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Belinda García: el gran milagro de vida

Cuando la desesperanza parece ganar la batalla, cuando por la falta de fe no se es capaz de mover esa montaña que hay que apartar para avanzar o cuando el túnel de la vida parece volverse estrecho y oscuro, gratifica encontrarse con personas como Belinda Luz García Jiménez, mujer de sonrisa amplia, ejemplo de resiliencia y esperanza.

Belinda García, como se le conoce, es una destacada comunicadora social – periodista oriunda del corazón popular de Barranquilla, barrio La Unión, donde nació y se crió en un hogar que sobrevivió de vender comidas corrientes, y donde siempre hubo porciones de amor y comprensión para todos. Eso la formó como ser humano.

Más allá de sus muchos logros profesionales y una trayectoria de más de 25 años en medios de comunicación y en la academia (sigue vinculada a la Universidad Autónoma del Caribe), quisimos conocer la historia que esta valiente tiene para contar a aquellos que creen que el mundo se les acaba. Para ellos, la historia de la mujer que ha esquivado la muerte, luchando por el gran milagro de la vida.

La historia
La historia que le partió la vida en dos y que la tiene hoy sobreviviendo con un trasplante de hígado, comenzó casi por casualidad. Mañana tiene cuatro años.

Un día, junto a su esposo, decidió que quería tener un segundo hijo. Comenzó tratamientos con su ginecólogo de confianza. Tras varios exámenes se le diagnosticaron miomas, los que se les extraerían por laparoscopia.

El día del procedimiento todo iba bien hasta que el médico decidió, de paso, auscultarle otros órganos. La sorpresa no se hizo esperar:

“Mi hígado estaba pequeño, achicharrado, por una hepatitis C que nunca se me había manifestado ni diagnosticado, porque esa enfermedad es asintomática y se detecta en etapa terminal, en etapa ya cirrótica. Por la anestesia tuve complicaciones graves ese mismo día. Todo el día estuve hospitalizada. Me cuentan que mi detonante fue que soy alérgica a los aines, que consumía porque me daban migrañas. Ese día no me dijeron nada. De allí en adelante comenzaron las luchas, pero también los milagros de vida. Aparecieron mis ángeles terrenales”.

Los aines son antinflamatorios no esteroideos, muchos de venta libre.

Primer milagro
El primer milagro, dice, se le dio en Coomeva, EPS a la que está afiliada y que no es ajena a la crisis del sector.

“Cuando me enteré que tenía hepatitis C, llevo ocho años diagnosticada, no voy a negar que me preocupé y entristecí, pero me dije que tenía que salir adelante. El panorama no pintaba bien porque los medicamentos que me tenían que aplicar son de alto costo y todos sabemos lo que eso significa al pedirlos a las EPS. Le dije al médico que yo misma iba a hacer esa diligencia y pedí una cita con el gerente de Coomeva. Me vestí, me maquillé, me llené de actitud y me fui para esa oficina. Cuando llegué había otras personas pero cuando me anuncié la secretaria avisó al funcionario. Salió un señor amable, que me miraba y me miraba, y me dijo: Belinda, usted no me conoce, pero yo a usted sí. Sorprendida le pregunté que de dónde y me contó la siguiente historia: mi hija estudió Comunicación Social en la Uniautónoma cuando usted era vicedecana. Cuando estaba a punto de expirar el plazo para la matrícula ordinaria, ella se acercó a usted para pedirle que le ayudara con un nuevo plazo. Usted la escuchó y le dijo que la iba a ayudar, pero de otra forma: tomó su tarjeta, se fue para un cajero automático y le dijo que todo lo que tenía allí se lo iba a dar. Y así fue. Hoy, ella no solo terminó su carrera, sino que tiene un buen cargo en el Gobierno y esa dependencia es la que autoriza el medicamento que usted ahora necesita. Me puse a llorar. Mis primeros ángeles terrenales.

