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Anoche o cualquier otra

Anochece y parece que no va a amanecer.

La ciudad se cubre con un manto de rumba sin prohibiciones. Y así lo entienden, en especial, sus visitantes, que se regodean en cada esquina de cada plaza, calle, parque y bar.

Los tugurios más improbables se llenan de mujeres de todas las regiones del país. Y los hombres, ávidos de entretenimiento, acechan en un Centro Histórico que vende la Dolce Vita a ritmo de salsa, reguetón, vallenato y hasta tropi pop.

Sus gestos, mimos, palabras de amor, toda ella era una simulación mal acompasada. Le pareció muy curioso que Francisco, un empresario de poca monta, se tomara tanto trabajo para convencerla.

Él siempre mentía cuando conocía a una mujer como ella: decía que era malabarista, y cuando tenía sobredosis de valor iba más lejos, convencía a las mujeres de que ofrecía conferencias para hombres inseguros e incapaces de seducir a una.


Parece que todos desembocan por un momento en la Plaza de Los Coches, punto obligado que cuenta con el enorme atractivo de la Torre del Reloj en donde nadie deja de tomarse una foto como prueba de que estuvo en la Heroica.

Sin embargo, Cartagena es una ciudad que revela su cara oculta después de las 2 de la mañana, cuando pululan las prostitutas por las calles, después de haber bailado, tomado y fumado lo que hayan querido invitarles.

La joven caleña, de busto amplio y cintura estrecha, sintió desprecio y lástima por él. No obstante, sentía más lástima por sí misma, porque no se llamaba Milena, ni Ivonne, ni ninguno de los nombres que siempre juraba revelar.

A su juicio, Francisco no era más que un niño curioso. De hecho, todos los hombres del mundo le parecían infantes. Su experiencia le dictaba que los hombres eran aún más necesitados cuando había cocaína y cerveza de por medio. Él era un hombre que no superaba los 35 años, bien vestido, con un aire a maestro de artes.


Las vendedoras de pasiones fugaces que logran hacer negocio, merodean las calles La Moneda y Media Luna donde funcionan la mayoría de hoteles y antros a los que llegan tomadas del brazo de sus acompañantes.

Se conocieron en una noche de un sábado fresco y enreversado, en el que Francisco hizo un total de 39 interacciones, conversando con cuanto personaje siniestro aparecía en las calles de una ciudad innombrable. Tina (nombre que reveló más tarde) trabajaba para un italiano de estatura media y gafas ridículas. Era el dueño del negocio más abominable del Centro Histórico a donde llegaban las putas más baratas.

Italianos, argentinos, austríacos, e ingleses, entre otros,  forman parte de este engranaje que tiene como cómplices a  los taxistas noctámbulos. Bares como Electra, Isis y Queens, (en las entrañas del Centro) se reconvierten en casas de “amor” acelerado, porque la madrugada en Cartagena tiene forma de mujer.

Los extranjeros desplazan a los andinos en la preferencia de ellas. Llegan caminando por el Camellón de los Mártires luego de haber bebido en cualquier sitio de la Calle del Arsenal.

Francisco atravesó el umbral del club, tras ser revisado por un negro obeso. Caminó entre mesas vacías y prostitutas tristes, pero animadas por la droga. Allí la vio. Tina estaba rodeada por tres mujeres mal arregladas, quienes, antes que venderse barato, preferían terminar su noche sin un peso. Él se acercó lentamente tomándola por la cintura.

-¿Cuál de ustedes me va a invitar una cerveza? – dijo Francisco creyéndose muy ingenioso.

Dos de ellas rieron. Una giró su cabeza para buscar otra propuesta, y Tina lo miró de arriba abajo, deteniéndose en su bragueta.


La muerte no existe. Sólo el placer y la nostalgia echan a rodar entre la oscuridad. Ya no se ven cocheros ni vendedores ambulantes, sólo quedan, entre otros, los vendedores de café tinto conocidos como “tuchines” (procedentes de Tuchín, municipio de Córdoba, e indígenas de la etnia Zenú) que confluyen también alrededor de esa neblina de sexo furtivo.

- Yo las invito, pero tú las pagas – indicó otra concubina ocasional.

Francisco se negó con un gesto horizontal de su mano derecha que luego extendió para sacar a Tina del grupo y llevarla a una mesa aparte.


Caleñas, paisas, costeñas, y hasta rolas hacen parte del caos de la noche en el que giran varias soledades. Además, vagan grupos de amigos del interior del país con guías turísticos improvisados y de mal aspecto.

Con la premisa de curar sus almas a través del sexo se perdieron en el sueño inducido del descontrol. Casi un bálsamo para sus ánimas.

En el horizonte de la Avenida Santander, un resplandor empieza a romper la noche que se creía invencible. Parecen las 5 de la mañana.

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