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Berenice es una bipolar bien creativa

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Tuve un encuentro cercano con una bipolar. Pero con una de verdad, porque hoy en día a cualquiera que tenga una personalidad cambiante le quieren llamar así: el término está de moda.

Acordamos por teléfono vernos el martes, pero presentí que *Berenice olvidaría nuestra cita, cambiaría de opinión o quizá no amanecería de humor para recibirme. Me equivoqué: el día de nuestro encuentro me esperaba con ansias en su habitación.

Creo que es la primera vez que hago una entrevista en un cuarto. Parecíamos un par de amigas conversando de libros, pintores, escritores y poetas: Franz Kafka, Hemingway, Abraham Lincoln, Van Gogh, Picasso y Raúl Gómez Jattin, entre otros genios, eran bipolares.

Mientras hablábamos, Berenice escuchaba música clásica a todo volumen, tenía el computador encendido y varios libros y fotocopias sobre él. Recuerdo que el acondicionador de aire me congelaba, pero a ella parecía no importarle. Ella en su inmensa cama y yo en un pequeño banquillo en frente me dejé envolver (con cara de tonta, de eso estoy segura), con sus ocurrentes historias. El tiempo se me pasó volando. Sentí que me contó su vida en poco menos de una hora.

Cree que el origen de su trastorno se remonta a cuando tenía 13 años y practicaba ballet. Su padre decidió sacarla de las clases, luego de enterarse de que el profesor que las dictaba era homosexual.

Lloró y le suplicó al padre que le permitiera seguir, pero este nunca cedió. Es más, la mandó a Estados Unidos para que se olvidara del cuento del baile. Pero ella nunca lo pudo superar: hay periodos en los que aún se deprime al sentirse gorda y mayor para practicar esa disciplina.

Se casó a los 21 años de edad y a los 23 ya era madre de una niña y un niño. Además de esposa y mamá, había estudiado Comunicación Social y trabajaba en la Universidad del Cauca, en el Bienestar Familiar, en el periódico El Liberal y en una asociación de profesores en la ciudad de Popayán. Era la más joven en cada uno de los trabajos en que se desempeñaba.

Un día cayó en cuenta de que su matrimonio no estaba funcionando, que el sexo era aburrido y que ya estaba fastidiada de lo mismo. De modo que abandonó a su marido, una verdadera insolencia en aquella época en la que eran los hombres quienes dejaban el hogar. El caso contrario, jamás.

“Mi marido me quitó a mi hijo y me dijo: 'Popayán nunca será la misma sin ti'. Y al día siguiente pasa lo del terremoto. Comienzo a interiorizar esas palabras de él y a creerme responsable de aquella catástrofe”, cuenta.

Cuando se enteró de lo sucedido, ya estaba en Cartagena. Salió como una loca a pedirle a cuanto taxi se encontraba por el camino que la llevara a Popayán. Ese fue el primer detonante de su crisis. Ha leído mucho sobre la enfermedad y me dice que eso le ocurrió a los 28 años y que a esa edad, por lo general, es cuando más se presenta el trastorno.

Consiguió trabajo en una prestigiosa universidad de la ciudad y, en varias noches de insomnio, creó el programa de Comunicación Social de esa institución (un documento de 500 páginas). Se inventaba ediciones de revistas que nunca salían publicadas, tejía y bordaba sacos para sus sobrinos, escribía textos y cartas, que luego quemaba o arrojaba a la basura.

De todos los escritos que me comparte, los más divertidos son las cartas que aún conserva de personas que recién conocía y por quienes sentía amor a primera vista. La mejor de ellas es de un compañero de trabajo que le hizo una solicitud y al final se despide así: “Gracias, Berenice. Quedamos en contacto. Un abrazo”. Esa inocente frase hizo que pensara que el tipo estaba enamoradísimo de ella.

Tiene un listado de amores platónicos en los que figuran reconocidos periodistas, pintores, columnistas, políticos y hasta estrellas de béisbol. El último fue Derek Jeter. Viajó a Estados Unidos porque tenía que conocer el lugar donde jugaba el capitán de los Yankees.

“¿El amor a quién le hace daño? A nadie”, dice y sonríe.

Para ganarme más su confianza, le cuento que sólo he conocido un bipolar en toda mi vida. Fue en 2006 mientras hacía un curso intensivo de inglés. Esa mañana estaba con dos compañeros durante un break en la cafetería, y uno de ellos le dijo al otro: “Oye, Johana y tú hacen bonita pareja”. Maldita la hora en que mi amigo soltó ese comentario. A partir de ahí, el otro joven se obsesionó tanto que pasaba en mi casa y se ganó el afecto de mi familia. Cualquier desplante que yo le hiciera, era una pelea fija con mi madre. Se la había echado al bolsillo. Era consciente de su bipolaridad. Me lo confesó desde que lo conocí y hablaba abiertamente del trastorno. Pero, bueno, a los 16 años uno no imagina que es tan grave.

