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Arnaldo Rodríguez: cuando la vida es más poderosa que la muerte

Nada hizo presagiar a Arnaldo que aquel 6 de julio de 2016 su vida estaría a punto de terminar. Al contrario, tres días de descanso seguidos después de los turnos en el área de cirugía del Hospital Universitario del Caribe lo tenían no solo sonriendo, sino con las baterías recargadas. En él, aquello de presentir cuando se acercan momentos aciagos no se cumplió.

Su día comenzó normal aquel miércoles. El internado en el HUC lo mantenía ocupado y preocupado a la vez, dada la situación de anormalidad de ese centro asistencial, amenazado por un cese de actividades de los internos y residentes por la falta de insumos para trabajar. Estaba en el último semestre de medicina de la Universidad de Cartagena.

Ese día hubo asamblea de estudiantes de todos los semestres y Arnaldo Alfonso Rodríguez Castillo, de 21 años, fue escogido como representante de su equipo de rotación para las negociaciones que iban a emprender para defender el derecho a laborar en condiciones dignas. La decisión que él y sus compañeros iban a tomar ese día estuvo a punto de librar a este médico de cumplir su gran sueño. La muerte lo acechaba, aupada por la inseguridad en Cartagena.

“Como terminamos temprano, decidimos irnos para la casa de una compañera, lugar que se había convertido en una especie de sede de esta clase de encuentros. En lo particular la considero mi segunda casa. Esa reunión la habíamos hecho muchas veces, y ese día era más importante porque al día siguiente eran los grados en la universidad e íbamos a planear qué le haríamos a los compañeros. Nos sentamos, como siempre, en la terraza de la casa. A las 7 de la noche llamé a mi mamá. Mis compañeros y yo, unos 25, no estábamos haciendo nada que no hubiéramos hecho antes porque donde estábamos no es un barrio peligroso”.

Pasados algunos minutos, él, que estaba sentado de espaldas a la calle, vio cómo se les demudaba el rostro a los amigos que tenía de frente. Aún no sabía qué estaba pasando. Cuando sintió fue una voz en el oído que le dijo enérgica: “el teléfono”, y enseguida sintió el cañón de un arma de fuego en la parte baja de la espalda. La muerte había llegado disfrazada de atracador, de esos que suelen andar detrás de los celulares de alta gama de los estudiantes.

No tuvo tiempo de reaccionar. Solo sintió un estruendo y una humareda. Hasta ese día supo lo duro que suena un disparo a quemarropa y el terror que ese sonido suele causar entre las personas que están cerca. Vio que sus amigos corrían, unos gritaban y otros quedaban estupefactos.

“¿Quién más quiere un tiro?”, escuchó que decía el antisocial, al que nunca vio, solo oyó. Esos segundos para Arnaldo fueron eternos, aún sin saber que le habían disparado porque no sintió ningún dolor cuando la bala perforaba en su cuerpo. “Caminen para dentro de la casa”, decía en tono amenazante el ladrón. “Aquí hay más”, decía el otro delincuente que se había quedado en la calle, en la moto. Cuando vio la expresión del rostro de algunos de los compañeros médicos que pudieron reaccionar supo que algo grave estaba pasando con él.

“Todos estábamos en shock. Cuando los ladrones se fueron porque algunos vecinos comenzaron a darse cuenta de lo que estaba pasando, fue que me sentí mojado, pero era que ya estaba sangrando bastante. Todo fue confusión. Me subieron en la parte de atrás de una camioneta a una hora donde el tráfico es pesado. Me sacaron por el sector de Los Ejecutivos, mis compañeros alertaban a los conductores de motos que necesitaban vía porque llevaban un herido de bala y estos comenzaron a pitar. En ese momento pensé que me iba a morir y se me vino a la mente mi mamá, la que peor toma esta clase de noticias. Después supe que no es solo ella, sino todos en mi casa. Como médico supe que el disparo no había sido en la columna porque podía mover las piernas y eso me lo corroboró mi amigo Roberto, uno de los pocos que mantuvo la calma. Cuando por fin llegamos al HUC había mucha gente esperando porque se regó la noticia de que le habían disparado a un médico. ‘Ustedes van a salvar mi vida’, les dije. Había gente llorando y cuando me vi en el espejo del ascensor me asusté mucho porque estaba muy pálido.

“¿Que si se piensa en la muerte? Sí, pensé en que me iba a morir, pensé en mis padres, en mis sueños. El impacto es tan grande en un momento de esos que ninguno de mis compañeros pudo dar una versión completa de los hechos. Después se entra en un estado de depresión tal que hay que buscar ayuda para superarlo. En mi caso, la fe es un elemento muy importante para salir adelante. También lo es la familia, los mensajes que te mandan personas que sin ni siquiera conocerte te dan ánimo. Tras la cirugía quedé con una colostomía, pero así me gradué y así comencé a prestar mi servicio social obligatorio. Afortunadamente el disparo fue en diagonal y no me perforó órganos vitales. Hoy pienso que Dios pone en el camino a las personas para algo. Uno de mis ángeles es el doctor Hernando Cova, me ayudó y me ha seguido ayudando mucho desinteresadamente.

“El día del grado no sabía que mis compañeros, con ellos estoy agradecido porque nunca me trataron diferente tras la cirugía y convalecencia, se habían puesto de acuerdo para ponerse de pie y aplaudir cuando yo saliera a recibir el diploma de médico. Y así fue. Cuando vi eso no sabía si llorar, salir corriendo o seguir. Opté por seguir y cuando me acerqué a la mesa, la doctora Manuela Berrocal me abrazó y me dijo al oído: ‘Que Dios te bendiga’. Fueron momentos muy emotivos. Al final, lloré”.

Hoy Arnaldo Rodríguez Castillo sigue en la misma lucha en que andan miles de colombianos: detrás de una EPS para que le ordene la cirugía que requiere para la colostomía, y pese a que tiene momentos difíciles y de desespero, siempre se da la oportunidad  de buscar calma. “El tiempo es el que sana todas las heridas”, se dice para darse ánimo.

Mientras espera, sabe que será un médico más humano porque sintió lo que siente un paciente en un hospital. También porque a sus 22 años vivió una de las experiencias más aterradoras de cualquier ser humano, lo que lo obliga a decir que la madurez no está en la edad. “Desde ese día hay otra persona en mí, que mira la vida de otra manera. Hoy doy el valor a lo que verdaderamente lo tiene. Soy una persona que cree que de todo lo malo, pasó lo menos malo”, dice el joven que cree que no todos tienen la oportunidad que él tuvo: una segunda vida. La primera se la llevó la inseguridad.  



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