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Bajo las sábanas de un motel

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Imagine que la vida es perfecta y usted se cuadra con Zac Efron. Ese espectacular actor, de ojos azules y piel bronceada, está loco por usted y entonces le propone que tenga una noche loca. Horas y horas de pasión en un motel de Cartagena.

¿Y si usted, señor lector, es un hombre heterosexual? No hay problema. Piense que la despampanante Scarlet Johannson le hace semejante propuesta ‘indecente’.

La esperadísima noche llega por fin. Usted y su pareja van a una habitación perfecta: hay una cama grande, sábanas blancas y jacuzzi. Huele a rosas. La faena comienza y la cosa va bien. De repente, y en el mejor momento, la pesada cabecera de la cama se desprende y ¡pum! cae en la cabeza de su amado(a). Un momento...¿y la pasión? Se transforma en ira y después en risa, pero regresa y finalmente ambos logran llegar un ratito al paraíso.

Puede volver a hacer el ejercicio con Cristiano Ronaldo, James Rodríguez, Sofía Vergara, Shakira...el vecino o la vecina que siempre ha deseado en secreto...Bueno, bueno, ya...despierte y prepárese para leer anécdotas moteleras de simples mortales ávidos de amor.

Los protagonistas de esta página son unos cuantos conocidos que se “confesaron” conmigo y dos parejas. La primera se ha propuesto conocer todos los moteles de la ciudad y la otra administra hace nueve años uno de esos negocios.

Y todo porque hoy es domingo, ¡y se vale reír!

La aventura de Teresa no termina
Trece moteles en tres años de relación, nada mal, ¿no?
Soy (*)Teresa, tengo 26 años y esta loca aventura comenzó cuando mi novio y yo teníamos apenas un mes de relación. Las cosas iban bien, súper bien, tanto que la cosa comenzó a calentarse. Hay parejas que esperan un año para tener relaciones íntimas, otras que lo hacen el primer día...nosotros comenzamos al mes, ya estamos grandecitos y sabíamos bien lo que hacíamos. Recuerdo el día en que me convenció. Nos tomamos unos cuantos tragos, los suficientes para que él se atreviera decir:

-Tú estás conmigo en todas, ¿verdad?

-Sí, ¿por qué lo dices? -pregunté-

-Te voy a llevar a un lugar solo para los dos -respondió-

-¿Para dónde? -repliqué-

Yo sabía bien para dónde íbamos y a qué, pero me hacía la boba. Le dije que no entendía, pero fui sin poner ni un poquito de resistencia. 

Llegamos al primer motel. Era discreto, sin dioses ni faraones. Esa noche fue... ¡fatal!

Me di cuenta que él conocía el lugar porque, por ejemplo, sabía dónde estaban las luces. Recuerdo que en una de las paredes estaba dibujada la silueta de una mujer muy sensual, había dos espejos, un televisor y música de emisora, creo que vallenato. Y yo comencé a ponerme nerviosa. ¡Bonita la hora de sentir pena y miedo! Me dio frío y rabia porque las trabajadoras del motel no eran discretas ¡y yo solo quería intimidad! Olía a desinfectante...a hospital. Ni siquiera pudimos hacer el amor cómodamente, con todas las de la ley. Imagínate que había dos espejos y no los veía por pura y física pena. ¡Qué rabia tan infinita!

Él, como buen caballero, me llevó a la casa no muy feliz, pero no íbamos a claudicar así de fácil.

La cuestión es que solo podíamos materializar nuestro deseo “tranquilamente” en moteles. En la casa de él también viven sus papás, un primo y su sobrino, así que ni loca me encierro en un cuarto con él. La sola idea de que su mamá imagine que estamos haciendo el amor me incomoda, así que su casa no es una opción, ¡y la mía menos! En mi casa no puedo porque soy mujer, el feminismo no ha avanzado tanto aquí y mi papá jamás lo aceptaría.

¿Por dónde íbamos? ¡Ah, por la frustrada primera vez! Esa incomodidad me duró cuatro largos meses, pero después, cuando me acostumbré y le “cogí el maní”, comenzó lo bueno. Se me quitó el complejo de boba y le propuse algo que ni se asomó por mi cabeza la primera y nefasta noche: “¡Vamos a conocer todos los moteles de la ciudad!”, le dije. Y él se puso “bravísimo”, qué va, aceptó encantado.

Hemos viajado por castillos encantados y jugado en habitaciones que parecen más bien la casa de Barbie.

¿Que si recuerdo alguna anécdota? ¡Claro!

Un día fuimos a una súper habitación, la mejor que he visto. Apenas entramos, él me agarró fuerte, me cargó y recostó a una pared...bueno, parecía pared de concreto, pero en realidad era de cartón paja o algo así..y allá vamos con todo y cartón. Tocó “emparapetar” el daño y salir del motel antes que cobraran. Nunca regresamos.

También recuerdo la vez que entramos a un motel pequeño, el cuarto parecía de muñequita porque estaba pintado de colores pastel. Él me llevaba de la mano, entramos y apenas dimos la espalda una empleada cerró la puerta con candado. Él es claustrofóbico y entró en pánico. En fin...nos fuimos sin hacer nada.

