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Ana Luisa: La historia de lucha detrás del grafiti

Por: Sofía Flórez Mendoza

¿Alguna vez te has visto al espejo y no te agrada lo que ves? ¿Has sentido que la imagen que se refleja no te pertenece, no te representa? O simplemente, percibes que algo está mal pero no logras saber qué.

Con un afro perfectamente cuidado y sus particulares rasgos caribeños, es difícil pensar que Ana Luisa Muñoz pudo haber sentido algo parecido. A sus 23 años ostenta un talante de seguridad que desarmaría a cualquiera que intente agredirla, el mismo que en 2016, le dio el honor y la responsabilidad de ser ‘La cara de Cartagena’, al ganar un concurso en honor al aniversario número 483 de nuestra ciudad. El concurso tuvo la minuciosa tarea de hallar un rostro que representara a todas las caras de la Heroica. Uno que destacara la mezcla y la diversidad racial entre indígenas, africanos y españoles. Tras varios meses de búsqueda, el 3 de junio, el artista irlandés Fin DAC y el resto de jurados vieron ese rostro en Ana Luisa.

El rostro de Ana Luisa, una convergencia de los tres mundos, finalmente fue inmortalizado en un extenso mural en la calle El Pedregal, del barrio Getsemaní, bajo el nombre ‘Las Tres Guerreras’. Ese mismo rostro trascendería a nuevos escenarios, gracias a Fin DAC. El artista dio rienda suelta a su creatividad para plasmar esa imagen en la fachada de un edificio en Brooklyn (Nueva York), esta vez la bautizó como ‘La observadora’, pero sigue el mismo concepto artístico que la anterior; una mujer en pie de lucha, erguida, que resiste, observa y direcciona mientras vigila su territorio. Ahora, cuando Ana Luisa se prepara para que su imagen sea vista por miles de personas en una nueva obra de Fin DAC, en Londres, es consciente que su figura, más que adornar cualquier sector, es un símbolo de resistencia,  identidad y corporalidad.

Si dejamos los concursos y las pinturas a un lado, Ana Luisa no solo representa resistencia sino la lucha diaria que vivió ella, que aún vive y que viven muchas mujeres contra la  nostalgia de una ciudad sumida en situaciones adversas, divisiones y tensiones entre lo culto y popular, situaciones que se acentúan por el hecho de ser mujer, lo cual implica vencer las talanqueras machistas que siguen vigentes, al igual que el racismo, que en las mujeres se manifiesta en la pretensión de reducirlas a la imagen erotizada y exotizada que sugiere una visión folclórica de la danza, trabajos de servidumbre y las postales de la industria turística y sexual.
Y es ahí, cuando transgreden tu ser, tu esencia, que es necesario despertar, y eso fue lo que hizo Ana Luisa, despertar de ese letargo para luchar contra el atropello al que ha sido sometida su corporalidad durante años.

Una niña de barrio
Pero lo que pocos saben es que antes de ese despertar, en ella se escondía una niña que creció en las calles sin pavimentar del barrio Pablo VI, donde jugaba hasta que los disparos sonaban a su alrededor y tenía que detenerse, esperar que regresara la calma para seguir jugando como si nada hubiese pasado. La misma niña que vio cómo sus amigos y vecinos terminaban envueltos en las drogas, en delitos, prostitución y la muerte. La misma que veía cómo se repetía la historia una y otra vez, como si fuese una norma.

Y así el miedo se apoderó de su vida y de la de todos a su alrededor, pero ¿quién se podía asombrar si siempre había sido así? Ese era el ritmo natural de la vida, como también lo era negar su esencia, pues entre más parecido tuvieses a los blancos seguro llegarían mejores oportunidades, entonces alisarse el cabello era casi una obligación.

