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Así vivieron el Residente, el Oficial y el Tintero el tiroteo en Bocagrande

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El Residente sabe perfectamente a qué huele el pánico. El Oficial ha visto de frente el rostro pálido de la muerte. El Tintero ha bebido un sorbo amargo de desesperación. Los tres saben qué se siente al tener la muerte respirando en la nuca, demasiado cerca. Esta película es real, tiene nombre y fecha: Bocagrande, miércoles 14 de septiembre de 2016.

EL RESIDENTE. Ha despertado este miércoles un poco más tarde de lo normal. Es que la noche no fue buena, la perdió entre angustias. La pasó pensando en su hijo, que no vive con él y que sufrió una crisis respiratoria aguda. La incertidumbre no dio tregua y él, a falta de sueño, adelantó un poco de trabajo... ya sabe, informes atrasados. Solo hasta después de la una de la madrugada consiguió dormir.

Despierta a las siete y media. Ya es tarde para llegar temprano al trabajo, así que ni para qué correr. Se afeita con calma. Sale en toalla del baño a la cocina. Se prepara unos huevos revueltos con cebolla blanca -no hay morada- y los come con pan. Ahora sí se cambia: jeans, camisa y zapatos. Ya casi a las ocho y media, abre la puerta de su apartamento, da un paso afuera y se encuentra con tremenda película.

Dos tipos extraños, falsos uniformados del Inpec, caminan de un lado a otro. De pronto, uno dispara. El residente queda estupefacto. ¿Un balazo en Bocagrande? ¡Cómo es posible esto! ¿Acaso el mundo se acaba hoy?

Los vecinos del edificio Galeón Azul que están en el ascensor gritan despavoridos. Hay más disparos, de lado y lado, porque la Policía acaba de entrar. Y el residente sigue paralizado. Este susto tan berraco le ha adormecido las piernas y congelado el cerebro. Y justo cuando parecía que no podía estar en peor lugar, uno de los tipos saca un fusil...¡palabras mayores! Esa es la cachetada que hacía falta para despertarlo. Entonces, el residente sale de ese letargo de “eternos” segundos: da media vuelta, cierra la puerta de un solo golpe. Corre los pasos más largos que jamás dio y abraza el suelo.

EL OFICIAL. El día comienza puntual, como siempre. Parece tener un despertador integrado en el cerebro que suena a las cinco y treinta de la madrugada durante los últimos trece años, los mismos que lleva en la Policía. Prende el radio, todo en orden.

Su mujer prepara sánduches, él se pone el impecable uniforme verde de siempre...en su clóset hay más uniformes que jeans. Desayuna. Se despide de su mujer de beso. A las siete en punto lleva al colegio a la niña -3 años-. Hoy debe encargarse del Primer Distrito de la Metropolitana mientras su jefe asiste a una reunión de oficiales con el General.

Camino a Bocagrande, en la camioneta blanca que le ha asignado la Policía, escucha la alerta de la Central de Comunicaciones: en el edificio Galeón Azul denuncian un intento de robo... o de secuestro, ¿quién sabe? Son las ocho y apenas pasa por Manga.

El Oficial, que hace un mes fue baleado en el abdomen en medio de un atraco y todavía no camina bien, ordena a dos patrullas a atender el caso. Todas reportan su llegada. La emergencia parece común... ¿común?

Los tipos llevan fusiles, están en el piso 15 y visten como guardianes del Instituto Penitenciario y Carcelario, Inpec. El oficial ordena la llegada de dos patrullas más, mientras pasa frente a la Torre del Reloj. “Vayan verificando, pero con todas las medidas de seguridad”, indica. Y piensa que no es un caso normal para Cartagena, donde “la delincuencia todavía es bastante inocente”. Encienden las sirenas y se pasan al carril de Transcaribe para sacarle el cuerpo a los trancones.

Mientras tanto, cuatro de los policías suben al piso 14 en ascensor y llegan al 15 por las escaleras. Se encuentran de frente en el pasillo con los tres falsos guardias, entre ellos una mujer. Solicitan identificación. Hay un detalle raro: la guardiana tiene el cabello largo y suelto, pese a que pertenece a una institución de reglas casi tan estrictas como las militares. Todo lo demás parece estar bien, pero de repente abre la puerta ‘el Pichi’, el vecino del Galeón solicitado por los “guardias”. Desesperado hala a uno de los policías, lo entra a su apartamento y le dice: “nos van a matar”.

Para este momento nadie -ni policías, ni vecinos- sabe que ‘el Pichi’ se llama John Jairo Jiménez Atencio, fue cabecilla del ‘Clan del Golfo’ y paga casa por cárcel por concierto para delinquir con fines de narcotráfico.