Vamos a ver qué pasa la próxima vez, todavía hay bastante por conocer.

Un negocio tan bueno...tan loco
Según el registro mercantil, en la Cámara de Comercio de Cartagena hay 35 empresas registradas como servicio de alojamiento por horas. Ese es el dato oficial, pues la cantidad de negocios informales no está especificada. El negocio de las residencias es como el de los restaurantes: siempre hay gente con hambre.

José (*) y Mary (*) lo saben bien, viven juntos y desde 2007 administran un motel en Cartagena. El negocio es familiar y funciona hace más de treinta años.

Tiene 26 habitaciones y no es cinco estrellas, pero funciona “solito” de lunes a lunes. Un día promedio, la residencia se convierte en el nido de amor de unas 50 o 60 parejas y un día buenísimo entran unas 120. ¿Cuál es el día más movido? El sábado y el peor: el viernes sin moto. ¿Las horas pico? De 5 de la tarde a 7 de la noche.

La habitación más barata se alquila por dos horas a 17 mil cómodos pesos y la más costosa a 20 mil por el mismo tiempo. Las mejores fechas no son ni el Día del Amor y la Amistad ni el de la Secretaria, sino las quincenas y el mejor mes: diciembre. ¡Y hay que ver todo lo que hace la gente por unos minuticos de pasión!

“Hay quienes llegan con niños de brazos y pretenden que los dejemos entrar así. Parejas que discuten dentro de la habitación y terminan saliendo desnudos a seguir el lío en los pasillos. Camioneros que vienen con prostitutas, les echan escopolamina, los roban y después quieren que nosotros respondamos. Vienen evangélicas con sus faldas largas y Biblia en mano, recién salidas del culto con sus ‘hermanos’. Trabajadoras sexuales que terminan desahogándose con las señoras del aseo. Extranjeras hermosas con hombres feísimos...aquí pasa de todo”, concluye José entre risas.

Mientras usted recuerda su anécdota, puede ir leyendo las de quienes aceptaron “confesarse” para esta Faceta. Son cinco.

1. Cuatro en uno
Hace muchos años, cuando estaba en la universidad, yo tenía un Renault 4. Cierto día estaba con mi novia, con mi mejor amigo y su novia, y a todos se nos metió una calentura absurda. Decidimos ir a un motel, pero no nos iban a dejar entrar a los cuatro y tampoco teníamos plata para alquilar dos habitaciones, así que mi amigo se metió en el baúl del carro y su novia se acostó en la parte trasera. Le echamos encima algunas cosas y la tapamos. Parqueamos y subimos los cuatro sin que ningún trabajador del motel lo notara. Ya en el cuarto, tiramos una moneda para rifar cama y baño: yo me quedé con la cama y mi amigo con el baño. Cada pareja tomó su sitio y comenzó el jala que jala. La novia de mi amigo gritaba como loca, y eso que tenía mordida una toalla. Pensé que nos iban a descubrir, pero no. Salimos ilesos y satisfechos.

2. ¡Trágame tierra!
Tengo un amigo que le fue infiel a su esposa. Ella compró un carro que él usaba ocasionalmente. Un día, ese amigo agarró el carro y se llevó a la amante a un motel. Subieron e iban a empezar la faena cuando él se dio cuenta que no tenía las llaves del carro. ¡Se quedaron dentro del carro y la única copia la tenía su esposa! Se le cayó el mundo encima y cuando iba a llamar a una grúa para que sacaran el auto y se lo llevaran lejos, se le ocurrió llamar a un amigo que sabe bastante de tecnología. Total, desbloquearon el carro a través de una aplicación móvil y mi amigo salió enseguida, sin hacer nada con su amante.

3. Puerta inoportuna
Fui con mi novia a un motel. Entramos a la habitación, nos acariciamos un rato y ella entró al baño. Pasaba el tiempo y ella no salía. Me acerqué a la puerta y pregunté por qué tardaba tanto. “No me gusta nada tu broma”, dijo, y yo respondí que no tenía nada que ver. La puerta se atrancó y tuvimos que llamar a un plomero que abrió la puerta. Ella estaba desnuda y cogió tanta rabia que nos fuimos sin hacer nada.

4. ¡Por un sapo!
Una noche mi novio y yo fuimos a un motel que queda en el sur de la ciudad, al lado de un caño. Todo era felicidad y pasión hasta que comencé a escuchar “croac, croac”. Al principio no presté atención, pero después se fue esfumando la magia, miré y a un lado de la cama había un sapo gigante. Tanta pasión desapareció en un segundo. Tuvimos que llamar a la recepción, se lo llevaron y solo entonces pudimos terminar nuestra “tarea”.

5. ¡Pena máxima!
Una noche, mi novia y yo, junto a algunos amigos, nos tomamos unos tragos. Cuando la parranda terminó quisimos intimar y fuimos al primer motel que se nos atravesó en el camino. Era modesto, pero decente. Hicimos y deshicimos y ella gritaba mucho. Al terminar, salimos y entonces todos los trabajadores nos miraban y se reían. Supongo que la escucharon. A ella le dio pena y a mí orgullo.

 

(*)Nombres cambiados.

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