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Cartagena y sus secretos africanos

Cartagena tiene un circuito visible de la ruta del africano esclavizado, pero también de los lugares donde se gestó la resistencia y la libertad.

Cartagena ha delineado su ruta africana, como quien salva de un naufragio el violín sumergido de una orquesta. Ha sido una hazaña tormentosa porque las cuerdas tensas del pasado nos devuelven al corazón lastimado del africano raptado y esclavizado en el bazar más terrible que haya vivido la humanidad en toda su existencia.

Volver al pasado ha sido un viaje en complejas direcciones, y su objetivo ha sido algo más que la claridad para dignificar el presente y el porvenir. Para perseguir una igualdad bajo el arcoíris social y racial.

Uno de los vigías de esta hazaña ha sido el historiador Javier Ortiz Cassiani (Valledupar, 1971), con ancestros cartageneros y bolivarenses,  quien publicó este año un libro de rara y singular belleza: “El incómodo color de la memoria” (columnas y crónicas de la historia negra), publicado por Mincultura. Hay la mixtura pocas veces lograda entre un gran cronista, un riguroso historiador y un brillante ensayista, quien además tiene destellos de una clara y convincente poesía.

Javier Ortiz Cassiani ha asesorado a la Unesco en la nomenclatura que hace visible en Cartagena los Sitios de Memoria y Conciencia Afro, y ha participado activamente en este Mes de la Afrocolombianidad, en la Cátedra Afro en Cartagena, en el marco del Decenio de los Afrodescendientes.

Su visión es de una claridad conceptual: “Que los dioses nos libren de promover una glorificación del sujeto negro del pasado y la indiferencia ante el sujeto negro del presente”. Cartagena ejecutó en la práctica lo que parecía una desmesura de la imaginación en la obra de García Márquez: señalar con el dedo lo que carecía de nombre y visibilizar con una nomenclatura el nombre de las plazas y las calles: “Esta es la Calle Portobelo. En el siglo XVIII funcionaba en esta calle un cabildo de negros carabalíes. Los cabildos de negros eran asociaciones que congregaban a la población negra esclavizada perteneciente a un mismo grupo cultural. Fueron lugares de solidaridad, festejo, conservación de sus propias lenguas africanas, memoria y resistencia cultural”, aclara Javier Ortiz Cassiani.

Es así como gracias a esta ruta africana, hoy Cartagena puede identificar a la Plaza de los Coches, que en el pasado se llamó Plaza del Esclavo. Que el Portal de los Dulces también era conocido como Portal del Esclavo. Que la actual Calle del Pilar era la calle Nuestra Señora de África, y luego reconocida como Calle del Cabildo de Congos. Que la Calle Portocarrero era la Calle de Nuestra Señora de la Esclavitud. Que allí donde bailan los muchachos y las muchachas de las barriadas: en la Plaza de los Coches y en la Plaza San Pedro Claver, estaba el comercio de africanos esclavizados. Cartagena fue el puerto principal de ese comercio infame en América, en donde se hablaban setenta lenguas africanas. Y en las embarcaciones que llegaban del puerto de Luanda, Cabo Verde y San Tomé, hasta el puerto de Cartagena, se transportaban, según Javier Ortiz, “un promedio entre 300 y 900 esclavizados”.

“En 1618 el sacerdote jesuita Carlos de Orta, en carta a su padre, decía que en Cartagena ‘la mercancía más en uso es la de esclavos negros. Van mercaderes a comprarlos a vilísimos precios a las costas de Angola y Guinea; de allí los traen en naves bien sobrecargadas a este puerto, donde hacen las primeras ventas con increíbles ganancias’”.

La memoria de un tren

No solo nos revela Javier Ortiz Cassiani una franja significativa de la historia de Cartagena, sino también una memoria de su existencia en la ciudad. Carlos Ortiz Sequea, su padre, era un campesino de Hato Viejo (Bolívar), y Élida Cassiani Sará, su madre, también de Hato Viejo, era hija de un empleado de la compañía ferroviaria. Los dos se conocieron en el pueblo y de allí se fueron para Valledupar. Él tras el espejismo de vencer la pobreza trabajó en los algodonales de la finca de Santander Durán.

Bajo la sombra de los enormes cauchos sembrados en el patio del Valle de Upar, cuyas raíces  aéreas semejan las barbas de un anciano en reposo, nació el historiador Ortiz Cassiani. El padre tenía un parecido físico al cantante cubano Ibrahim Ferrer. Era un bailador de porros, boleros y valses. El olor del café al amanecer era la mejor señal del despertar en casa. La madre Élida compraba la mejor tela del mercado y le hacía un capuchón de carnaval a su marido.

Siendo niño, Javier escuchó de los labios de su padre una de las historias más bellas que yo haya escuchado en el rastreo de historias de tradición oral: la de los pescadores de Hato Viejo, que cada vez que las nubes estaban bajitas, se armaban de escopetas y le disparaban por temor a que las nubes se bebieran el agua de la laguna.

Javier es Historiador de la Universidad de Cartagena, magíster en historia de la Universidad de Los Andes, candidato a doctor en Historia por el Colegio de México. En 2014 recibió el reconocimiento como Afrocolombiano del Año en la categoría Medios. Caminar con él por las calles de Cartagena es un viaje a la historia.

Ahora, gracias a él, los cartageneros pueden caminar por las calles del poema de Jorge Artel o ascender por el ramaje de la novela “La ceiba de la memoria”, de Roberto Burgos Cantor, y por los poemas de Rómulo Bustos Aguirre, que vio en el árbol Camajorú un pretexto para viajar por las raíces que suben al cielo de la historia y del mito.

La ruta africana de Cartagena tiene tres ramajes: arribo de los africanos esclavizados, resistencia y libertad. Para Javier es imposible tener una mejor ciudad en Cartagena si no hacemos visible la historia por muy cruel que haya sido. No es para lamentarnos, sino para que no vuelva a ocurrir. Para que no nos incomode conocer la historia de la ciudad.

Epílogo
Javier descubre que en los actos más sutiles podemos incurrir en un atropello. Presenció la escena de una señora que le pidió a unos vendedores en la Plaza de San Pedro que se retiraran del lugar, porque en unas horas se cumpliría una boda y la fiesta era privada. Piensa en una frase del cronista Juan de Castellanos:
“Cartagena, un lugar de calurosas pesadumbres”.
 



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