“Fueron 72 ampollas que son peor que cualquier quimioterapia. Decidí aplicarlas los viernes en la tarde para no tener que pedir incapacidad. Me fui adelgazando, se me cayó el cabello, pero así iba a dictar clases. Al final, el resultado no fue el esperado. La única opción que me quedaba era el trasplante. Me dijeron que ese procedimiento lo autorizaba el médico hepatólogo Rolando Ortega, ese gran científico que atiende en Cartagena, pero que a veces eso demoraba hasta un año. Me fui para Cartagena y después de hablar con él me dio el aval. Mi otro ángel y segundo milagro.

“Me fui para el hospital San Vicente de Paúl de Medellín a mi primera cita. Me puse elegante y llegué al primer consultorio. Cuando me anuncié con el comité ciéntifico, uno de los médicos me dijo que no me podían atender enseguida porque estaban esperando a una paciente que llegaba de Barranquilla. Cuando le dije, yo soy Belinda García, doctor, este se sorprendió. Otro ángel”.

Protocolo de trasplante
“Comenzaron a hacerme todos los exámenes que exige el protocolo de trasplante, pero no pasé esa primera prueba. Siguieron con el tratamiento. Yo seguía adelgazando y con mi salud desmejorada pero sabía que con acobardarme no ganaba nada. Además, tenía que ser fuerte por mi esposo, mi hijo y mi familia. Todos estaban sufriendo mucho.

“Por fin, el 18 de noviembre de 2012 me llamaron para decirme que debía comenzar el proceso de protocolo. Fueron unas 100 pruebas que duraron más de un mes. En diciembre me incluyeron en la lista de espera. Comencé a rezar por ese milagro. Me sabía la agenda de los médicos y los llamaba cuando sabía que estaban de turno como para reportarme. Hubo muchas luces de esperanza, pero al final no se daban las cosas. Para entonces ya era un cadáver ambulante, pesaba unos 42 kilos. El 6 de febrero de 2013 era un día primaveral en Medellín y Barranquilla estaba en carnavales. De aquí comenzaron a llegarme regalos de mis amigos, flores, Carnaval de Barranquilla me mandó la escarapela con una camiseta estampada con un mensaje de esperanza. Ese día estaba grave. Le dije a mi hermana, que siempre me acompañó, que me ayudara a vestir, porque ese día me iban a llamar para el trasplante. Ella me miró y me ayudó a levantarme de la cama del hospital, me puso un pantalón y cuando lo soltó se me cayó de lo delgada que estaba. Ella comenzó a llorar y yo a consolarla. Le dije: ‘busca una correa para que veas’… Me llevaron, entonces, a tomarme una muestra de sangre en una parte distante del hospital. Siempre pendiente del celular, un ‘sisbén’.

“Pasadas las 8 de la mañana, me sonó el celular. Era la llamada que estaba esperando. Era el médico que me preguntó que dónde estaba y me dijo que fuera urgente a una estación del metro y dijera que tenía una emergencia. Casi sin poder caminar de lo débil que estaba, nos fuimos y cuando llegamos me estaban esperando médicos, enfermeras, auxiliares. Esas eran imágenes de película. Todos corrían, me bañaron y enseguida me metieron al quirófano. Ya habían avisado a Barranquilla y le habían conseguido tiquetes prioritarios a mi esposo y a mi hijo. No comprendí el porqué de esas carreras hasta más adelante.

“Belinda, te damos la bienvenida a tu nueva vida, me dijeron. Y yo lo creí. Mis venas que ya no servían ese día funcionaron; me anestesiaron y me dio una hemorragia porque las venas esofágicas se cerraron, pero sobreviví. Cuando me pusieron el hígado, los médicos después me contaron algo que para ellos era inexplicable pero no para mí porque allí se estaba dando mi gran milagro: después de abrir mi pecho más de la cuenta para poder acomodar el hígado a trasplantar por mi extrema delgadez, no fue necesario golpearlo dentro del  cuerpo – como si fuera un recién nacido – porque apenas lo pusieron cambió de color y yo comencé a llorar, cómo símbolo de mi nueva vida. Se volvió rosado, mis moretones desaparecieron y comencé a asimilarlo. Sin embargo, tuve todas las crisis que un trasplantado pueda tener. Fiebres, infecciones en vías urinarias, se me cerraron las vías biliares y otra vez tuvieron que operarme. Todo eran carreras, llantos, desesperación. Me dicen que son cinco las crisis y que muchos no sobreviven a la primera.

