Bellezas mandadas a hacer

22 de junio de 2014 12:02 AM

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Lo primero que noto es la escandalosa redondez de sus senos descomunales y bellos. Es imposible no detenerse a mirarlos. Pero no logro incomodarla. Supongo que le pasa todo el tiempo.

*Karen tiene un rostro provocativo, mas no natural. Sin conocerla, es fácil saber que ha pasado en varias ocasiones por el quirófano. Pero esto poco la mortifica. Es más, creo que disfruta que la gente se dé cuenta que tiene el dinero para costearse este tipo de procedimientos.

Mientras habla, juega con su cabello, que se ve recién arreglado: lacio y con ondas en las puntas. Lleva un vestido de franela ceñido al cuerpo que resalta sus curvas y su delgada figura.

Está tan emocionada con la entrevista. No puede creer que alguien se interese en su historia. Para ella, a sus 21 años, es muy normal realizarse tal cantidad de cirugías.

Habla muy rápido y tiene poca coherencia entre idea e idea. Por eso, cierra los ojos, respira y conversa con ella misma la forma organizada cómo me narrará en orden los hechos que la llevaron a practicarse su primera operación.

“Cuando estaba a punto de cumplir quince años, no soñaba con la tradicional fiesta, el vals, la aburrida serenata: yo quería dinero para operarme. Además de un litro de alcohol y enrumbarme toda la noche”, expresa.

Desde que era tan solo una niña, había varios aspectos de su apariencia que le disgustaban. Uno de ellos, su nariz ¡Cómo la detestaba! Se ponía ganchos y barritas (de esas que uno usa en el cabello) para que ésta luciera más delgada y respingada.

Días antes de su cumpleaños, su madre le puso sobre la cama un bono que costeaba la operación con uno de los mejores cirujanos plásticos de la ciudad.

“Me quise morir, pero de la felicidad. No le contamos nada a mi papá, porque no sabíamos cómo lo iba a tomar. Fuimos primero a ver al cirujano para ver si era posible hacerme el procedimiento, ajá, porque sólo tenía 14 años. El doctor dijo que sí. Nunca tuve miedo. Jamás pensé que me iba a morir en medio de la cirugía o algo así. Sólo pensaba en la vanidad”, cuenta.

Cuando se acercaba la fecha de la operación, se dio cuenta que había otros detallitos por mejorar. La redondez rotunda de su cara la estaba enloqueciendo, y ni hablar de su mentón, le faltaba definición.

De modo que, no sólo se hizo la rinoplastia, sino también mentoplastia y bichectomía. Esta última, aclara, es parecida a una liposucción, pero en las mejillas y en toda esa área para lucir más estilizada.

“Tal vez porque fue mi primera operación, pero la despertada fue violenta. Tenía una resequedad en la garganta por un tubo que me habían puesto allí. Llegué vendada a la casa y le contamos a mi papá. Él estaba muy triste porque había perdido las facciones con las que había nacido. O sea, ¿explícame su comentario?”, cuenta visiblemente emocionada.

Se recuperó rápidamente y se sintió satisfecha con los resultados de las tres operaciones. No podía dejar de mirarse al espejo. Lo mejor fue cuando llegó a la escuela. Era la única en todo el colegio que se había hecho una cirugía.

“Llegué con mi bandita en la nariz. Fui la primera que se operó. Después siguieron unas copionas que me querían imitar”.

Al poco tiempo, su mamá y su hermana se operaron los senos. Karen era quien las bañaba y estaba pendiente de todos sus cuidados. Eso la motivó cuando cumplió 17 años a pedirle a su mamá que le regalara la cirugía.

Era 34 B, no la necesitaba. Sus pechos eran incluso grandes para su estatura. Además de eso, sólo tenía 17 años y ningún cirujano quería operarla, porque no estaba completamente desarrollada.

Comenzó a reunir el dinero que le daban sus padres para la mesada, las salidas con sus amigas y otros gastos para la operación. A su mamá le sorprendió su actitud y la premió completándole el dinero para la cirugía.

Consiguió un médico que la operara a un buen precio. El cirujano se dejó encantar por la personalidad de Karen y la ayudó con el post-operatorio, la faja y hasta los medicamentos.

Dice que su papá no se dio cuenta. Pero yo creo que ellas quieren pensar eso. Claro que su papá sabe, él también se hace el de la vista gorda. Todos se engañan en esa familia.

Mientras hablamos, el padre de Karen sale frecuentemente de la habitación. Para él es obvio que estamos en medio de una entrevista. Sin embargo, ella prefiere bajar la voz cuando ve que se acerca.