A los “guardias” se les cae la máscara. A los policías se les desploma el alma de físico pánico. Apuntan con sus fusiles, desarman a los patrulleros. Y hay un momento de incómodo silencio en los radios.

¡Cierren puesto de control! -exige el oficial, que acaba de entrar a Bocagrande-. Abre una de las ventanas y contempla al Galeón Azul. ¡Tan, tan, tan, tan! Suenan los balazos.

Nos encañonaron, nos quitaron el arma de dotación...jueputa, marica...los manes están armados con fusil. ¡Apoyo, apoyo...suban las unidades! ¿Van a dejar matar los compañeros? -grita un patrullero por el radio. Respira rápido-. Tienen a uno secuestrado.

-Déjeme modular... el policía que está arriba, baje, no va a hacer nada allá usted solo- responde el Oficial.

Los delincuentes van bajando por las escaleras persiguiendo a los policías. Las balas siguen...

EL TINTERO. Despierta a las cuatro de la madrugada, se lava la cara, y recuerda las cálidas mañanas de su pueblo, Tuchín (Córdoba). Jeans, suéter, zapatos deportivos y gorra. Seis termos repletos de tinto, azúcar para los clientes que aman el dulce, mecatos y los celulares para vender el tiempo... los minutos.

La misma rutina de los últimos veinte años: se alista, desayuna pan con leche y sale para Bocagrande, a ponerle café a las mañanas frescas de vendedores, transeúntes y obreros, hace algunos años afuera del Galeón Azul. Mientras ve ir y venir a sus clientes, el Tintero charla poco y ríe. Sabe escuchar.

Este miércoles, ya el reloj pasó las ocho, y él atiende su carrito. Algo huele mal: tanto policía en Bocagrande. Los uniformados llegan agitados, algo pasa, y es grave. Los policías desenfundan sus armas y el Tintero agudiza sus sentidos. Las armas se sacan para usarlas y este humilde vendedor de  café no está dispuesto a esperar que lo peor pase ante sus ojos, así que agarra sus chiros y corre rápido. Su trinchera: uno de los edificios vecinos.

El sonido de la primera bala desata caos y él corre cada vez más rápido, ya ni le pesa el carrito de los termos. El tráfico vehicular en la Avenida San Martín es un caos. La gente se baja despavorida de sus carros y pronto el Tintero se ve rodeado de una multitud abrumadora que llora y suplica piedad. Hay mujeres desesperadas, los hombres lloran igual. Llaman por teléfono. Claman a Dios que todo acabe. El Tintero permanece quieto mientras pasa esta tormenta mañanera, de cielo azul y sol radiante.

Residente, Tintero y Oficial
El Residente tiene las manos en la cabeza. Intenta evitar que una bala perdida lo encuentre. Pretende sobrevivir en este campo de batalla en el que se ha convertido el que hace solo minutos era un remanso de paz: el imponente Galeón Azul.

Para este momento, el miedo no da tregua. Y la incertidumbre menos.

¡Bendito sea Dios! Cada minuto parece más largo que el anterior. El sonido ensordecedor de los balazos cala en sus nervios y le hace pensar en su hijo. Parece tener en el cerebro una pantalla grande, que proyecta los momentos felices de su vida: la sonrisa de su hijo, los ojos de su mujer y la ternura infinita de su madre...

El Oficial decide apostar su vida: ordena a su conductor que bloquee la salida del parquedero del edificio con su camioneta y lo acompaña. Cuando por fin logran estacionar, dos maleantes -la mujer escapó- llegan al parqueadero y encuentran el vehículo servido en bandeja de plata: puertas abiertas y llave puesta.

Cojo y aturdido, el Oficial corre por su vida mientras le disparan. Se tira al suelo junto al conductor. Los bandidos suben a la camioneta con sus armas y arrancan. El Oficial y el conductor se levantan y disparan contra la camioneta. Hieren a uno de los falsos guardianes, que no consiguen llegar lejos. Se estrellan contra dos taxis y los capturan.

El Tintero agarra sus tintos y se va al Centro a terminar de venderlos mientras pasa el susto... Menos mal que él mismo prepara aromática.

¿Y si Dios le dijera al Oficial que la mañana del 14 de septiembre de 2016 se repetirá hoy en Bocagrande? “Haría exactamente lo mismo. Esto es cosa de Dios y del valor de la Policía... todo estaba dado para que hubiera mínimo diez muertos y sólo hay que lamentar la pérdida de una camioneta”, responde sin titubeos.

Es como si los tres se hubieran levantado este miércoles con el pie izquierdo, pero no. Residente, Oficial y Tintero han vuelto a nacer hoy. Se levantaron con el pie derecho. 

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