Alzhéimer: el olvido que ya somos

09 de septiembre de 2018 12:45 AM

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Olga me dice que es jubilada, “una maestra jubilada”. Son las seis de la tarde y, a lo lejos, en la radio, oigo Oh, gloria, inmarcesible, oh, júbilo inmortal, en surcos de dolores, el bien germina ya, el bien germina ya. “Yo soy jubilada, una profesora jubilada”, otra vez, con la misma voz fuerte y los ojos bien abiertos, para que no se me olvide a mí. Olvida que ella es quien vive abrazada por el olvido. La humanidad entera, que entre cadenas gime, comprende, las palabras, del que murió en la cruz… sigue la emisora, y Olga: “Yo soy maestra jubilada, me pagan sin trabajar”, y ríe.

Ya se acabó el himno y ella, que me acaba de conocer, me acaba de olvidar.

Y olvidó que sus padres, Justo e Hipólita, están muertos. Y sus hermanos. Y su esposo Ceferino. Hace un rato me dijo que tiene 85 años y más tarde me dirá que apenas cumplió 50, pero en realidad lleva 90 en este, el mismo planeta que habitó el doctor Alois Alzhéimer, el alemán que descubrió y bautizó la enfermedad que Olga Castillo de Barrios padece hace poco más de quince años.

Jesús David Barrios Buendía, su nieto, sí lo recuerda perfectamente: todo empezó porque Olga salía siempre a reclamar la pensión, volvía a la casa y ese laberinto oscuro en el que se estaba convirtiendo su cerebro olvidaba dónde carajos había metido la plata. Y se formaba un problemón. A veces, se ponía a cocinar y las ollas quedaban ahí, a merced del fuego, hasta que el humo avisaba a los vecinos que algo malo estaba pasando. La vitrina esa, del fondo, es lo único que queda de un negocio que Olga montó y que su olvido derrumbó: nunca recordaba quién le debía, y le cobraba a los que ya le habían pagado. Los vendedores ambulantes le formaban una algarabía en la puerta, porque a ella se le olvidaba que se había comido un banano, y que tenía que pagar.

Sí, era la misma enfermedad que el doctor Alzhéimer nombró en 1907, la forma más común de demencia entre las personas mayores. El médico murió en 1915 sin descubrir los orígenes de la enfermedad, y todavía no los conocemos. “Una teoría es que se desarrolla cuando grupos de proteínas anormales crecen en el cerebro. Este crecimiento probablemente comienza con muchos cambios pequeños en el cerebro y normalmente todo comienza mucho antes de que se noten los síntomas. Con el tiempo, estos cambios se suman y, eventualmente, las células cerebrales se dañan y mueren”, como me explicaría la doctora Viviana Anaya.

Lo de la pensión y lo del negocio en Olga eran la manifestación de la primera de las tres etapas que el doctor Alzhéimer estableció sobre la enfermedad: la leve; seguiría la moderada, que ocurre cuando “la pérdida de memoria y la confusión se vuelven más obvias. Las personas tienen más dificultad organizando, planeando y siguiendo instrucciones”, me explica la médico Viviana Anaya. La tercera y última etapa es la severa: “En ella los pacientes necesitan ayuda con todas sus necesidades cotidianas. Es posible que no puedan caminar o sentarse rectas sin ayuda”.

***
Paciencia. Hay que tener mucha -demasiada- paciencia para cuidar a un paciente con Alzhéimer, me dice Jesús. Amor. Yo agregaría que amor, porque hay que ver la forma como Jesús mira a Olga y la dulzura con que le responde mil veces, si es necesario, la misma pregunta y con la que le compra un reloj cada mes… siempre se le dañan, y como no vea un reloj en su muñeca izquierda, ella piensa que se lo robaron y se altera, así que él prefiere comprar todos lo que sean necesarios.

Estamos sentados en la sala de la casa donde Olga ha vivido siempre, en Escallón Villa, y ahora ella me mira para decirme: “Soy maestra, ya me jubilé, me pagan sin trabajar”, y ríe. He perdido la cuenta de las veces que me lo ha dicho.

En la casa viven, por supuesto, la seño Olga, Rafaela Buendía -la única de sus tres hijos que está viva, la mamá de Jesús-, Maritza (la contrataron para cuidarla) y Mario. Jesús vive al lado, y no piensa mudarse. Es él quien recoge a Olga cuando le da un ataque de pánico, cuando piensa que esa no es su casa, y él le da una vuelta en el carro y vuelve a traerla. Es él quien todas las tardes, después de trabajar, va a verla y le recuerda, si es necesario, que se llama Jesús, su nieto. Es él quien la quiso poner a bordar de nuevo, para que el tiempo pasara más rápido. Él es el que cuenta que Olga puede leer El Universal fácilmente catorce o quince veces el mismo día.

Olga vuelve a mirarme. “¿Y esto de qué es?”, pregunta.

-¿Tú le contaste de esta entrevista? -le pregunto yo a Jesús-.

-No -responde-.

-Anda, ¿y por qué?

-De todas maneras se le iba a olvidar.

Le cuento a Olga que el fotógrafo y yo trabajamos en El Universal, y que estamos aquí para una entrevista a su nieto, Jesús. Ella calla. Todavía me mira.

Jesús me va contando que le diagnosticaron la enfermedad hace apenas cinco años, pero que todos en la casa sospechaban que esos olvidos no eran normales. Se resistió durante años a ir al médico, pero fue y le dijeron que padecía alzhéimer “agresivo”. Todos lo sospechaban, pero no por eso les dolió menos.

-¿Y qué buscan ustedes?

-Una entrevista a su nieto.

-Ah, bien, bien. Yo soy maestra jubilada.

No sé muy bien cómo, ni exactamente en qué momento, pero después de tanto preguntar sobre los motivos de esta entrevista, Jesús le ha dicho a Olga que estamos aquí porque vamos a fundar un colegio, uno en Escallón Villa, y que la vamos a contratar.

-¿Quieres dar clase otra vez? -le pregunta Jesús-.

-Cómo no. Sí, quiero entrar a trabajar, quiero ganar plata.

Ella jura ahora que tiene 50 años, y que podría ser la rectora.

-¿Cómo se va a llamar el colegio?

-Villa Olguita -responde Jesús-.

-¡Anda! -la seño ríe a carcajadas, abre bien los ojos, levanta las cejas-, y yo me llamo Olga, para que piensen que es mío. Yo me aburro mucho en la casa, Dios me los mandó a ustedes, qué bueno.

-¿Y cómo se va a llamar?

-Villa Olguita.

-Ay, yo soy Olga, van a pensar que es mío.

Y ríe a carcajadas, abre los ojos, levanta las cejas. Vuelve a ser feliz, aunque en dos minutos se le olvide.

***
En alguna página de ‘El olvido que seremos’, el libro de Héctor Abad Faciolince, que me recuerda a Olga, dice: “La memoria es un espejo opaco y vuelto añicos, o, mejor dicho, está hecha de intemporales conchas de recuerdos desperdigadas sobre una playa de olvidos”. Ella olvida casi todo, casi, porque hay cosas específicas que no se borran de su memoria: que tuvo tres hijos, que fue maestra durante más de veinte años en el Colegio Mixto de Escallón Villa y que ya está jubilada. Yo tampoco lo olvidaré que es maestra jubilada, ¿y cómo, si ya olvidé las veces que me lo repitió?

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