Luego de hacerse la nariz, el mentón, definirse las mejillas y ponerse implantes en los senos, se percató de que su trasero no era tan voluptuoso como deseaba.

No quería ponerse grasa, ni inyectarse biopolímero, lo que realmente deseaba era colocarse implantes y ninguna clínica en Cartagena ofrecía en ese momento ese servicio. Así que hizo un estudio de varios cirujanos de Barranquilla, Cali y Medellín. Pero además de los 8 millones que le salía la operación, tenía que conseguir el dinero para la estadía en otra ciudad. Así que tuvo que descartar esa posibilidad.

“Hice una cotización nacional. Al fin llegué donde un excelente cirujano en Cartagena, que según ya había hecho una que otra cola. Pero imagínate, es ponerte de conejillo de indias. Nadie estaba a mi favor. La gente me decía que yo tenía un buen trasero, pero yo sentía que me faltaba más”, cuenta.

Esperó un mes, le tomaron las medidas y le dijeron que la llamarían cuando llegaran las prótesis de Brasil. Cuando todo estaba listo, le dijeron que habían llegado los implantes equivocados y que le tocaba esperar un poco más.

Ese tiempo que aguardó, lo utilizó para leer más sobre las consecuencias negativas que le podían generar ponerse los implantes. Al ser una zona que está cerca del ano, podía causarle muchas infecciones. Entre los efectos negativos, si algo salía mal en el procedimiento, estaba dejar de caminar.

“Le decía al médico que me metiera lo que fuera, que quería salir de eso. El cirujano insistió en que esperara. Me volvieron a llamar cuando llegaron mis prótesis que eran más ovaladas que redondas”.

Era una operación tan delicada que optaron por usar anestesia general. Karen estaba enojada, siempre prefiere la local porque le gusta participar de todo el proceso.

“Todavía me acuerdo cuando me operé los pechos, hablaba con las enfermeras, le decía al doctor que me metiera más silicona, que me enderezara el pezón. Soy algo sádica en ese sentido”, comenta.

Me cuenta que la entraron al quirófano, la voltearon, le pidieron que contara hasta diez. Habla con tanta naturalidad. La forma como lo explica hace ver lo rutinario y hasta sencillo que es para ella este proceso.

“Cuando desperté de la operación, qué dolor tan horrible. Yo le pedía al doctor que me las sacara. Las enfermeras para ponerme la faja hicieron de tripas corazón. Uno no quiere ni que lo muevan. Me pusieron una inyección que me sedó todo el cuerpo y mejoré al instante”.

Subió los cuatro pisos de su apartamento, con el mayor tacto. Ella insiste en que su papá no sospecha nada de sus constantes operaciones. En la noche, cuando pasó el efecto del sedante que le pusieron en la clínica, el dolor regresó y lloró el resto de la noche.

Llevaba dos días sin ir al baño, por lo que su mamá se preocupó y le dio un laxante. En la lista que le había dado el cirujano sobre las cosas que estaban prohibidas hacer estaba, resaltado en verde, ingerir este tipo de sustancias. Karen no paraba de sangrar y no sabía de qué parte se generaba el flujo. Llamaron al médico a eso de las 9:00 p.m. e hicieron un repaso de todo lo que hizo durante el día para saber qué le había provocado el sangrado. Cuando al doctor le comentaron acerca del laxante, salió de inmediato para la casa de Karen. Pero antes le advirtió que lo más seguro era que tenía que retirar los costosos implantes.

“Yo no paraba de llorar esa noche. Estaba inconsolable. La operación costaba 8 millones quinientos y, como pagué en efectivo, me lo dejaron en 5 millones quinientos ¿Dónde iba a volver a encontrar un descuento como ese?”.

Por fortuna, no le retiraron los implantes, pero volvió a caminar normalmente 15 días después de lo sucedido.

Hace 20 días, Karen se volvió a operar. Esta vez se hizo una abdominosplastia. Casi no logra que la operaran. No tenía la cantidad de grasa y el exceso de piel que se necesita para este procedimiento. Pero ella siempre se sale con la suya: no sólo se marcó el abdomen, también se realizó una lipoescultura.

Con cada cirugía, ha ganado más seguridad. Se siente una excelente amante en la cama y con las capacidades de seducir a quien se lo proponga. Así conquistó a su actual novio, un hombre que está totalmente en contra de las cirugías pero que se dejó seducir por el encanto de Karen.

“Suena cliché, pero Beauty is in the eye of the beholder(la belleza está en el ojo de quien la mire). Pero en mi caso, entre más voluptuosa me vea, más bella me siento. Aunque creo que ya es hora de parar. Mentira, no sé si pueda lograrlo”, concluye.

 

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* Nombre cambiado a petición de la fuente.
 

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