En una ocasión, mientras me visitaba en Navidad, su mamá lo llamó porque también quería compartir con él esa fecha especial. No sé qué más le dijo, pero mi enamorado lanzó el aparato y lo dejó hecho añicos en el pavimento. Salió corriendo cual desquiciado y se le tiró a un carro.

Ese día, todos en la casa entendimos que la bipolaridad no es una bobada.

Berenice parece absorta con el relato y comienza a contarme que su hijo también sufría de ese trastorno y que le pasaba algo parecido. Cuando tenía relaciones que no eran para él (ya fuera porque la chica no le convenía o porque no estuviera interesada en él) se obsesionaba más.

Desde que era un adolescente, ella descubrió en la mirada de su hijo la bipolaridad. Quienes sufren este trastorno sienten la necesidad de salvar el mundo, de proteger a los demás. Piensan que son los elegidos para esa misión.

El hijo de Berenice, al tener pasaporte italiano, quería proteger a los colombianos que eran maltratados en Italia, porque no tenían sus documentos. Una vez, nadó la bahía de Cartagena para ayudarlos. La Guardia Costera duró cerca de tres horas para poder sacarlo.

Acciones de este tipo y otras como ir desnudo a hacer una transacción bancaria, salir de compras y gastarse antes de mediodía 20 millones de pesos, defecar en el cuarto y salir desnudo a la calle, son frecuentes en ellos.

En el caso de Berenice, siempre  le atacaba la crisis en diciembre. Ya sus jefes en la universidad sabían que no contaban con ella para esa época.

“Me ponía a escribir, tejía rapidísimo, lavaba las sábanas a mano, porque me gustaba recordar las lavanderas que había en mi casa, que eran divinas. Cuando era niña, me iba para el patio y ellas me contaban que comían bollo de mazorca. Eran diálogos que las lavadoras eléctricas nos quitaron. Ellas fumaban con las colilla del cigarrillo hacia adentro. Tenían muchas historias y me parecía que siempre decían la verdad”, cuenta.

El bipolar siente la necesidad de regresar a asuntos agradables de su niñez. Berenice “se gozaba la enfermedad”. Era tremendamente más creativa de lo normal y el tiempo de ocio lo invertía en actividades que, aunque parecieran incomprensibles, resultaban extraordinarias.

Por más extraño que suene, es una enfermedad misteriosamente fascinante. Lo único que no disfrutaba de las crisis era cuando tenían que internarla. Recuerda que en una ocasión le lloró a su hijo para que, en lugar de recluirla, la llevara a los Carnavales de Barranquilla.

Su hijo, al conocer en carne propia la enfermedad, la complació. Se fueron para los carnavales y, como era de esperarse, no encontraron hotel donde pasar la noche. Cuando iban por la carretera, les llamó la atención uno, se bajaron y encontraron habitación. A Berenice le pareció que la recepcionista la miraba extraño. En toda caso, decidieron compartir la pieza.

“¡Ay, no! Cuando entro y veo ese espejo enorme en el techo, la silla esa rara y otras excentricidades, entendí por qué esa mujer me miraba tan feo. Claro, yo tan vieja y con ese pelao en una residencia”, cuenta.

Llegó de viaje y fue hasta a la facultad en bikini y con una salida de baño transparente. Entonces, expresó a los presentes: “quiero dejar constancia de que sólo me ausenté tres días y que ya llegué”.

Todos le seguían la cuerda, sabían que detrás de tanta locura se escondía quien había escrito el programa de Comunicación, la revista de la universidad, una persona invaluable para esa institución.

Como esa, vivió miles de anécdotas más al lado de su hijo, que revive en reiteradas ocasiones en sus sueños. Por desgracia, su hijo, a parte de ser bipolar, sufría de un trastorno esquizoafectivo; y una mañana se aburrió de vivir: se lanzó del balcón de su casa.

“Lo único que le reprocho a la vida es que se haya llevado a mi hijo. Lo que más duele es que nunca volveré a ver a sus ojos, su risa. La mayoría de la gente no recuerda los sueños, pero los bipolares sí. Varias veces he soñado con él y, cuando eso pasa, me levanto y le escribo una carta o un poema”, expresa llorando desconsolada. Con ella se reconfirma la frase una madre jamás supera la muerte de un hijo.

Me pregunta que si quiero entrar a la habitación de su hijo y luego a ver el balcón desde donde se lanzó. Sólo la complazco en lo segundo. Transformó ese espacio en una especie de jardín repleto de flores.

Para reanimarla, intento cambiar de tema y le preguntó por qué me concedió esta entrevista. Y responde con templanza:

“El bipolar es una persona muy útil. Y la sociedad debe abrirle todos los espacios laborales. En los momentos en los cuales está desconectado de la realidad, está muy conectado con la parte artística, con su yo interior, y es inmensamente productivo. Es gente extraordinaria”, concluye.

La bipolaridad puede ser una enfermedad fascinante. Ilustración: Emmanuel Vidal-El Universal
La bipolaridad puede ser una enfermedad fascinante. Ilustración: Emmanuel Vidal-El Universal
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