“Me internaron en la UCI del San Vicente de Paúl y comenzó otro proceso, igual de doloroso. Belinda, estamos en manos de Dios, me dijo un día un médico, cuando yo de verdad sentía que se me estaba acabando la vida.

Y siempre repetían la misma palabra: rechazo, para referirse a ese proceso de asimilar mi nuevo hígado.

“Un día sentí que iba a morir y llamé a mi hermana y le dije eso. Que llamara a los médicos. Cuando estos llegaron me quité el aparato que me impedía hablar y les dije que les iba a pedir el favor que en mi presencia no volvieran a decir la palabra rechazo, porque ya mi milagro de vida se había dado y que así como yo estaba luchando, ellos tenían que apoyarme. Así fue. Duré tres meses hospitalizada y tres más en control pos hospitalario, en los que pasé muchos dolores, como cuando me retiraban los drenes, que eran muchos. Los médicos me decían que no podían quitarlos enseguida porque el dolor me podía matar, pero yo le decía: sí lo voy a aguantar, dele, que ya mi milagro está dado.

“¿Pero sabes por qué las carreras del día que me llamaron para el trasplante? Porque ese hígado no era para mí sino para otro paciente que estaba en lista de espera antes que yo. Pero cuando el órgano llegó, no pudieron trasplantarlo porque a ese señor, momentos antes, le había dado un infarto y había muerto. Volví a llorar cuando me contaron esa historia y porque seguí viendo la grandeza y amor de Dios.

“El día que me dieron de alta, en el San Vicente de Paúl me hicieron una despedida muy emotiva. Ahora sigo yendo todos los meses y tengo que tomar medicamentos de por vida”.

“En plena recuperación convencí a los médicos que me dieran permiso para asistir al grado de mi hijo Kevin en Barranquilla. Fue mi sorpresa para él. Cuando me vieron me aplaudieron y me hicieron llorar mucho. Él también me sorprendió porque ocupó uno de primeros lugares y se ganó una beca completa. En la noche me regresé al hospital”.

Regresó la hepatitis C
Sin embargo, y pese a su optimismo y ganas de vivir, Belinda enfrenta otra vez una dura prueba: la hepatitis C regresó y con fuerza y el medicamento que le podría salvar la vida a ella y a otras personas es costoso y sin registro de Invima. Se consigue en India y se llama Harvoni. A eso se aferra ahora.

“Pero pase lo que pase, ya tomé una decisión de vida, la que se la he comunicado a todos: con este, hasta el final”, dice mostrando con su dedo índice la parte donde tiene el hígado.

“Sé que Dios me tiene para algo. No niego que han sido demasiados momentos de tristeza, de lágrimas, pero me consuela que tengo mi milagro de vida por la fuerza me da el amor de Dios, la ciencia médica y la fuerza del amor de mi familia.

“En mi vida he tenido, tengo y seguiré teniendo ángeles terrenales. Soy una mujer alegre por naturaleza y creo que ello se debe a las fechas de mis cumpleaños: el 26 de diciembre, fecha de mi primer nacimiento, plena Navidad, alegría de Año Nuevo; y el 6 de febrero, fecha en que volví a nacer, en plenos carnavales de Barranquilla”, dice con esa amplia sonrisa que ni siquiera las lágrimas a punto de estallar son capaces de borrar de su rostro.

Sobre ley de trasplante
Belinda García dice que la entristece la nula cultura de donación de órganos en la Costa Caribe, donde a pesar de ser los primeros en listas de espera son los últimos en donar. “Esa ley aprobada no ha servido para nada porque no da votos. ¿Qué mandatario de la Costa se ha preocupado por una política pública para donación de órganos? Aquí ningún hospital está apto para ese proceso. Los políticos no se pellizcan porque consideran que la donación de órganos no es una prioridad, son personas ignorantes”.



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