos de Negra/Anger, con veintinueve bailarines de treinta y dos que integran esa obra. Rigor, pasión, disciplina, sensibilidad, pedagogía contagiosa y fecunda es lo que emana del espíritu de este artista que convirtió la danza contemporánea en una poesía en movimiento. En la Compañía Colegio del Cuerpo que él dirige junto a la coreógrafa francesa Marie France Delieuvin, conjugó todas las artes: la música, la poesía, el teatro, y la más sofisticada de las artes: el silencio. A él le sirve el silencio para sugerir emociones, y para integrar con finas y leves ceremonias, los dramas humanos en los intersticios de la danza.

Álvaro cuenta a sus alumnos que la música de este montaje es de la sacerdotisa del blues, Nina Simone, quien siempre quiso estudiar piano clásico, pero como era negra nunca la aceptaron en inguna universidad de música. Frente a ese piano prohibido, Nina Simone vio en el teclado una enorme batalla en blanco y negro. Ahora el teclado son los cuerpos de los muchachos que están en el suelo y el bailarín que está de pie es el pianista que levemente toca las teclas que se levantan o se caen. Y la música de Nina Simone suena como una gota de música en el agua del tiempo. Y la voz de Nina es delicadeza profunda, ancestral, tiernísima. Álvaro recuerda que la exclusión y discriminación socioracial aún no ha sido extirpada de Cartagena de Indias, que en el siglo XVII fue el puerto de la trata de africanos. “Aquí ha sido más difícil que en en la exclusión abierta y descarada de Sudáfrica, porque entre nosotros, pervive un apartheid silencioso en una ciudad cuyo 95 por ciento de la población es es de origen afro y mestizo”. Les pide que apaguen el abanico cuyas aspas producen un ruido que perturbará la puesta en escena. La sala se sumergirá en el silencio de los cuerpos mudos y las miradas profundas y la poesía del cuerpo inmóvil y a punto de volar. Para Álvaro la danza no solo es poesía sino una forma de la filosofía.

Negra/Anger se nutre del poema coreográfico “Me gritaron negra”, de la escritora peruana Victoria Eugenia Santa Cruz y de “Cuaderno de un retorno al país natal”, del gran poeta de Martinica: Aimé Cesaire.

Los bailarines se cubren el rostro con una malla transparente y oscura, y se envuelven en una tela vaporosa, cada uno tiene una tela distinta, hay múltiples colores que evocan manchas abstractas y paisajes. Los cuerpos quedan arropados bajo esa tela, y de repente la respiración de los cuerpos infla la tela produciendo ondas, una ola colectiva en la sala. Más tarde, las manos ajustan la tela al cuerpo y luego la arrojan como si fuera una piel acosada y opresiva. La tela se se recoge y se devuelve lentamente al cuerpo. La danza in crescendo pasa de los movimientos convulsivos a la catarsis liberadora del grito y el gesto, el miedo y la libertad, lo infernal en busca de la luminosa redención y la euforia festiva en la que vuelan las telas, se elevan los cuerpos y caen. Marie France Delieuvin les pide que los espacios sean armónicos entre los bailarines, que reinventen las pausas de la música, y Álvaro les sugiere que al lanzar las telas ese instante sea como “peces tratando de salvarse de un naufragio o una atarraya”. Delieuvin y Álvaro les recuerdan que la tela debe llevar los cuerpos, como si la tela los atrayera, todo suavemente hasta producir un efecto ascendente. Les precisa que la danza en ese espacio debe abarcar la periferia y el centro. “La danza es una exigencia berraca”, dice abanicándose. Entre los espectadores de este ensayo está la profesora Ruth Cerro que viene de Tierrabaja y desea que el Colegio del Cuerpo instruya a los chicos en la danza. Él les dice: “Iremos allá. Lo haremos”, le dice mirando a los ojos a Ruth. “La zona norte de Cartagena, así como en Pontezuela, puede contar con nosotros en Tierra Baja. El capital humano es grande, y creemos que estas comunidades raizales no solo tienen un destino posible: el de ser meseros o jardineros, profesiones dignas, pero hay otras opciones para la vida”.

Luego, al final de este ensayo, Álvaro recordará que logró en 2010 que el presidente Juan Manuel Santos, descalzo, participara en su obra “Inxilio, el sendero de las lágrimas”, junto a víctimas del conflicto armado. La obra que se presentó en Bogotá, Medellín y Cartagena, involucró en las tres ciudades a 450 víctimas. Se estrenará en los Estados Unidos con indígenas Schinnecock.

Álvaro dice que en cuatro héctareas donadas por el distrito de Cartagena en Pontezuela, el Colegio del Cuerpo está construyendo su sede. Pero el trabajo ha sido lento por falta de recursos. El Colegio del Cuerpo es ya una herencia cultural de Cartagena para el mundo. Ha recorrido los cuatro puntos cardinales del mundo mostrando el talento de la danza contemporánea, pero aún no es sostenible. Cada año se reinicia un largo e intenso proceso de financiación de todos los proyectos. Y Álvaro dice: “El tiempo ha ido pasando. Ya vamos para sesenta años. Es probable que el Colegio del Cuerpo sea un Colegio del Tiempo, porque estamos hechos de tiempo”. Hay algo de iluminada paciencia y algo de lúcida conciencia del paso del tiempo. Las manos de Álvaro trazan en el aire de la sala movimientos que ondulan y pendulan, se elevan y caen y vuelven a volar en espirales. Sus manos eligen trozos de tiempo que el mar devuelve a la orilla y él convierte en objetos ceremoniales de su danza. Tiene en su estudio una colección de pequeños tesoros, tallas en madera, máscaras, un retrato del primer encuentro con García Márquez en el Colegio del Cuerpo, y la perplejidad del escritor quien le dijo: “Coño, ese nombre de tu grupo es el nombre de un libro de poemas: Colegio del cuerpo".

Es 24 de agosto. Y él mira su celular y dice casi en susurros: “Estamos a poco tiempo de algo que creí no alcanzaría a ver: la firma definitiva de paz. Es un día que puede cambiar el destino de Colombia”.

Poco después, me confesará: “Ese conflicto armado tiene casi mi propia edad, voy a cumplir sesenta años y nunca pensé que alcanzaría a tener vida para verlo”, dice con una euforia abrumadora. “Nunca hemos sabido lo que es estar en paz. Así que es el comienzo de algo histórico que apenas empieza”.

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