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“Buscaba unas cenizas y encontré a mi hija”

Alejarse unos días de su familia y del frío bogotano eran, quizá, las pretensiones de Adriana Carolina Rodríguez. Por eso salió a la calle a andar, sin saber que mil kilómetros al norte de su ciudad natal un andén, o en el mejor de los casos, un pedazo de cartón, sería la cama que tendría por siete años. Incluso, hasta la muerte le llegó a Adriana. Sus familiares la lloraron y la buscaron para darle una sepultura que no era para ella. Estaba viva.

Su madre, Juliana Rodríguez, es quien más sufre. Ella estaba en Bogotá cuando escuchó la peor noticia de todas: “A Adriana la mataron en Cartagena”, le dijeron. La vida la noqueó. Esa terrible nueva la dejó en la cama de un hospital por cerca de un año. Cuando por fin consiguió levantarse y sacar fuerzas de quién sabe dónde para buscar los restos de su muchacha, un funcionario de una secretaría en Bogotá le devolvió la esperanza: la cédula de su hija estaba activa. “Ella no está muerta, la atendieron en un centro de salud de Cartagena”, son las palabras que la llenaron de ilusión nuevamente. Tenía que encontrarla.

Se despertaba a las 4 de la madrugada, hacía filas por más de dos horas para recibir información, le cerraban las puertas y no le recibían ni el saludo, pero no importa. Ella siguió buscando en cada uno de los 365 días del año. Ahorró por varios meses, pensó que unos 400 mil pesos le servirían para seis días en Cartagena, pero vino y nada. Volvió a ahorrar, volvió a venir y a irse otra vez vacía, sin encontrarla, sin abrazarla. Nada de eso la detuvo, Juliana seguía buscándola porque sabía que la encontraría algún día, su corazón de madre se lo repetía. 

***
Juliana está en Cartagena. Se detiene en el semáforo de la avenida Santander, viste un pantalón y una blusa ligera para soportar el calor de mediodía. Tiene una hoja con una foto de Adriana en la mano, se la muestra a todo el que puede. “¿La conoces?”, pregunta. Ha pasado una hora y quizá van más de 15 personas con la misma respuesta: “No”. Camina por el andén y observa detalladamente a quienes le pasan por delante, por si acaso entre tantos rostros la encuentra a ella, a su hija, su Adrianita.

Cambia de sitio, de pronto a Adriana no le gusta este lugar para caminar, llega hasta Crespo, pero la búsqueda es inútil. Se hace de noche, una patrulla de la policía la acompaña en su recorrido, se sube en la parte de atrás del carro y va mirando hacia ambos lados para ver si está por una de las calles sentada o acostada. No recuerda cuántas avenidas ha pasado, pero en ninguna la ve.

Es el quinto año que visita Cartagena, pero no para pasear, es nuevamente para encontrarla. No puede creer que en tanto tiempo en ninguna esquina, en ninguna casa, en ningún puente la vea, que nadie la reconozca. De repente la angustia se apodera de su mente y se cuestiona: ¿Estará igual? ¿Dónde más la busco? ¿Será que no la encontraré? Mientras continúa caminando, llama a varias organizaciones y dependencias del Distrito, pero no le dan información, llora de tanto desespero y no termina de contar su historia. “Su número de cédula es este, es de Bogotá, es alta, delgada, tiene el cabello negro y rizado”, cuenta por enésima vez al teléfono, pero en la línea tampoco le dan razón.

Se tiene que ir, el dinero no le alcanza para más, entonces guarda el número del Distrito para ver si en esta oportunidad acierta. Llama desde Bogotá, repite la misma historia, pero esta vez es diferente. “Tranquila, la ayudaremos”, le responde por teléfono Dani Lloreda. En los siete años de martirio y angustia Juliana no había escuchado unas palabras tan alentadoras, así que ahorra otra vez.

***
Es medianoche del domingo 14 de enero de 2018, Juliana y su hija Paula llegan hasta el hogar de paso que coordina Dani, toca la puerta y quien le abre la saluda pero ella solo le dice:

-Camine, vamos a buscarla.

-¿Señora, a medianoche? -responde el funcionario-.

-Sí, vamos a buscarla -repite-.

Duerme muy poco, se despierta a las 6 de la mañana y de inmediato sale de la habitación para averiguar donde está su hija. “Tranquila”, le repiten nuevamente. Habitantes de calle, a quienes una vez Juliana les tuvo miedo, le dicen: “Muéstreme la foto, por si la veo”, “¿Cómo se llama?”, “Si la veo, le aviso”. Cada minuto que pasa se sorprende más, Dani le muestra a uno de los muchachos que estuvo en rehabilitación y quien la acompaña con el sol caliente que quema su rostro hasta el mercado de Bazurto.

“¿Usted es la mamá de Adrianita?”, le pregunta una mujer que sale de un cambuche entre los manglares. Se le acerca más para detallarla y voltea la mirada y pregunta nuevamente, pero esta vez a Paula “¿Tú eres su hermanita”.

El corazón de Juliana se aceleró como nunca, y su boca respondió que sí. Unos metros después la silueta de una muchacha delgada, cabello negro rizado, se aparece y Juliana corre a abrazarla. “Te amo, hija”, son las únicas palabras que salen de su boca después de siete años de lucha y, en un intento por recuperarla, Adriana corre tras ver el rostro de ese muchacho que la acompañaba. “¡Yo no me voy para allá!”, grita. Adrianita pensó que habían venido a buscarla para internarla, y no estaba dispuesta a aceptarlo. Huyó.

Juliana toma un lápiz y un pedazo de hoja para anotar su nombre y número de celular. Lo deja con otro habitante de calle y se devuelve al hogar con un sinsabor, pero insiste en que se comunicará. La reciben como si James Rodríguez hubiese metido un gol con la Selección para clasificar a la final del mundial de fútbol porque la encontró. Pasa la tarde, la noche y la mañana del día siguiente y Adriana no llama… ¿Será que no lo hará?

A mediodía suena el teléfono y al otro lado de la línea se escucha: “Hola, mami, veámonos en la tarde, pero no vengas con ese muchacho”.

Juliana empaca la ropa que en todos estos años le compró a su hija y llega hasta una residencia múltiple. Habla con Adrianita, que ya no es una niña, ahora tiene 36 años. Caminan unos cuantos metros y se van juntas a comer un helado. El helado más dulce de sus vidas.

Un trabajo
de meses

En seis meses el Hogar de Paso de la Corporación del Desarrollo Humano, con un equipo psicosocial, ubicó a Adriana en uno de los puntos claves donde están los habitantes de calle. Después hicieron un acercamiento para conocer en qué condiciones vivía y así conseguir un encuentro con Juliana.
“Este es un acontecimiento de gozo porque hemos encontrado una familia donde toda esperanza estaba perdida. Los mismos habitantes de calle ayudaron y lo manejamos con discreción para que todo llegara a feliz término”, indicó Dani.

El programa de habitantes de calle de este hogar de paso hace parte del compromiso de la Secretaría de Participación Ciudadana del Distrito para restablecer los derechos de estas personas.



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Comentarios

Buen trabajo

Kudos para Hylenne Guzman Anaya por una pieza bien lograda, escrita con discrecion y respeto por sus personajes que son individuos de carne y hueso. Felicitaciones a este(a) cronista.

SI PERO..NO

DEBIO SER MAS ABREVIADA, MUCHO DE CORIN TELLADO. ENTERNECEDORA LA NOTICIA PERO ABURRIDOR EL ESCRITO , CANSA DE TANTO RODEO. BUENO POR LO DEL REENCUENTRO FAMILIAR!