“Me alisé por un tiempo porque esa era la norma, empecé a construir una estética por fuera de mi corporalidad, deseando un ritmo corporal distinto al mío, en el colegio me sentí oprimida, no solo por los demás, sino por ese deseo propio de ser alguien más, bajo una estética que no era propia.
“Fui creciendo y me di cuenta que no era normal que fuéramos pobres, que viviéramos en un ambiente discriminatorio y racializado, de podredumbre, donde el miedo se volvió una epidemia. El color histórico de mi barrio había sido lo negro. No podía ser normal que tantos negros en Cartagena tuviésemos una forma de vivir tan extraña, que a mí me estaba segregando”, recuerda.

Con el paso de los años, Ana Luisa entendió que aquellas líneas invisibles de la raza, la clase y la discriminación no tenían nada de invisibles porque realmente estaban marcadas simbólicamente por una estructura y unos sistemas que mueven el mundo. El proceso racial y de género ha delimitado el trabajo, moldeando nuestra ciudadanía, la nación, el poder.

“Cuando me di cuenta que era mujer, que era pobre y además negra, entendí que debía luchar tres veces más que cualquier persona, porque las cargas son mucho más fuertes”.

La poesía me salvó de muchas cosas
En la universidad dio rienda suelta a su emancipación, no exenta de opresiones, porque todavía las tiene, pero empezó a trabajar contra esas opresiones. “Empecé a leer mujeres y yo me veía representada en sus luchas, independientemente de su color, su posición social, geografía, y me di cuenta que no solo pasaba en mi comunidad, pasaba en muchas ciudades y en el mundo, así que empecé a escribir, como parte de un deseo innato por narrarme y descubrirme, aunque sin duda mi madre y mi abuela fueron mi mayor influencia”, recuerda.

‘La candela viva’
En principio Ana soñaba con ser bailarina de danzas modernas, sueño que no pudo hacerse realidad por cuestiones económicas, sin embargo, gracias a los esfuerzos de sus padres, en especial de su madre, logró terminar su carrera de comunicación social, llevándola a desempeñarse en el área del periodismo y participar de proyectos como el Hay Festival, Festival de Cine, entre otros, y modelar para artistas que bajo su propia estética y en sus propios términos muestran en cada foto o cada imagen, respeto por su esencia.

De ahí surgieron movimientos como ‘La candela viva’, que además de ser su nombre artístico, se convirtió en su proyecto personal que cuenta con portal web en el que comparte su portafolio de trabajo, busca unir experiencias y crear espacios de amor, de escucha.

“Siempre me baño con música, en especial salsa y cumbia. Un día puse ‘La candela viva’ y mi mamá me grito: ¿ahora qué te crees, La candela viva?, y me identifiqué y supe que podía usarlo como una marca, desde entonces empecé a crear una especie de personaje alrededor de esto. Puedo ser varias mujeres pero todas convergen en una que es ‘La candela viva’, es decir, mi nombre no es el fruto de una simple casualidad sino el reflejo de las tantas mujeres que yo he aprendido a ser en mi corta vida, refleja mi yo, mi caribe, mi identidad y corporalidad”.

La lucha
‘La candela viva’ sabe que cuando se unen las luchas se logran grandes cambios, por eso desde la posición privilegiada de aceptación y libertad en la que se encuentra no limita sus esfuerzos, trabajando con comunidades en talleres sobre racismo, identidad y cultura.

“Se trata de un trabajo independiente, es importante que las mujeres que están en ese privilegio de aceptación y de logros deberían ayudar a las demás, porque siempre hay alguien que necesita de nuestro apoyo, esa es la razón por la cual creé mi página, en ella hay un apartado llamado ‘La lucha’, donde la idea es compartir proyectos comunitarios artísticos y periodísticos sobre mujeres y cuerpos diversos que han sufrido violencia, desamor y amor,  hacer un trabajo colectivo”, dice.

Y agrega: “(…) quiero que llegue el día en que la mano machista no pueda señalarnos y aniquilarnos sino que hagamos una revolución contra lo que nos vino establecido. Yo todavía peleo con el espejo, aún es difícil la aceptación y, a veces, el espejo es un arma aniquiladora, pero hoy siento que cuando me veo en él estoy yo, y me encuentro a mí, interpretando al mundo como soy, y me digo: quiero ser una mujer propia, quiero ser yo y eso para mí es un espacio de libertad”.



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