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Cartagena de Indias, under the spotlight

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Como un ejército de sirios encendidos, la ciudad se erige sobre una cuchilla de tierra rasgando la piel acuosa del mar, dividiéndolo, colgándole nombres incuestionables 

que perduran hasta más allá de donde alcancen las memorias más prodigiosas. Esta es la noche en que las luces apacibles de los faroles provocan un canto de sirena, una estela de guitarras o de acordeones melancólicos como los pasos de los caballos cocheros hiriendo el antiguo silencio de la penumbra. Las voces de los siglos se atropellan sobre los predios históricos del villorrio. Hay una especie de sucesos ignorados que necesitan relatarse con las palabras más diestras, las frases mejor ilustradas y el tono de voz que requieren los grandes episodios. Por todas partes se cuela el mar; o, para ser más precisos, los cuerpos de agua. Olores de  bahías, mares y lagunas, y el brillo que sobrenada en su quietud, suelen aderezar las calles y paredes del sector que tal vez sigue siendo el más popular de todos los que duermen en el cordón amurallado. Porque murallas también rodean la escena colonial con sus casonas de misterio y balcones ahora huérfanos de damas de altas distinciones, abanicos en mano que se fingían arcoiris concebidos por la luz de la mano artesanal. En el siglo XVI, a los pies de la bahía creció el arrabal de nombre bíblico, que con el tiempo adoptaría todos los gritos del hermanamiento Caribe. Le llamaron Getsemaní. Le siguen llamando así, con esa misma profundidad de monte sacro, aunque su vocación siempre fue la de albergar la pobretería africana y esclavizada, hasta que los menestrales, con todo su mestizaje a cuestas, abrieron pulmones contra la corona ibérica que tantos intentos de invasiones extranjeras repelió, pero (eso sí) pensando en defender sus riquezas materiales, que no eran más que el producto del despojo expansionista en detrimento del alma nativa de la nueva tierra. Llegaron las centurias consecuentes y el barrio no echó al olvido el resonar de los tambores de antaño, simplemente los cambió por las evoluciones del gramófono y las pastas sonoras que cargaban las propuestas musicales de ciudades similares regadas por la cuenca caribeña como un río de ancestralidad difícil de ignorar ante las imposiciones de la sangre. Con la música vinieron los deportes. Con el deporte, la convocatoria a las plazas y al antiguo mercado cuya arquitectura sucumbió ante el malhadado  progreso de finales del siglo XX. Tiendas había por todas partes con sus aromas de detergentes o verduleros. Las había con sus dependientes de sonrisas orificadas y clientas de pelos enmarañados, senos puntiagudos, morenos e indiscretos. Eran sitios de encuentro y conversación. Estaban en la Calle Lomba, en el Callejón Angosto, en la Plaza de la Trinidad, en la Calle de la Sierpe... Había mujeres bailando, muchachos barajando el dominó, pescadores y muelleros bateando pelotas de trapo o tapitas de gaseosa. Había grandes iglesias repletas de ancianas enfundadas de negro y abuelos bonachones con lentes de carey, camisas de lino con mangas largas y sombreros antillanos de cantantes de boleros acostumbrados a la noche lumpenal de los extramuros. La piedra estaba por todos lados. Todavía está. Omnipresentes, la fortaleza del caracolejo, la teja rojiza, el balcón de madera, los grandes portales, los hondos zaguanes, las salas de estar, los patios interiores y algunas terrazas aún se localizan, pero los propietarios son otros. Allá donde estaban los conjuntos de accesorias repletas de familias miserablemente apretujadas, ahora negocian hostales, hoteles y mansiones silentes que han sabido desterrar el hedor de los raizales, pero también el espíritu fraterno 

y festivo que era la vida del barrio. Porque es un solo barrio, aunque por fragmentos le llamen Getsemaní, San Diego o Santo Domingo. Es un solo trazado de calles que entre veces se transforma en plazas donde estudiantes y vagabundos se reúnen a imaginar que el universo no es más que una colilla de cannabis y alguna cerveza fría. Suele haber edificaciones que alguna vez fueron conventos, después hospitales, anfiteatros y hoteles de miles de estrellas donde los pasos del nativo presienten la mano invisible del discriminador. Siguen estando las iglesias, pero esta vez rodeadas de tiendas de ropa que llaman boutiques, restaurantes de finas maderas y barreras de cristales exhibidoras del jet set. Hay discotecas que parecen injertos de otras latitudes donde se divierten los hijos de los páramos, ajenos a la clave que el son montuno y la esencia del guaguancó sembraron en los corazones mulatos, ahora en peligro de extinción. Algunas casonas de techos insondables funcionaron como cárceles o manicomios hediondos de una porquería indescifrable que, pese a la agresión de su comparecencia, hacía parte del paisaje. Pero hasta eso se esfumó. Los pocos tataranietos del mestizaje luchan contra el arrasamiento del capital foráneo, con la esperanza puesta en sus nostalgias de barrio bullanguero, pero con la callada certidumbre de que el destierro es la más clara realidad que se divisa en el horizonte. San Diego también era un hervidero de gritos y esquinas pobladas de conversadores residentes en calles como El Jardín, El Camposanto, La Tumbamuertos, El Santísimo, Los siete infantes, la Plaza Fernández de Madrid... Más allá venía El Centro. Le siguen llamando El Centro. Pero hasta hace unos lustros también tenía su sabor a pueblo. Lo decían las lavanderas que tenían los balcones y ventanas como colgaderos de ropas. Lo decían los pretiles orinados por perros, lo mismo que las cantinas y los carretilleros cargando frutas o trozos del carbón de cocinar. Todo es una sola calle que siempre desemboca en la muralla. Todo es una sola muralla que siempre desemboca en firmamentos de agua que podrían llamarse mares, lagunas o bahías. Todo es una sola tarde descendiendo con el abrazo de la noche, que también se transformó. La noche de este nuevo siglo es solitaria, taciturna, desamparada, desprovista del espíritu carnavalesco que invadía a quienes la penetraban. Ahora la piedra (llámese casona, plaza o muralla) goza de un renacimiento, pero al mismo tiempo agoniza en su esencia de arcilla forjada con el calor de la chusma. De nuevo hay coches martillando sobre el pavimento. De nuevo hay tambores y danzantes coronados de mechones ardientes, pero la celebración es distinta. Lo que ahora se ensalza no es el alma del común sino la arrogancia de la roca que, malamente, permitió la reconquista foránea en contra de la fidelidad de sus hijos malqueridos.

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